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jueves, 23 de julio de 2020

Sofía crece (3), parte VIII






33.

Chesca.

Durante el largo trayecto hasta el extrarradio de la ciudad Francesca no dejaba de debatirse en un torbellino de angustia y dolor. El suplicio físico era terrible, sobre todo en el abdomen, que lo sentía duro y tenso. Respirar era un tortura y tosía constantemente, provocándole en cada espasmo un pinchazo, como si le clavasen una aguja de hielo debajo del pecho.
La saliva tenía un regusto metálico y ella se la limpiaba con el cuello de la camiseta, que se manchó con un feo color carmesí.
«Algo se me ha roto por dentro».
El pobre Quino no dejaba de llorar y gemir, aunque había dejado de moverse, agotado. Francesca tenía las pulsaciones a mil por hora por el pánico que sentía al ver a su bebé en esa situación. Le hubiera gustado recuperar un poco de cordura, respirar a fondo y tratar de pensar para encontrar una oportunidad de salvar a su hijo, pero no podía.
El horror la tenía acongojada, reducida, disminuida. Sólo podía abrazar su escuálido cuerpo y retrepar sobre el sillón del Mercedes, intentando apartarse lo más posible de ese monstruo, desviando hacía atrás unos ojos espantados hacía su pobre hijo de vez en cuando.
Pero detrás de todo ese miedo había un diminuto destello de lucidez y esperanza, apenas una chispa. Francesca no quería mirar mucho allí, porque temía que el monstruo sospechase algo. El monstruo tenía ojos de pez, pero sabía mirar dentro de una y ver lo que estabas pensando, por eso Chesca debía de tener cuidado y no pensar demasiado en su secreto para que no lo descubriese.
«Cuidado, Chica láser, no pienses en eso o lo sabrá».
Miró de reojo al monstruo y éste detectó el movimiento, girando su cara hacía ella. Chesca apartó la mirada rápidamente.
«¡No lo mires, no pienses, no hagas nada! ¡O te descubrirá!».
Pero no podía evitarlo. Era como ese viejo truco: basta con que te digan que no pienses en un elefante para que tu mente forme la imagen del elefante.
Su secreto era Gorka. Gorka y el mundo de los bajos fondos dónde la obligó a sobrevivir durante esos años.
«Chica láser será una drogata, pero no es tonta. Chica láser estuvo yendo al instituto hasta que la dejó preñada ese mamón. No soy tonta».
Ella había vivido durante mucho tiempo en ese entorno pendenciero y ruin del trapicheo y el menudeo de drogas, conociendo sus entresijos y la mentalidad de todos esos hampones de medio pelo.
Había mentido a Frankenstein. Le había mentido y le estaba llevando lejos de la droga por una buena razón.
«Os conozco. Sé como pensáis. Os creéis más listos que nadie, más listos que los yonkis, que vuestros jefes y que la poli. Siempre mintiendo y engañando para quedarse con un poquito de aquí y de allá, como hacía Gorka con los Troskys a la hora de cortar los chinos. Mintiendo y engañando, ocultando y mirando por encima del hombro, desconfiados siempre».
Chesca se giró un poco para observar a Quino, pero el movimiento le produjo una serie de toses muy dolorosas.
«Chica láser os conoce muy bien. ¿Por qué me has hecho robar todas esas cosas? ¿Crees que no lo sé? Lo has hecho para que la policía piense que ha sido un robo. Así la policía no vendrá detrás nuestra. Pensé que habías matado a la pobre tita Noe, pero ahora sé que no. Si la hubieras matado la policía se pondría en serio contigo, pero siendo un simple robo pasarán de nosotros».
Francesca logró girar lo suficiente como para poder mirar el cuerpo congestionado de Quino. El corazón se le paró durante un par de segundos al ver que su niño la reconoció. Quino abrió los ojos enrojecidos y trató de mover los brazos, gimiendo débilmente tras la cinta.
«Espera, mi niño. Estamos solos, bebito. Tu y yo. La policía no vendrá a buscarnos y si le doy la droga a este monstruo nos matará… Pero yo también aprendí a desconfiar, a mentir y engañar. Ya verás lo que le espera cuando lleguemos. Ya lo verás».
A Francesca le hubiera gustado tocar a su hijo, pero sabía que a Frankenstein no le haría mucha gracia eso.
Sí, debía esperar y no pensar mucho en su secreto. Además, también debía tener cuidado de que el monstruo no viese la navaja que tenía oculta detrás de los vaqueros, sujeta precariamente por la cintura y tapada con la camiseta.

34.

Sofía.

Llegaron justo a tiempo para coger el autobús. El aire frío del interior les golpeó y Sofía sufrió un ligero escalofrío. Se sentaron juntos y ella pudo sentir la pierna del hombre rozando su muslo. A veces sus caderas también se tocaban. Viajaron en silencio, sin saber qué decirse, mecidos por el agradable traqueteo y los movimientos bruscos en las curvas. En esos momentos, cuando el autobús hacía un giro más pronunciado, los cuerpos se desplazaban por efecto de la fuerza centrífuga, obligando a ambos a pegarse uno junto al otro.
Ella llevaba su bolsa deportiva en el regazo, encima de las piernas, con una mano encima para sujetarla y con la otra oculta debajo, acariciándose el pubis en silencio. Le hubiera gustado tomar la mano de Carlos y llevarla hasta allí debajo para que se lo tocase él.
«Estas loca, Sofía. ¿Qué haces? No puedes hacer eso aquí, con toda este gente alrededor».
Pero era precisamente eso lo que le excitaba tanto. Le daba mucho morbo tocarse mientras esa gente estaba ahí al lado, sin percatarse de nada.
A veces tenía un espasmo involuntario y sentía la necesidad de soltar un gemido, pero se contenía.
«Es el novio de Noelia, Sofía. No está bien lo que estás haciendo».
Pero eso también le excitaba. Tocarse pensando en Carlos era algo así como una pequeña venganza. Tenía celos de ambos, pero al mismo tiempo sentía una fuerte atracción hacia ellos dos. No sabía explicar qué era lo que le estaba pasando.
De repente dejó de tocarse. Una idea le llegó como un destello en mitad del océano, limpio y deslumbrante.
«Carlos te atrae físicamente, pero estás enamorada de Noelia».
El pensamiento, de una madurez y de una claridad innegable, le causó una fuerte impresión. 
«¿Enamorada? Pero yo no soy lesbiana. Me gustan los hombres. Tuve un novio. Me excito pensando en hombres, de hecho ahora mismo estoy excitada pensando en uno».
«Sí, pero excitación y amor no es lo mismo».
«Yo no soy lesbiana».
«¿No? ¿Por eso no puedes dejar de pensar en Noelia? ¿Por eso has recorrido media ciudad para encontrarte con ella? ¿Acaso has olvidado lo que sentiste anoche?».
«Pero ella es mayor, es adulta. Está casada y tiene una relación con otro hombre y…».
«…y te gusta hablar con ella y a ti te gusta escucharla; te encanta cuando se pone a diseccionar los personajes de tus libros de aventuras usando todas esas palabras raras. Te gusta mirarle el pelo y oler su perfume cuando está a tu lado. Te encanta su risa y la forma en la que mueve los dedos cuando trabaja… o cuando te toca de forma amistosa. Y desde luego se te acelera el corazón cuando te mira a los ojos y sonríe de esa manera tan…».
—¿Estás bien?
La voz de Carlos le asustó y dio un respingo.
—Estás sudando.
Sofía se pasó la mano por la frente y comprobó que, efectivamente, a pesar del aire acondicionado estaba transpirando.
—Sí, estoy bien. Debe ser el hambre —era una excusa ridícula—, no he comido nada en todo el día.
Carlos la miró extrañado, pero asintió con la cabeza y no dijo nada más al respecto.
Luego sacó el móvil y llamó a Noelia.

35.

Policía.

Zipi y Zape buscaron en la base de datos y encontraron la dirección de Francesca y Gorka. Unos miembros de la policía local que andaban cerca de allí indagaron un poco. Chesca vivía en una vieja urbanización en decadencia llena de inmigrantes y obreros, pero nadie respondió a la puerta de la vivienda de planta baja y preguntaron a los vecinos. Estos les dijeron que hacía casi una semana que no veían a ninguno de ellos.
«Estarán de viaje. Una vez al mes suelen ir a Alicante o Barcelona o un sitio de esos», les dijo un viejo sentado a la puerta del edificio, tomando el sol mientras le echaba migas de pan a los gorriones.
Otros compañeros del Cuerpo fueron a la casa de la madre de Francesca y le pusieron al corriente de lo sucedido, aunque ella había recibido con anterioridad un mensaje de Noelia y lo sabía todo. A la hermana mayor de Noelia no le sorprendió.
—Ya me robó una vez, a mi, a su propia madre; el oro, todo el oro que tenía guardado de su abuela se lo llevó para dárselo a ese sinvergüenza.
Luego les dijo que la última vez que la vio fue hace un mes. Apenas se hablaban y no tenían mucho contacto, pero Carolina, la madre de Francesca, la obligaba a traer a su nieto a casa cada dos semanas para comprobar que el niño estuviera bien alimentado. No, no sabía donde estaban.
«Estarán fuera. Suelen viajar una o dos veces al mes, para pillar droga seguramente, pero eso ya lo sabéis vosotros».
Los compañeros le dieron las gracias a la mujer y le pasaron los datos recogidos a Zipi y Zape. Ellas hicieron el informe, rellenaron los formularios necesarios y pusieron el caso del robo del domicilio de Noelia en una carpeta informática, junto con otros archivos parecidos de robos y hurtos. Los compañeros se encargarían del resto.
Luego se fueron a comer algo y se olvidaron del asunto mientras el cuerpo mutilado de Gorka se llenaba de insectos en el pequeño zulo de su casa, en un hueco hecho a mano aprovechando la cámara de aire bajo la cocina. Allí solía esconder la droga y otras cosas de valor.

36.

Nuria.

