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viernes, 17 de julio de 2020

Sofía crece (