Bertín estaba fuera de si, furioso, lleno de rabia y hasta las cejas de coca. Habían quedado para comer algo en el mejicano. Era una hora muy rara para comer, en otra circunstancia se le podría haber llamado merienda, pero su horario en la tienda juvenil era caótico. De todas formas no llegaron a entrar a ningún mejicano y lo único que comió la amante de Bertín al salir del trabajo fue polla, semen y babas.
Se la folló en la parte de atrás de la tienda, una franquicia pequeña atendida por dos personas, ella y un chico negro (era gay, sin pluma, y Nuria estaba muy decepcionada con él porque era inmune a sus encantos). El negro terminó su turno un par de horas antes y no estaba cuando llegó ese torbellino sexual, arrollando su atlético cuerpo y obligándola a hacer todas esas cosas que tanto le gustaba.
Le jodió un poco que se la follase sin condón, pero al menos le comió el ojete antes de encularla. En la tienda no tenía lubricante.
Se estuvieron insultando y mordiendo mutuamente, aunque notó que a Bertín se le iba un poco la mano. Algunas de las cachetadas le hicieron realmente daño. Pero ella se dejó hacer, excitada por sentir toda esa fuerza salvaje contra su cuerpo. Pero el momento en el que empezó a asustarse fue cuando estaba tragándose la polla de Bertín. Éste le había agarrado la cabeza y el cuello, impidiendo que Nuria pudiera sacarse la verga de la boca.
Ella tenía bastante experiencia en eso del «gagging» y le gustaba, pero en esta ocasión sintió que se estaba excediendo. El ahogo estaba llegando a un punto de asfixia poco agradable cuando Bertín, en lugar de sacarle la polla de la garganta, le apretó aún más el cuello, haciéndole daño en la tráquea.
Ella le golpeó en los muslos tres veces, la señal para decirle que debía parar, pero él siguió apretando, aplastando los testículos contra su barbilla.
Nuria siguió golpeando, esta vez de forma frenética, sintiendo como el diafragma le provocaba espasmos.  Bertín le soltó la cabeza, pero le puso la mano en la nariz, para que no respirase de ninguna de las maneras.
Nuria abrió los ojos enrojecidos, con el rimmel corrido por las mejillas, y trató de mirar a Bertin a la cara, pero sólo veía su abdomen y su pecho. Cerró los puños y comenzó a golpear el cuerpo de Bertín a ciegas, con fuerza. Pero el hombre seguía empujando y apretando. Nuria cerró los ojos y empezó a verlo todo rojo, con unas luces danzando alrededor. La bilis subía en cada arcada y se le agolpaba en la garganta.
Reuniendo toda la fuerza que pudo dirigió sus puños contra los huevos de Bertín.
El hombre dio un alarido y eyaculó mientras sacaba la pija de la garganta de Nuria. Cayó al suelo, con las manos entre las piernas, gimiendo mientras la pija iba soltando chorritos de esperma.
Nuria, a cuatro patas, con la ropa a medio desvestir, tosía y sollozaba, escupiendo semen, babas, mocos y bilis.
—¡Hijo de puta! —logró decir al fin—. No vuelvas a hacer eso, cabrón. ¡Tres golpes, coño!. Tres putos golpes es la señal.
Bertín tardó tanto tiempo en hablar que Nuria se asustó. El marido de Noelia se quedó en el suelo, en posición fetal, apretando los dientes mientras trataba de gestionar el dolor más intenso que había sufrido en su vida.
—Lo siento —soltó con voz ronca, y ya no pudo decir más.
—Ponte en cuclillas —dijo Nuria—. Es lo que hacen los futbolistas cuando les dan en los huevos.
La chica, un poco arrepentida por lo que había hecho, se había acercado hasta él y le estaba acariciando la espalda.
—Joder, tío ¿qué te pasó? Sabes que la señal son tres golpes.
Bertín seguía sin poder hablar. Sólo gemía y gruñía. Pasados cinco minutos consiguió hacer lo que le dijo Nuria y se puso en cuclillas. Con los pantalones bajados parecía que estaba cagando. El truco, de alguna manera, funcionó y el dolor fue menos intenso, aunque no desapareció del todo.
Ella, tras comprobar que se estaba recuperando, fue al pequeño servicio del local y se adecentó un poco. Cuando salió Bertín estaba de pie y se había abrochado los pantalones.
—No deberías meterte tanto, Bertín. Ibas pasado de rosca —se acercó a él y le besó en la mejilla—. Podría haber sido el polvazo del siglo si no llega a ser por esa tontería.
Bertín la miró de una forma que a Nuria no le gustó. No le gustó nada.
«Me va a pegar. Está a punto de golpearme, y esta vez no será un juego sexual».
Pero el hombre apartó la vista y esa mirada desapareció.
—Lo siento Nuria, no sé qué me pasó —se abrochó la camisa y se alisó los pantalones. Al agacharse hizo una mueca de dolor—. Puede que tengas razón. No debería meterme tanto.
La chica le acarició el brazo y le dio otro beso, esta vez en los labios, sin lengua.
—Hoy he tenido una discusión con Noelia —dijo Bertín mirando al suelo—. Le he dicho que lo sé todo.
Nuria alzó las cejas y abrió mucho los ojos. Se apartó de él.
—¿Por qué le has dicho nada? ¡Ahora podrá defenderse! Tendrías que haber esperado a que le llegase la notificación. Joder, tío, te lo dije. ¿José no te lo advirtió?
Bertín seguía mirando al suelo, negando con la cabeza.
—Lo siento. No pude evitarlo… es que… —miró a Nuria—. Verás, cuando llegué lo primero que hizo fue contarme una historia ridícula sobre su sobrina y pensé… pensé que había traído a esa drogadicta a mi casa para tirársela. ¡En mi casa! Joder, no pude soportarlo, Nuria, en serio.
Nuria miró enfadada a Bertín.
«¿Por qué cojones sigo con este tío?».
Pero ella sabía la respuesta.
«Por el sexo y por la pasta. No es rico, pero no le va mal. Mejor de lo que la estúpida de su mujer cree».
Esa era una de las razones por las que no debió de abrir la boca antes de tiempo. Noelia podría ahora buscar un abogado y éste podría encontrar los chanchullos que había estado moviendo Bertín a espaldas de su mujer. La coca era cara y los beneficios de la pequeña empresa inmobiliaria de Bertín no daba para tanta fiesta.
«Será mejor que esa tonta no meta las narices en tus cuentas, porque como se entere de lo tuyo y lo de ese concejal corrupto amigo tuyo yo me largo».
Follar a lo bestia y salir todos los días de marcha estaba de puta madre, pero ser la novia de un tío acusado de malversación y estafa no entraba en sus planes.
«Bueno, mientras llegue ese día intentaremos pasárnoslo bien».
—Bueno, cariño. Olvidemos eso por ahora —Nuria le tomó de las manos—. ¿Vamos a por ese mejicano?

34.

Noelia.

Mientras trataba de averiguar qué era lo que faltaba en el cuarto de baño recibió la llamada de Carlos.
Se le aceleró el pulso y sintió de repente una absurda oleada de alivio. La voz le tembló ligeramente y tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para no echarse a llorar otra vez.
«Joder con las lágrimas, ni que fuera una cría».
—¿Carlos?
—Hola Noelia.
Hubo un par de segundos de silencio y los dos hablaron a la vez, pisándose mutuamente las palabras.
—Lo siento, Noelia. Anoche pasó algo, volví a tener pesadillas y…
—Esta mañana me ha sucedido algo horrible, Carlos, no sabes…
Callaron unos segundos y Noelia habló primero.
—Empieza tú. Me tenías preocupada porque no te vi esta mañana corriendo por el parque.
Noelia oyó al otro lado el ruido de un motor, voces apagadas y el sonido del tráfico.
—Perdona Noe. Anoche volví a soñar con María —respiró con fuerza, dejando salir el aire por la nariz—. Tenías razón. Siempre la tienes. Volvió a pasar… Bebí.
—Carlos…
—No, déjame acabar, por favor… —Noelia oyó que tosía—. Volvió a pasar, bebí y me olvidé de las cosas. Hice… hice aquella tontería. Otra vez.
—Oh, no, Carlos… ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes…
—Claro que me preocupo —le interrumpió—. Debí llamarte cuando recibí el mensaje. —Abatida, se sentó en el borde de la bañera, mesándose el cabello—. Oh, no sabes cómo lo siento, cariño.
—No, por favor, Noelia. Ya hay bastante auto compasión y culpa en mi vida, no cargues tú también con ella. De verdad, no eres responsable de esto. Debería haberte hecho caso y haber ido… —Noelia oyó como respiraba con fuerza—. Debería haber ido a ese especialista. Debería haberte hecho caso. Lo siento.
De repente Noelia se percató de la enormidad del asunto.
«Podría haber muerto. No sé qué hizo esta vez, pero podría haber muerto».
—Por favor, Carlos. Dime que ahora estás bien. Necesito saber que no vas a…
—Tranquila Noelia, estoy bien —Carlos habló deprisa—, ahora estoy bien, estoy en un autobús, estoy… —hizo una pausa bastante larga, lo suficiente como para que Noelia pensase que se había cortado la comunicación—, estoy con Sofía.
«¿Sofía?».
—¿Has dicho Sofía?
—Sí. Es complicado. Ella me encontró… y de alguna forma se podría decir que me ayudó.
«Sofía…».
—¿Está contigo dices? ¿Dónde?
—En un autobús urbano, de camino al centro comercial. Habíamos pensado en comer algo. Es un poco tarde pero no hemos comido nada, de hecho esta llamada era también para preguntarte si querías venir con nosotros —Carlos esperó un par de segundos antes de continuar, como si estuviera escogiendo las palabras—. Noelia, ella te estaba buscando.
Noelia pensó un momento antes de hablar.
—¿Está a tu lado, puede oírte hablar?
—Sí.
—Ya veo —Noelia suspiró—. De acuerdo. Yo también tengo algo que contarte, pero es tan… tan increíble que no creo poder decírtelo por teléfono. ¿Cuando llegaréis al centro?
—Estamos al llegar.
—De acuerdo. Voy para allá. Yo tampoco he comido apenas. ¿Dónde nos vemos?
Noelia oyó una breve carcajada al otro lado de la linea.
—Creo recordar que la comida mejicana no te gustaba mucho, ¿verdad?

35.

Tony.

Cuando Tony acabó de recabar información sobre la chica que atropelló quedó totalmente abrumado.
La mayoría de los datos eran de dominio público, proveniente de diversas fuentes, especialmente de Facebook, una red social en la que Francesca era muy activa hasta que se casó y dejo de actualizar su perfil poco a poco. Otros datos los obtuvo de aquí y de allá: de los perfiles de sus amigas y familiares; de diversos foros de AMPAs (escuela, instituto…); y de páginas oficiales públicas como el Centro de Documentación Judicial (CENDOJ), una página que podía ser consultada por cualquier persona con acceso a internet.
No era necesario tener grandes conocimientos de informática, sólo había que saber dónde buscar y mirar.
Francesca dejó los estudios secundarios al quedarse embarazada. Se casó muy joven, cuando aún era menor de edad. Al poco tiempo tuvo problemas con la justicia y fue detenida y condenada por hurto y venta de marihuana en un par de ocasiones, pero no pisó la cárcel. Estaba embarazada y era menor. Después de tener a su hijo interpuso una denuncia por malos tratos a su pareja, Gorka, pero la retiró. Pocos meses después puso otra que también fue retirada.
Durante el embarazo estuvo acudiendo a un centro social para tratarse su adicción a varias sustancias, pero debió recaer tras tener al niño; justamente le acababan de detener un par de meses atrás, esta vez por una pelea. En el informe del juicio decía que estaba bajo los efectos de algún estupefaciente.
Tony estaba bastante conmocionado. Estudiaba periodismo y sabía que el mundo real fuera de los videojuegos y los cómics de fantasía podía ser muy descarnado, pero no esperaba que esa chica perteneciese a ese «otro» mundo, aquél que nunca vemos, ese al que damos la espalda cuando nos cruzamos con él.
        Tony pensó que si su madre viera el historial de esa chica pensaría: «oh, vaya, menuda joya. Drogas, delincuencia, un bebé… todo eso antes de la mayoría de edad. Menudo porvenir le espera a esa».
        El chico estaba bastante abatido. No se esperaba eso. Había idealizado a esa muchacha y creía… bueno, ni él mismo sabía muy bien qué era lo que esperaba que fuese esa chica.
«¿Qué esperabas que fuera con ese aspecto? ¿Una enferma con una terrible historia a sus espaldas? ¿Una huérfanita maltratada por su tía y sus primas? Es una yonky, Tony. Una drogata, una perdida de la vida, una ladrona y una sinvergüenza».
        Ladrona.
Su tía le dijo que la policía creía que le había robado y luego había desaparecido. También le dijo que la policía le llamaría para hablar con él, pero nadie le había llamado aún.
«Eso no tiene nada de raro. Las cosas de palacio van despacio, como decía el abuelo».
El problema de Tony es que se resistía a pensar en Francesca como una barriobajera, una delincuente del arroyo. No sabría decir por qué.
«Claro que lo sabes. No has follado en tu puta vida. De hecho ni siquiera has besado a una chica todavía. Tienes 18 años y la única teta que has tocado es la de tu madre cuando te daba de mamar, tío».
Tony apagó el PC, se tumbó en la cama y se puso la almohada en la cara.
«Joder, Tony, pero si cuando la panadera te da los buenos días ya estas fantaseando con la posibilidad de que en realidad te está tirando los trastos, macho».
«Ya. Vale. ¿Y qué pasa con eso?».
«Pasa que le diste un golpe a una chica y empezaste a soñar con ella, a imaginar cosas que solo pasan en tu cabeza. Atropellaste a una drogadicta que luego le robó a su tía, punto. Ni era una princesa en peligro ni ninguna película de esas que te montas tú solo».
Tony apretó la almohada contra la cara, aguantando las ganas de llorar.
«Soy patético».
Apretó los párpados con fuerza, luchando contra las lágrimas cuando, de repente, recordó el llanto del bebé.
«Quino. Se llamaba Quino y ella tenía miedo de que se lo quitasen».
«¿Quien?».
«No lo sé. Las autoridades, imagino».
«¿Qué autoridades? En su historia no hay nada sobre eso».
«Pues debería, con todos esos malos tratos y la delincuencia y la droga…».
«¿A ti te pareció que el niño estaba mal?».
«Bueno, le acababa de atropellar… un poco jodido sí que estaba».
«Aparte de eso».
Tony se quitó la almohada de la cara e intentó rememorar el momento del accidente.
«No. No parecía estar mal. Y su tía accedió a llevarla sin llamar a los de emergencias. Su tía confió en ella».
«Sí, y luego le robó».
«No. Eso no lo sabemos. ¡De hecho su tía me llamó por eso mismo! Fue ella la que me llamó pidiendo ayuda. Ella no cree que su sobrina le haya robado. ¿Y acaso ella no conocerá el historial de su sobrina mejor que yo? Y sin embargo la ayudó y después del presunto robo siguió confiando en ella».
Tony se levantó de la cama, más resuelto.
«Yo no sé qué cosas le debieron de pasar a esa niña para acabar así, pero yo creo que en el fondo es buena gente».
«¿Por qué no lo averiguas?»
Tony se detuvo en seco.
«¿Qué?».
«Quieres ser periodista, ¿no es así? ¿Acaso no te gustaría saber qué provocó que esa pobre criatura se metiera en ese mundo?».
Las pulsaciones de Tony comenzaron a aumentar de ritmo.
«Además, reconócelo, qué coño: te has enamorado».
Tony se frotó la cara con energía, restregándose los ojos.
«Vale, vale, ¡vale, sí! ¿Qué pasa? Lo reconozco: me he enamorado de ella. Hala, ya está dicho. Sí, es un amor cursi, un flechazo, una cosa de críos, un fantasía, un deseo tonto porque estoy tan desesperado por tener novia que con la primera chica con la que me cruzo me hago ilusiones».
Tony se sentó en la cama y tomó el móvil.
«Esa chica será una drogadicta y una perdida, pero a mi me ha gustado. Ya está, será por lo que sea, pero es lo que siento y algo me dice que en el fondo esa chavala es buena persona. Puede que esto solo sean mis ganas de… de que ella sea buena persona, ¡no lo sé!, pero quiero conocerla, ¿vale?».
Tony buscó el historial de llamadas para encontrar el número de Noelia.
«Quiero conocerla, hablar con ella y saber cual es su historia. Quiero saber porqué acabó así. Puede que cuando la conozca mejor se me quite este enamoramiento de mierda al descubrir que es una porquería de persona… ¡Pues si es así, mejor! A ver si así me espabilo».
Llamó a Noelia y esperó nervioso, sentado en la cama, con las rodillas golpeando una contra la otra.
«¿Y qué le digo yo ahora a esta mujer?».

Continuará...


©2020 Kain Orange
 

lunes, 20 de julio de 2020

Sofía crece (3) VII




28.

Noelia.

Tras comprobar que en la casa no faltaba ningún otro objeto de valor las policías le preguntaron si quería poner una denuncia. Noelia dudó. En realidad aún se resistía a creer que Francesca le había engañado para robarle. Las lágrimas de su sobrina y su mirada llena de pánico cuando le imploró que no avisase a los médicos eran demasiado reales. Además, se sentía un poco culpable por haber ignorado durante tantos años las vicisitudes por las que su sobrina pasó. Las joyas bien podrían ser un pago para su redención.
El problema era Bertín. Esta era su casa y muchos de los objetos desaparecidos eran suyos. De repente el corazón le dio un vuelco al recordar la discusión que habían tenido.
«Iba drogadísimo y sabe lo de Carlos… y lo de las chicas de Tinder».
Pero eso ahora no tenía prioridad. Ya lo solucionaría después.
«¿Después? Ten cuidado Noelia, la hostilidad que mostró era el producto de una escalada por la acumulación de procesos negativos. Algo que ha estado carcomiéndole durante mucho tiempo le ha hecho estallar. La droga sólo lo ha empeorado, desinhibiéndolo y mostrando su faceta más violenta. ¿Crees que esa violencia va a ir a menos cuando se entere de que la sobrina drogadicta y delincuente que tú dejaste entrar en su casa le ha robado?».
«DESPUÉS. Ahora NO. Necesito pensar».
Noelia tomo aire mentalmente y accedió a poner la denuncia. Las agentes hicieron algunas gestiones más y luego le dijeron que tenía que formalizar la denuncia en persona, en comisaría. Noelia les dio las gracias y las despidió. Un ruido proveniente de su estómago le recordó que la comida aún estaba enfriándose en el horno. Tenía hambre pero no hubiera sido capaz de probar bocado.
En lugar de comer volvió a su dormitorio y se sentó en la cama. Se inclinó sobre las sábanas y aspiró el aroma del champú infantil. Había muchas cosas rondando en su cabeza y no podía pensar con claridad.
«Necesito hablar con alguien de todo esto. Necesito a Carlos».
Pensar en Carlos le producía muchas sensaciones. Por un lado, la primordial, la más básica, era la de una excitación sexual casi inmediata. La imagen de su masculinidad frágil, la de un hombre fuerte y atractivo que se encuentra en un estado tan vulnerable como el de Carlos le atraía de una manera casi pornográfica.
Sabía que era una hiperproyección de su instinto maternal, pero no le importaba. 
«Además me come el coño como Dios».
Por otro lado a veces sentía un poco de lástima por él. Había sido escritor (aunque ella le intentaba convencer de que aún seguía siéndolo. Puede que él ya no escribiese, pero ella suponía que dentro de su cabeza las palabras continuaban forjándose. Es como los alcohólicos, que siempre lo serán aunque dejen de beber), había sido escritor y el accidente de su hija le produjo un bloqueo creativo que él estaba convencido que jamás superaría.
Noelia lo dudaba. Sabía que la creatividad innata de Carlos surgía por otras vías, pero no le llenaban, no le realizaban, no le hacían ser quien realmente era. A Noelia eso le daba mucha lástima y sufría por él. Ella intentaba hacerle llegar su convencimiento de que la culpa y el dolor que Carlos sentía no eran impedimento para que su mente continuase liberando su magia, pero Carlos se cerraba una y otra vez en la auto compasión, negándose siquiera la posibilidad de volver a sentarse frente al procesador de textos.
Noelia descubrió de repente que tenía unas ganas horribles de tenerlo a su lado, quería que le estrechase entre sus brazos y que le hiciera el amor. Quería tener su cuerpo caliente pegado al suyo para descansar la cabeza en su pecho, cerrar los ojos y olvidarse de todo mientras él la cubría de besos y caricias.
«Ay, qué bonito. Parece una de esas fantasías que tenías con 13 años, cuando aún llevabas faldas plisadas y la cara llena de granos».
Noelia se levantó de golpe de la cama, con los ojos abiertos como platos. Luego salió a la carrera del dormitorio, agarró el móvil y buscó desesperada entre las cosas que había en el interior de su bolso.
«¿Dónde coño está?».
Cansada de buscar le dio la vuelta y dejó que el contenido se esparciera sobre la alfombra. Allí, debajo de un paquete de tampones estaba lo que buscaba.

29.

Tony.

Los granos de su cara eran un problema. Tener dieciocho años es algo maravilloso porque eres mayor de edad y tienes la libertad para hacer lo que te de la gana… siempre y cuando no tengas la cara como una pizza.
Tony estaba un poco defraudado. Hacía mas de tres meses que había conseguido obtener el permiso de circulación y aún no había logrado ligarse a ninguna chica. Lo cual era muy raro. Durante toda su adolescencia estuvo convencido de que tener vehículo propio era una autopista directa hacía el maravilloso mundo de las chicas fáciles. Pero resultó que no era así. 
Al parecer, tener carné de conducir no te garantizaba las simpatías y afectos de las féminas más cachondas, como afirmaban todos sus amigos y colegas. Ellos decían que con sólo pasearse por la puerta de los locales de moda con las ventanillas bajadas y la música a tope, las tías hacían cola para meterse dentro con tal de que les diesen una vuelta en el coche.
Pero hasta ahora lo único que había entrado en su coche había sido una colilla encendida que le tiró un gitano por la ventanilla.
La verdad era que Tony estaba desesperado por echarse novia. Era virgen y no quería ser el último de la pandilla en mojar el lápiz. Le dijeron de irse de putas, pero a Tony no le gustaba eso. Tony estudiaba periodismo y había leído muchos reportajes sobre la trata de blancas, los suficientes como para hacerse una idea de lo terrible que era ese mundo.
Tony era un pajillero solitario, pero era buena persona.
Por ejemplo, ese mismo día había atropellado a una chica que llevaba un bebé en brazos. Se asustó muchísimo y entró en pánico, sin poder reaccionar hasta pasados unos minutos, pero al final consiguió reponerse y se enfrentó como un león a la terrible situación.
Se bajó del coche para ofrecer su inestimable ayuda, cuando cualquier otro desalmado hubiera huido del lugar del accidente arrollando a su paso a las pobres víctimas, pero Tony tuvo el coraje de dar la cara. Incluso tuvo el valor de darle a esa mujer una tarjeta con sus datos, ofreciendo de forma caballerosa sus servicios en caso de necesitarlos.
Que un chico de 18 años tuviera tarjeta personal no es muy común, pero a Tony le pareció algo genial llevar siempre unas cuantas encima. Opinaba que le daba personalidad. En ella ponía lo siguiente:

TONY
Gamer & Modder Streamer

_/\_KillerMonksCREW_/\_
Et in Arcade ego

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Play with the best, die like the rest

La mujer a la que le dio la tarjeta era guapa, pero a la que no podía quitarse de la cabeza era a la chica del bebé. Era delgada, casi etérea, con un aspecto desaliñado que le recordó a ciertas divas del punk rock. La chica tenía el rostro más triste que Tony había visto jamás, y al verla allí tirada, con el pequeño bebé en brazos, con la cara arrasada en lágrimas y sufriendo probablemente los dolores del terrible impacto, a Tony se le rompió el corazón.
La chica era la imagen misma del patetismo, delgadísima y con el pelo rapado, con unos labios gruesos, sensuales, que contrastaban con el diminuto cuerpo lleno de frágiles ángulos. A Tony le recordó a una de esas ninfas que retrataban los grabados renacentistas, delgadas y místicas.
Tony soñaba en rescatarla, en ser su caballero andante. Fantaseaba a solas en su cuarto, imaginando que le daba cobijo y alimento. Le acompañaba hasta el baño para que pudiera acicalarse mientras que él, pudorosamente, se volvía para que la chica no se sintiera cohibida mientras se desnudaba.
Naturalmente, Tony tendría entre sus brazos al pequeño bebé; ignoraba si era hijo suyo o un hermanito pequeño, pero a él no le importaba ni lo uno ni lo otro, sólo quería darle protección y seguridad.
Quizás, sólo quizás, Tony sentiría una mano en su hombro, invitándole a que se girase para que la chica pudiera darle las gracias por su hospitalidad con un beso en los labios.
Él sentiría la suave presión de los minúsculos pechos contra su cuerpo (los pechos fue una de las primeras partes de la anatomía de la chica en la que Tony se fijó. No le importaba el tamaño en sí, pero sí era importante para la verosimilitud de su fantasía).
Tony era ante todo un caballero, así que aceptaría el beso con prudencia dejando que el teléfono móvil sonara con estridencia con el tema principal de «Juego de Tronos», impidiendo que siguiera masturbándose pensando en Francesca.
No conocía el número, pero Tony, cuyo verdadero nombre de pila era Marco Antonio, tenía por costumbre atender a todas las llamadas, aún cuando no conociera al interlocutor. Tony era un joven solitario necesitado de compañía.
—¿Sí? —preguntó mientras se guardaba el pene dentro de la bragueta. Un pene de un tamaño que hubiera despertado la admiración de muchas mujeres (y también de muchos hombres). Tony era un caballero muy bien dotado.
–¿Hola…? ¿Eres Tony?
El corazón de Tony se aceleró. Era una mujer.
—Sí, soy yo. ¿Quien eres?
—Me llamo Noelia, nos conocimos esta tarde, me diste tu tarjeta.
Boom.
La cabeza de Marco Antonio explotó y le pasó lo que le pasaba siempre que hablaba con mujeres: se bloqueó y no supo qué responder.
«Es ella, la mujer que ayudó a la pequeña ninfa y al bebé. Me ha llamado, ¿por qué? Me va a pedir explicaciones. Ha recapacitado y me van a denunciar. Seguro que han hablado con algún abogado y este les ha sugerido que debían de hablar conmigo primero, para llegar a algún acuerdo… ¡Pero yo no tuve la culpa! ¡Salieron de la nada y casi no me dio tiempo a frenar! Pero les di muy fuerte. Seguro que tenía algún tipo de conmoción… ¡o a lo peor tenía lesiones internas y ahora está en un hospital! ¡Ay, no, pobrecilla! Debería…».
—¿Hola?, ¿Tony, estás ahí?
—¿Qué?
—Perdona que te moleste, pero necesito tu ayuda.
El cerebro de Tony se relajó un poquito al oír el reclamo caballeresco.
«Ayuda. Una mujer me pide ayuda».
—Mira Tony, la policía ha estado en mi casa por un asunto relacionado con la chica que atropellaste.
«¡No! ¡Yo no tuve la culpa! —Tony quería decir todo eso en voz alta, pero su boca se negaba a obedecer a su cerebro—. Siento lo que pasó, pero no fui yo. ¿No podríamos arreglar esto de forma amistosa, sin meter a la policía de por medio? ¡Me quitarán el carné! —Tony sintió que le comenzaban a arder los ojos, preludio de unas lágrimas poco heroicas—. Por favor, no me denuncie».
—¿Tony?, ¿hola?, ¿sigues ahí? Por favor, es algo muy importante, necesito tu ayuda.
«Cuelga, Tony, no hables con esa mujer. Si no oyes lo que tiene que decirte no pasará nada. Oídos que no oyen, corazón que no siente. Así no es, pero yo me entiendo. Cuelga Tony. Cuelga y pones la consola y juegas al Elder Scrolls y te olvidas de todo».
Mientras oía la voz de la desconocida insistiendo en hablar con él (Noelia —recordó—, dijo que se llamaba Noelia), Tony puso un dedo sobre el icono de «fin de llamada».
«Cuelga Tony».
Pero la imagen desvalida de su ninfa le retuvo.
«Sé un hombre, coño. Por primera vez en tu miserable vida no huyas y da la cara. Atropellaste a esa pobre muchacha y a un bebé. Esta mujer está pidiendo ayuda y tú se la vas a ofrecer. Deja de ser un puto cobarde».
Pero en realidad, de forma inconsciente, lo que le acabó por convencer fue la posibilidad, remota y lejana, de que a través de esa llamada Tony pudiera volver a encontrarse con su ninfa.
—Diga —dijo al cabo de varios segundos de tenso silencio.
—Tony, escucha. Pareces un buen chico. Te bajaste del coche y ofreciste tu ayuda, e incluso me diste tu tarjeta. Es algo que te honra. 
Un calorcillo agradable recorrió el cuerpo alto y espigado del muchacho al oír los halagos.
—Hice… hi… hice lo que tenía que hacer —tartamudeó.
—Y yo te lo agradezco, Tony. Pero verás, ha sucedido algo.
«Están en el hospital, la ninfa y el bebé tenían hemorragias internas, eso es lo que me va a decir».
—¿Están bien?… —las flacuchas piernas de Tony comenzaron a temblar—. La chica y el niño, ¿están bien?
Tony se asustó al oír un sollozo en la otra línea.
—Sí… No, no lo sé, Tony. Estaban bien pero… —hubo una larga pausa—. Tony, tranquilo. Estaban bien cuando las traje a mi casa. Tú no hiciste nada malo, pero Francesca, mi sobrina, ha desaparecido y la policía piensa que me ha robado.
«Francesca. Mi ninfa se llama Francesca».
Era el nombre más exótico y sensual que había escuchado nunca.
—¿Dices que te ha robado?
—Sí. La policía me indujo a pensar en la posibilidad de que el accidente pudo estar amañado.
Tony abrió los ojos de forma desmesurada.
—¿Amañado? ¡No! Pe… Pero si yo no os conozco de nada. Yo no la vi, salieron de la nada. No sé nada de robos. ¡Yo soy estudiante!
Las lágrimas estaban a punto salir.
—Te creo, Tony. De verdad. Te creo. Ningún ladrón va por ahí dejando su tarjeta de visita.
—No es de visita, es de gamer.
Noelia ignoró el comentario.
—Te creo, pero necesitaba confirmarlo. Ahora sé que al menos el accidente fue real. Siento las molestias. Puede —Noelia dudó unos segundos—, puede que la policía se ponga en contacto contigo. Por favor, no temas. Diles la verdad. Creo que mi sobrina está en peligro y necesito tu colaboración. ¿Me ayudarás?
Boom.
«Está en peligro. Necesito tu colaboración».
El cerebro de Tony volvió a estallar. Un calor recorrió su cuerpo, desde el centro de su pecho hasta las ingles y la cara. Se ruborizó y sufrió una erección.
«Una chica en peligro y una mujer desconocida pidiendo mi ayuda».
Quiso impregnar su voz con todo el heroísmo y la virilidad que la situación requería, pero le salió el maullido de un gato atropellado.
—Cuenta conmigo.
—Muchas gracias, Tony. No temas por la policía, sólo querrán confirmar lo del atropello accidental. Yo sé que tú no tuviste la culpa. Gracias de nuevo… Hasta pronto.
—De nada. Un… un placer en ser de ayuda. Hasta luego.
Ambos colgaron.
El cerebro de Tony bullía mientras sentía la férrea erección entre sus muslos abultando la bragueta.
«Francesca. Noelia…». Hizo memoria y recordó el momento en el que las vio a las dos juntas, de pie, justo tras el accidente. La ninfa (Francesca) sostenía las manos de su tía (Noelia) y parecía implorarle algo.
«¡Quino!» Dijeron algo sobre un tal Quino. Temía que se lo quitasen.
«El niño. Quino es el nombre del niño. No quería que se lo quitasen… ¿Será su hijo? Probablemente».
Datos. Variables. Todos ellos se podían reducir a ceros y unos.
Tony era alto, de piernas flacuchas y brazos débiles, pero tenía una espalda ancha y unos hombros torneados. Si fuera al gimnasio en pocos meses tendría un cuerpo fibrado y digno de aparecer en revistas de modelos, pero a él nunca le atrajo el culto al cuerpo. Prefería la soledad de su habitación, sus libros, sus cómics y, sobre todo, sus videojuegos.
Encendió la torre de su PC y una feria de luces leds iluminó su rostro surcado de granos y acné. Cargó una hoja de cálculo e introdujo en ella toda la información de la que disponía sobre ese asunto.
«Francesca, Noelia, Quino, accidente, bebé, sobrina, tía…».
De esa manera tenía una visión global y esquemática de los datos, como el «escaleto» que usan los guionistas en las series de televisión. Luego hizo una búsqueda cruzada en redes sociales con los nombres de Francesca, Noelia y Quino, así como el parentesco entre ellos.
Tras varios minutos de búsqueda infructuosa cayó en la cuenta de que Quino no era un nombre propio.
«Es una especie de diminutivo, tonto».
Buscó en internet y pronto descubrió que «Quino» podría referirse a «Joaquín».
Con ese nuevo dato inició otra tanda de búsquedas.
En pocos segundos obtuvo los primeros resultados positivos.
Había algunos «Francesca + Joaquín». Tomó esos como punto de partida y comenzó a «stalkear» y fisgonear en redes sociales, así como en los archivos públicos del BOE y el BOP, donde se publican los embargos, multas, sanciones, etc…, con nombres, apellidos, DNIs, placas de matrícula, direcciones…
«¡Ahí! ¡Sí! Ésta. Los apellidos coinciden. Un litigio por una casa paterna. Noelia y una hermana de ésta, Carolina, madre de Francesca».
Tony copió todos los datos que pudo. Ahora tenía los nombres, apellidos y direcciones de Noelia de su hermana y de su sobrina.
Tony hizo honor al nickname que usaba en el mundillo Hacker/Modder, SuperTonyLegit, y siguió indagando información sobre su ninfa.
«Desaparecida. En peligro… Tranquila, nena, yo te rescataré».

30.

Sofía.

Carlos intentó llamar a Noelia, pero el teléfono comunicaba.
—¿Tienes hambre? —preguntó Carlos después de colgar.
Sofía, que había salido de casa sin desayunar y tenía un hambre de caballo, movió la cabeza afirmativamente. Estaba totalmente fascinada con Carlos. Sentía una atracción física terrible hacía él, pero al mismo tiempo le daba un poco de miedo.
«Miedo no es la palabra. ¿Respeto? ¿Admiración cautelosa? ¿Misticismo fraterno paternal? —Sofía frunció el ceño y sonrió— ¿De donde sale este vocabulario? De Jack London no, desde luego».
Carlos era un hombre que proyectaba solidez pero al mismo se le veía muy frágil. Era un tipo grande y apuesto con unas ojeras terribles y unos andares desmañados y un poco torpes. A Sofía le parecía un oso recién despertado de la hibernación.
«Sí, muñeca —dijo el viejo minero en su cabeza—, aquí sabemos mucho sobre osos. Peludos, pendencieros y con los pelos del culo más sucios y apestosos que los pies de un indio. ¡Plinc!».
Sofía no pudo evitar una carcajada sobre sus propias ocurrencias y Carlos la miró extrañado.
—Vale —dijo Sofía—. Comamos algo. Tengo hambre.
—De acuerdo. Podemos ir al centro comercial. Por el camino llamaré a Noelia, habrá más cobertura que aquí. Podríamos quedar allí con ella… pero…
Carlos se frotó la nuca y miró a la chica azorado, ruborizándose ligeramente.
—Tendremos que ir en autobús —apartó la mirada—. No tengo carné.
«Miente. No quiere coger el coche. El accidente donde perdió a su hija, ¿sería de tráfico?. Seguramente».
—No pasa nada. Me gusta el bus. Yo siempre lo cojo. Me relaja y me da tiempo para… —hizo una pausa. A Sofía le daba un poco de vergüenza hablar de sus cosas—, para escribir.
Carlos enarcó las cejas.
—¿Te gusta escribir?
Sofía se encogió de hombros.
—Más o menos. Me gusta la caligrafía. Es como dibujar, pero más serio. No sé explicarlo.
Carlos se aseguró de que los cuencos de comida y de agua de Nico estuvieran llenos y sonrió a Sofía.
—Lo has explicado muy bien. Venga, dentro de poco sale uno directo al centro. A ver si nos da tiempo a cogerlo.
Antes de salir tuvo que limpiar los excrementos de Nico. Desde hacía un par de días el puñetero gato se negaba a usar la caja de arena, haciendo sus cosas en los rincones. La caja la había construido el propio Carlos con materiales reciclados. En el frontal se podía leer la palabra NICO hecha con tiras de plástico de colores.
—Si lo llego a saber te dejo en la calle, con tus lagartijas.
En realidad Nico no usaba el cajón porque la arena olía rara. El olor provenía de un paquete de cincuenta mil euros en heroína que Francesca escondió allí un par de días atrás, en el fondo de la caja. La madre de Francesca aún conservaba un juego de llaves de la casa de sus padres y Chesca se las quitó durante una visita. Después de robar a Gorka esperó a que Carlos saliera de casa para esconder la droga dentro de la caja de Nico.
—¿Dónde vamos a comer? —preguntó Sofía mientras bajaban por las escaleras.
—No sé. ¿Te gusta la comida mejicana?

31.

Bertín.

—¿Qué te parece un mejicano? —La pregunta de Nuria le llegó a Bertin a través del manos libres del BMW.
Bertín tenía el pie hundido hasta el fondo del acelerador. El cuenta kilómetros marcaba los 170 kilómetros a la hora, y subiendo. Constantemente iba dándole pequeños golpes al volante con la mano, irritado.
Lo primero que hizo al salir de casa fue llamar a Nuria, su amante, para quedar con ella. Bertín estaba como una moto. La cocaína le ardía en el cerebro y sentía los cojones hinchados, con la polla tiesa palpitando dentro de la bragueta. Quería follar a lo bestia. Quería agarrar a una tía y meterle la pija en la boca para darle pollazos hasta que sangrase.
«Puta tortillera de mierda. Asquerosa. Puerca. ¡Cerda!».
—¿Bertín? —Nuria insistía—. ¿Me oyes? ¿Estás ahí?
«Si ese abogado maricón no acaba contigo yo mismo me encargaré en persona de arrastrarte por el fango, desviada de mierda».
Una vocecita en el fondo le decía que toda esa violencia verbal provenía de una frustración, de una falta de empatía y comprensión a la hora de gestionar sus sentimientos hacia su mujer, pero la voz hablaba en chino y a Bertin le daban tanto asco los chinos como los gordos y los maricones.
—¿Bertín? ¿Estás conduci…?
—¡SÍ! —le interrumpió—. ¡Estoy conduciendo, estoy conduciendo! El mejicano está bien, el mejicano está de puta madre. Te veo en el centro en treinta minutos. –Y colgó.
Nuria trabajaba en una franquicia de ropa juvenil, en el mismo centro comercial. Era aficionada al fitness y una vez a la semana se permitía tener una comida sin restricciones de calorías. A Bertín le importaba una puñetera mierda. Sólo quería agarrar a esa furcia y reventarle el ojo del culo hasta que chillase de dolor.
«Todas putas».
Estaba harto de las mujeres. Sólo sabían mentir, llorar y abrirse de piernas.
La vocecita interior le seguía hablando, insistiendo en que toda esa agresividad se debía a una desinhibición favorecida por la cocaína. Puede que incluso el exceso de consumo de los últimos días podría estar afectando a su centro cognitivo.
«Para centro cognitivo el que tengo aquí cogido», pensó mientras se agarraba la bragueta.
A Bertín siempre le gustó el sexo fuerte y rudo, aunque con Noelia se reprimía. Sus fantasías, oscuras y violentas, las solía ejecutar con las putas callejeras o con alguna guarra como Nuria, que le iba el rollo hardcore. A veces se pasó un poco de la raya y se le fue la mano, haciéndole daño de verdad.
Bertín sonrió.
«Será mejor que no comas mucho hoy, Nuria. Lo mismo lo vomitas esta noche en la cama».
A Bertín se le ocurrió en ese momento una fantasía tan cerda que casi se corrió en los pantalones.
«Podría obligarla a que se coma sus propios vómitos».
Durante el trayecto consiguió meterse otras dos rayas haciendo un poco de malabarismo sin dejar de conducir.

32.

Noelia.

Después de hablar con ese chico, Tony, no se sintió mejor. Todo lo contrario, estaba aún más inquieta y preocupada. Le hubiera gustado llamar a su hermana, pero la conocía demasiado bien y sabía que ni siquiera le cogería el teléfono. Las cosas que se dijeron la última vez que se vieron no se olvidan fácilmente. En lugar de eso le envió un mensaje, resumiendo lo sucedido y advirtiéndole de la posibilidad de que la policía se pusiese en contacto con ella.
Después volvió a llamar precisamente a la policía desde la cocina mientras intentaba comer algo. Lamó para contarles lo de ese chico, Tony, para decirles que el atropello no fue premeditado, pero ellos no le dieron mayor importancia. Simplemente el atropello fue eso, un accidente, una casualidad fortuita. Seguían insistiendo en la teoría del robo premeditado, aunque hablarían con él y tendrían en cuenta «otras posibilidades».
A Noelia le hubiera gustado confiar en el criterio de la policía, le hubiera gustado creer que su sobrina se las había ingeniado de alguna forma para elaborar un plan maquiavélico para robarle un puñado de joyas. Quería creer eso porque la otra opción era demasiado terrible.
«Noelia, sabes perfectamente que esa opción es la verdadera. Te lo dice tu corazón. Francesca es inocente. Alguien entró en tu casa, te atacó y se llevó a tu sobrina y a su bebé».
Era de locos. Era tan fantástico que se negaba a creerlo.
«Necesito pruebas. Necesito estar al cien por cien segura de que ella es inocente porque la otra opción, la del secuestro, es demasiado horrible».
«Sí, tan horrible como esas manos en tu cara».
Las manos.
Era algo que su mente apartaba cada vez que intentaba acercarse a ese recuerdo.
«No eran manos de mujer. Y tampoco eran las de un camello o un pandillero. Eran muy grandes, fuertes… poderosas. Y llevaban guantes». Pero lo más tenebroso era la convicción y la seguridad con las que le aferraron la boca y el cuello.
«Esa seguridad provenía de la experiencia. Esas manos no eran la primera vez que hacían eso».
Noelia se levantó de la mesa de la cocina sin apenas probar bocado y fue al baño. El agua del suelo ya se había secado, aunque la toalla aún estaba húmeda. Noelia la recogió y la examinó, extendiéndola con los brazos abiertos. No vio nada extraño y le dio la vuelta. El corazón le comenzó a latir deprisa. Muy deprisa.
En el centro de la toalla había una pequeña mancha de color rosa pálido.
«Eso es sangre. Llevo demasiados años cambiándome compresas y tampones como para no reconocer perfectamente una mancha de sangre».
Podría ser debido a cualquier cosa. Noelia recordó la fea herida del piercing de Chesca.
«Incluso puede ser menstrual si se secó ahí abajo».
Dejó la toalla sobre una banqueta y observó el resto del baño sin apenas moverse. Había algo que no cuadraba. Se acercó a la repisa donde estaban sus cosas y no vio nada extraño. Luego miró hacia las pertenencias de Bertín.
«Falta algo».
Estuvo mirando atentamente, intentado recordar la disposición de los objetos, tratando de averiguar qué era lo que no estaba ahí, pero fue inútil, su cerebro no alcanzó a realizar la conexión. 
Algo le decía que era importante.

continuará...


© 2020 Kain Orange

domingo, 19 de julio de 2020

Sofía crece (3) Parte VI

>>>Sofía crece 3, parte VI<<<
Sofía crece 3, parte VII

Sofía crece 3

Parte VI

24.

Carlos.

La situación era extraña. Acababa de intentar suicidarse y al despertar se había encontrado con el fantasma de su hija, que resultó ser una chica desconocida aficionada al vouyerismo y que además era amiga de su amante.
«Parece un guión de Almodóvar».
La chica estaba nerviosa. Se veía que era tímida y algo ingenua, pero aún así se las había apañado para verle el pene en dos ocasiones. Carlos no sentía atracción por ella. Era demasiado joven y le recordaba en cierta manera a su hija desaparecida, pero sabía muy bien qué fantasías poblaban las mentes de los jóvenes y los adolescentes.
«A su edad yo estaba enamorado de mi profesora de inglés y me hacía una media de cinco pajas al día».
A esa edad pasamos por muchos cambios, cimentando muchos de los miedos, inquietudes y traumas que nos acompañarán durante el resto de nuestra vida. Alguno debía de tener esa chica (¿y quien no?), se le notaba en el lenguaje corporal. Parecía confusa y para Carlos era bastante claro que la amistad con Noelia era algo más que intercambiar opiniones literarias y hablar de chicos. Carlos conocía muy bien las virtudes de Noelia.
«Es comprensiva y sabe escuchar a las personas. Es lógico que esta chica le tenga afecto».
Aún tenía la cabeza embotada y le dolía el estomago y la garganta. También tenía una resaca de caballo y un dolor de cabeza bestial que le obligaba a darse masajes en las sienes constantemente. La chica le daba un poco de lástima y no quería parecer un tipo ruin deshaciéndose de ella, pero necesitaba estar a solas para poner orden dentro de su cabeza.
Sofía le miraba con los brazos cruzados, sosteniendo los codos. Estaba excitada, nerviosa y llena de dudas. Quería preguntar a ese hombre qué le había pasado, por qué estaba inconsciente en el suelo cuando llegó y qué era lo que tenía escondido detrás de la espalda. Pero el atavismo que le proyectaba la imagen paternal de Carlos la abrumaba. Era un hombre maduro, alto, musculoso y de pecho amplio, con la piel morena cubierta con una ligera capa de vello. Era la personificación misma de la masculinidad y ella, que se había criado en una sociedad patriarcal heterosexual, reconocía en él cierta autoridad paternal (aunque su instinto, en el fondo y de forma abstracta, le decía que esa autoridad venía de una imagen basada en estereotipos sociales).
Sofía seguía callada, mirando nerviosa alternativamente los pies y la cara de Carlos. El silencio se hacía cada vez más incómodo hasta que lo rompió la propia Sofía.
—Creo… Creo que debería marcharme —se frotó los codos con los brazos cruzados, como si tuviera frío—. Siento haber entrado sin permiso. Pensé que… que Noelia vivía aquí. Perdona.
Carlos estuvo a punto de dejarla marchar pero algo, él no sabría decir qué, le hizo cambiar de idea. Quizás su mirada triste o la forma en la que encogía los hombros al caminar o el aspecto general de melancolía que emanaba su cuerpo menudo.
«Y una mierda. Te recuerda a tu hija. No quieres que se vaya por que tiene los mismos ojos que ella».
—Espera —dijo. Sofía se detuvo—. Tenía pensado llamar a Noelia para tomar algo esta tarde —mintió hablando deprisa—. Si quieres puedes venir conmigo y así la ves… si tan importante es lo que tienes que decirle.
Sofía miró a la puerta principal, dudando.
—No… En realidad no es nada —Sofía sorbió por la nariz—. No lo sé.
La chica miró a los ojos a Carlos y el recuerdo de su pene dentro de su boca le produjo escalofríos por todo el cuerpo, acelerándole el corazón.
—¿Cómo se llama tu gato? —preguntó de pronto.
—Copérnico. Pero yo le llamo Nico. Suele subir a la terraza cuando se escapa. No es muy cariñoso, pero el pequeño sinvergüenza me hace compañía cuando no está por ahí cazando bichos o meando en la alfombra del vecino. 
Sofía sonrió tímidamente por primera vez y Carlos se enamoró un poquito de ella. Era la primera vez que la veía sonreír y le favorecía muchísimo.
—Si quieres puedo intentar encontrarlo —dijo Sofía.
—Sí, claro —Carlos sintió el plástico que envolvía la pistola resbalar de entre sus dedos—, eso estaría genial. Así yo podría… vestirme mientras tanto. —Carlos apretó el arma con fuerza.
—Vale —Sofía se giró, pero Carlos le dijo que esperase.
—Llévate unas cuantas galletas. Le gustan mucho. 
Sofía asintió con la cabeza y Carlos le indicó donde podía encontrarlas.
Cuando salió guardó la pistola en el cajón de la bebida, se dio una ducha rápida y se tomó un par de tabletas de paracetamol con la vana esperanza de que le aliviasen la jaqueca. Se vistió con ropa cómoda y limpió la porquería que había en el salón y el baño. De repente se dio cuenta de que no había mirado el móvil desde que envió el mensaje a Noelia por la mañana. Estaba buscando el teléfono cuando llegó Sofía con Nico entre sus brazos.
—Estaba arriba, donde dijiste.
—Cazando lagartijas, seguro —Carlos le rascó la cabeza al minino.
—Tu gato no es muy bonito.
—Ya. Me lo encontré así —Carlos miró a Sofía y el corazón le dio un vuelco.
«Sí que se parece a María».
—¿Me podrías hacer otro favor? —dijo—. No encuentro el móvil.
Sofía supo inmediatamente qué era lo que quería, así que le pidió el número a Carlos y le llamó desde su teléfono. El tono de llamada se escuchó en el dormitorio. El celular, de alguna manera, había ido a parar debajo de la cama. Carlos comprobó que había una llamada perdida de Noelia. Dentro del edificio había poca cobertura y a veces se perdía la señal. Sofía se fijó entonces en una fotografía que había sobre una repisa. En ella estaban Carlos, una niña y una mujer.
Carlos siguió su mirada.
—Mi exmujer y mi hija.
Sofía se acercó para verlas con más detenimiento.
—Son muy guapas —se giró y vio a Carlos frotándose distraido la cicatriz del brazo, mirando más allá de la foto, con la mirada perdida—. ¿Ella vive con su mamá?, tu hija, quiero decir.
Carlos sonrió con amargura.
—No. Ya no vive.
Sofía no entendió lo que había dicho, pensando que él se refería a que su hija ya no vivía con su madre.
—¿Qué edad tiene? Debe ser muy joven todavía.
Carlos, con la mirada aún perdida, no reparó en el error de Sofía.
—De haber sobrevivido al accidente ahora tendría tu edad, más o menos.
Sofía se percató entonces de su error y se llevó una mano a la boca, espantada y ruborizada hasta las orejas.
—Lo siento… lo siento mucho.
Carlos agitó la cabeza y miró a la chica.
«De no haber tenido un padre borracho tú y ella podrías haber sido amigas».
«Deja eso, Carlos. No empieces otra vez».
Carlos observó el cuerpo joven, vibrante, lleno de vitalidad y energía; un cuerpo gobernado por una mente cargada de deseos, dudas, esperanzas y tragedias; sí, tragedias, ¿porqué no? Tragedias pequeñas, cotidianas, de poca importancia para un adulto, pero enormes y traumáticas para una joven.
«Vive, Sofía. No tengas miedo de vivir. Aprende de los errores y nunca dejes de dudar y temer, pues sólo a través de la duda encontrarás tu camino; te equivocarás muchas veces, oh, amiga, ya lo creo que te equivocarás, pero de eso se trata, pequeña: dudarás de tus decisiones y no sabrás si han sido correctas hasta que las tomes, e incluso así seguirás dudando, puesto que no sabrás cuáles podrán ser las consecuencias de esas decisiones, aún cuando las consideres correctas. Es un mundo complejo, Sofía, lleno de cosas oscuras y maravillosas. No tengas miedo de ninguna de ellas. Vive, pequeña Sofía. Vive tú que aún puedes».
—¿Estás bien? –preguntó Sofía.
Carlos se pasó las manos por la cara, desde los párpados hasta la sienes.
—Sí. Pensar en María… me pone nostálgico.
Sofía echó un fugaz vistazo a la foto.
—¿Tu hija se llamaba María?
—Sí, como su madre.
Sofía miró la imagen de la mujer.
—Te dejó después del accidente.
«Es lista».
—Sí.
Sofía no pudo mirarle a la cara y le habló a la cicatriz de su brazo.
—Habías tomado pastillas con vino —le soltó de improviso—. Cuando llegué estabas inconsciente y vi la botella.
«Mierda».
Sofía alzó la mirada y le miró a los ojos.
—Pensé que estabas… ya sabes… así que tuve que comprobar si aún respirabas. ¿Lo hiciste por ella? –Sofía señaló la foto.
Carlos se metió las manos en los bolsillos y miró hacia el techo, tomando aire y soltándolo de golpe, resoplando.
«¿Qué demonios…? Es más lista de lo que parece».
—Verás, Sofía, yo tengo problemas con… ciertas cosas. Algo no va bien aquí dentro —se apuntó a la sien con un dedo—, y a veces hago tonterías.
Sofía no dijo nada. Volvió a mirar la fotografía y contempló el rostro de la niña. Recordó lo que hizo la noche anterior a solas en su cuarto y lo mal que se sintió después al pensar que había hecho algo horrible.
—Yo también he hecho tonterías —le dijo a Carlos—, pero creo que tú me ganas.
Carlos y Sofía se miraron a los ojos y sonrieron, creando sin saberlo un vínculo entre ellos, puesto que con esa sonrisa se hicieron amigos.

25.

Noelia.

Primero llegó una pareja uniformada, le hicieron unas pocas preguntas para asegurarse de que se encontraba bien y de que no había ningún peligro inminente. Luego uno de ellos habló por radio y en pocos minutos apareció otra pareja, esta vez eran dos mujeres con uniforme; intercambiaron unas palabras con los primeros agentes y éstos se fueron tras despedirse de Noelia.
«Han llamado a estas dos mujeres porque piensan que es un caso de malos tratos».
Noelia volvió a explicarles lo sucedido. Una de ellas era rubia y la otra morena. Noelia las bautizó como Zipi y Zape. Zipi rubia, Zape morena.
Zipi se encargó de las preguntas y Zape se dedicó a dar vueltas por el salón, tomando notas y apostillando alguna cuestión. Noelia tuvo que explicar varias veces lo sucedido, ya que Zipi solía preguntar cosas que ya había contestado con anterioridad.
«Se asegura de que no me invento nada o de que mi memoria no me falla».
Cuando la rubia determinó que ya tenía suficientes datos avisó a la otra con un gesto. La morena tomó el bloc de notas de su compañera y miró a Noelia, que estaba sentada en el sofá, con los brazos y las piernas cruzadas.
—Veamos. Dice que su sobrina le avisó por teléfono muy nerviosa, le citó en la puerta de su domicilio y que al llegar sufrió un accidente, un atropello.
—Correcto.
—Usted le pidió que esperase a los servicios médicos y ella se negó, convenciéndola de que no estaba herida.
—Sí.
—Luego usted la llevó a casa, atendió sus heridas (leves) y le dio de comer al niño y luego lo acostaron.
Noelia suspiró, cansada de repetir lo mismo.
—Sí, tal y como he dicho antes. Varias veces.
—Después su sobrina entró al baño mientras usted hacía la comida.
—Ajá.
—Cuando terminó de cocinar fue a ver al niño a su dormitorio y entonces alguien le atacó por detrás, dejándola inconsciente.
Noelia, agotada, asintió con la cabeza.
—Cuando despertó pocos minutos después su sobrina y su hijo habían desaparecido sin dejar rastro.
—No. Sin rastro no. En el baño había restos de agua y una toalla húmeda.
Zipi y Zape intercambiaron una mirada que a Noelia no le gustó nada.
La rubia, la primera que le estuvo interrogando le hizo una pregunta que Noelia no entendió.
—Señora, ¿ha comprobado si le falta algún objeto de valor?
Noelia miró a ambas policías de hito en hito.
—¿Perdón? ¿Algo de valor? Sí, claro que he notado que falta algo de valor, ¡mi sobrina y su hijo pequeño de dos años! ¿Les parece poco?
«Calma Noelia».
Pero Noelia no quiso calmarse.
—¡No entiendo qué hacen aquí atosigándome a preguntas cuando ahí fuera hay una criatura a la que acaban de secuestrar! Probablemente haya sido ese sinvergüenza de Gorka que…
—La pareja de su sobrina —interrumpió la morena.
—…que la estaría buscando —Noelia miró a Zape—. ¡Sí, Gorka, su pareja, el camello, el delincuente, ya se lo dije, por amor de Dios!
—Noelia —dijo Zipi—, creo que deberías echar un vistazo y comprobar si falta algo de valor en la casa.
—Señora —dijo Zape—, ¿no ha contemplado la posibilidad de que su sobrina le haya mentido?
Noelia las miró alternativamente, girando la cabeza como si estuviera viendo un partido de tenis.
—¿Mentirme?
—Sí. Usted ha dicho que ella lleva tiempo metida en asuntos de drogas y robos —la policía rubia miró en torno suyo—. Esta vivienda es nueva y parece que a usted y a su marido no les va mal.
Noelia no podía creer lo que estaba oyendo y negaba con la cabeza… pero poco a poco la duda fue calando dentro de ella.
—No… Usted no sabe lo que dice, ustedes no la conocen. Ella no podría haberse inventado todo esto para robarme, además ella… —Noelia reflexionó unos segundos—, ella no tendría fuerza suficiente para dejarme inconsciente. Yo sentí unas manos muy fuertes y ella… —Noelia recordó el cuerpo huesudo y esmirriado de Chesca—, ella no hubiera podido hacerlo.
—Quizás tuvo un cómplice, ese tal Gorka. Ella solo tuvo que dejar la puerta principal abierta en un descuido suyo.
La duda tomaba más peso en la balanza de Noelia.
—No lo sé… es posible —dijo cabizbaja, pero en ese momento recordó algo y alzó la vista—. ¿Y el accidente? El atropello.
—Pudo estar amañado. Un cómplice, para asegurarse que usted la subiría a su domicilio para atender sus heridas leves en el caso de que usted no quisiera llevarla a casa. Usted misma nos dijo que apenas tenían relación y que estaba peleada con su hermana por… —consultó las notas—, por una vivienda familiar.
Se hizo un silencio incómodo mientras Noelia reflexionaba aturdida sobre todo lo que le acababan de decir.
—Debería mirar si falta algo —insistió la morena.
Noelia no respondió. Las miró a ambas y luego se quitó las lágrimas de la cara con el puño, se levantó del sofá y se dirigió al dormitorio principal, aquel con el que compartía cama esporádicamente con Bertín. Era el único lugar de la casa donde había algo de valor; unas pocas joyas suyas y de Bertín: relojes, gemelos, pendientes, una tabaquera y un Zippo de oro… No mucho, alrededor de dos mil euros.
No había nada.
Alguien había revuelto los cajones y los armarios y se había llevado todas las joyas.

26.

Rusky.

Usó la cinta americana con Quino, amordazando su boca e inmovilizando sus bracitos y sus pies, rodeándolos con la cinta para que no se moviera. Trabajar con guantes de látex era un incordio, ya que el pegamento de la cinta se adhería a ellos constantemente. No tuvo cuidado en poner la cinta y Quino se despertó, gimiendo asustado al comprobar que no podía moverse. Cuando Rusky acabó contempló los ojos aterrorizados y llenos de lágrimas del niño y sólo sintió un poco de asco. Pensó en ponerle un poco de cinta en la nariz. Hubiera sido divertido ver como se asfixiaba poco a poco.
«Control, Rusky».
Noelia, inconsciente, se agitó encima de la cama. Rusky sintió muchas ganas de hacerle cosas, pero la necesitaba con vida para evitar que la policía metiera las narices. Agarró a la pobre criatura, que no paraba de gemir y sollozar retorciendo su apestoso cuerpo como un gusano en un anzuelo, y salió al pasillo.
«Mierda de críos».
Fue al baño y encontró a Francesca vestida, metiendo algo en la bolsa de plástico.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Chesca se giró aterrada, pero cuando vio a Quino no pudo evitar soltar un grito de angustia al verlo amordazado, con la cinta cruelmente apretada alrededor de su cara.
Rusky agarró el cuello del niño.
—¿Qué acabas de meter ahí?
Chesca volvió a meter la mano en la bolsa y sacó su ropa interior con brazos temblorosos mientras tartamudeaba sin dejar de llorar.
—Mis bragas son mis bragas solo eso mis bragas por favor mi niño no no no solo son mis bragas y mis cosas mi niño no le hagas nada…
Rusky soltó el cuello del bebé y puso un dedo sobre sus labios pidiendo silencio. Chesca se calló al instante. Gorka solía hacer ese mismo gesto.
—De acuerdo. Tranquila. Coge tus cosas y ve al dormitorio principal.
Chesca hizo lo que le pedía y entró a una alcoba llena de muebles de diseño. Rusky la seguía de cerca.
—Abre los cajones y los armarios, busca cualquier cosa de valor y mételas en tu bolsa.
Francesca obedeció, temblando y mirando constantemente a su hijo, que se agitaba entre los brazos de Frankenstein con la cara congestionada.
Pasaron un par de minutos buscando y cogiendo joyas hasta Rusky chasqueó los dedos para llamar su atención.
—De acuerdo. Nos vamos. Tú primero. Al sótano.
«Control. Órdenes cortas y claras. Como en el ejército».
Tenía el Mercedes en el garaje comunitario del edificio. Introducirlo fue muy sencillo: sólo tuvo que esperar cerca de la puerta de la cochera a que saliese o entrase algún vehículo para colocar un trozo de cinta adhesiva en la célula fotoeléctrica, impidiendo así que se cerrase el portón. Luego introdujo el coche y lo estacionó en cualquier plaza libre.
Antes de salir del apartamento Rusky envolvió el cuerpo del niño con una camiseta para ocultar la cinta americana, por si se cruzaban con algún vecino. Luego bajaron por el ascensor.
Mientras bajaban Rusky observó a la drogadicta. Tenía el pelo rapado al cero, con el cuero cabelludo lleno de un feo sarpullido. Le miró a la boca y vio que el labio inferior estaba hinchado, con una costra sangrando y supurando alrededor de un piercing, con una línea de sangre cayendo por la comisura de la boca. Las orejas estaban al rojo vivo y una de ellas sangraba un poco: cuando le dio el guantazo uno de los pendientes le rasgó el lóbulo. Por las fosas nasales le caían mocos rosas. Además, estaba en los huesos. Prácticamente no tenía nada de carne debajo del pellejo.
Rusky estaba deseando tener el paquete de droga en sus manos para reventar a golpes esa cosa inútil, repugnante y temblorosa. Quería machacarla y quebrar hasta el último de sus huesos, librando al mundo de esa escoria inmunda.
«Control, Rusky. Dentro de poco podrás hacer con ella y con este gusanito apestoso lo que quieras».
Abrió el Mercedes y puso al niño en el suelo, en el hueco que había entre los asientos delanteros y los traseros. No tenía miedo a las miradas indiscretas. La gente no iba por ahí mirando dentro de los coches en marcha, eso sólo pasaba en las películas. Además el Mercedes tenía los cristales traseros tintados.
—Sube. —Ordenó a la muchacha.
Francesca obedeció sin dejar de mirar con ojos espantados a su pobre niño, sentándose dónde le indicó el monstruo, en el asiento del copiloto. Rusky se puso al volante y abrió la guantera. Cuando se inclinó para coger el objeto que había dentro tuvo que acercarse a Chesca. La chica, asustada, se aplastó contra el sillón.
—Tranquila. Mientras te portes bien no os pasará nada. —Pero mientras decía eso extrajo un cúter metálico del compartimento, sacando varias cuchillas al mismo tiempo.
Chesca gimió.
Rusky se puso el cúter apoyado en el muslo izquierdo, lejos de Francesca. Luego se giró hacia ella y le miró a los ojos enrojecidos y cargados de lágrimas.
—Puede que pienses que eres rápida. Puede que la mierda que te hayas fumado te dé valor y creas que tienes superpoderes. Incluso puede que el instinto maternal te haga ver las cosas de una manera que, definitivamente, no son como crees que son.
Francesca no entendía prácticamente nada de lo que le estaba diciendo.
—Así que te lo diré una sola vez: No. No eres más rápida, no tienes superpoderes y las cosas están tan jodidas para ti como parecen estarlo —Rusky se movió de improviso a una velocidad pasmosa y le colocó el cúter a Chesca en la cara. Una gota roja floreció debajo del párpado derecho—. Si tengo la más mínima sospecha de que intentas jugármela me comeré a tu hijo delante tuya.
Francesca miró los ojos del monstruo y no vio nada. Era como mirar los ojos de un pescado muerto. En ese momento supo que Frankenstein hablaba en serio. Se comería a su hijo delante de ella.
—Ahora que sabes cómo están las cosas, dime: ¿Dónde está la droga?
Chesca miraba con ojos desorbitados la espantosa cara llena de cicatrices de Frankenstein, dejando rodar la vista hacia abajo para mirar el cuerpo de Quino. El bebé no paraba de agitarse, dejando escapar unos terribles sollozos que sonaban apagados por la cinta que le comprimía la boca.
La voz de Francesca salió a duras penas de la magullada garganta.
—En el Baluarte… En la zona vieja… Donde las naves.
Rusky asintió con la cabeza.
«El Baluarte. Tiene sentido».
Eso estaba en la zona industrial, lejos del núcleo urbano. Era un polígono lleno de naves industriales donde podías conseguir putas y coca al anochecer.
Rusky le quitó la cuchilla de la cara y la volvió a colocar entre sus muslos, confiado en que la drogata sabría comportarse durante el trayecto.
Arrancó el coche y puso algo de música clásica, aunque Rusky no era capaz de sentir nada al escucharla. Para él, la música tenía el mismo valor y sentido que las ventosidades que se tiraba por las noches.
Durante el trayecto se cruzó con un imbécil con el que estuvieron a punto de chocar porque no puso los intermitentes. Rusky le dio un bocinazo y el otro le enseñó el dedo mientras le decía: «que te den por el culo, chupapollas». A Rusky le hubiera gustado cortárselo y abrirle el agujero de la uretra con una cuchilla para meterle el dedo dentro de la polla.
Es algo que hizo en un par de ocasiones, en Chechenia.

27.

Copérnico.

El minino alzó las orejas y giró la cabeza hacia el lugar de donde provenía la voz. El tono, más agudo, era nuevo, pero el sonido era el mismo de siempre, familiar y reconocible. Sí, allí estaba otra vez. Las ondas llegaron flotando hasta sus orejas y las reconoció como «Nico».
Sonaba distinto, más agudo y un poco estridente, pero no era desagradable. El gato le dio un último zarpazo a la cucaracha con la que había estado jugando y acudió dando saltos hasta el origen de la voz. Atravesó balcones llenos de macetas, recorrió patios cargados con ropa tendida al sol y subió escaleras hasta llegar a la azotea del edificio. Allí, bajo la sombra de las antenas de televisión había una figura humana. De ella provenían las voces.
Copérnico se acercó despacio, con esos andares felinos silenciosos y desconfiados de los gatos callejeros, maullando y moviendo el trocito de rabo que le quedaba, apenas un muñón.
La figura humana se giró hacia él y se inclinó con los brazos extendidos. Copérnico reconoció el gesto: «Ven aquí y sube a mi regazo». Pero el gato era desconfiado, así que se acercó hasta una distancia prudencial. Luego olió a la figura humana y reconoció algunos olores. Detectó el aroma inconfundible del amo grande y también el de las golosinas que él le daba de vez en cuando. Se acercó un poco más y detectó en una de las manos de la extraña la rica comida. Avanzó hasta que sus bigotes rozaron los dedos de Sofía. De pronto abrió la boca y le quitó de la mano un par de galletitas con sus afilados dientes.
La humana le acarició el lomo mientras le daba más golosinas. Nico las comió todas y luego dejó que le cogieran en brazos.
La chica le abrazó y frotó sus mejillas contra el peludo cuerpo de Nico, sedoso y blandito. Nico, que había reconocido a esa humana como una fuente de alimento y caricias, restregó su cuerpo contra ella, no como muestra de afecto, si no para dejar que las feromonas de su piel impregnasen a la humana y así marcarla, dejando que el resto de la comunidad gatuna supiera que esa humana era suya.
Sofía regresó al apartamento de Carlos con el gato entre sus brazos, contenta por haberlo encontrado y por haber hecho un nuevo amigo.

Continuará...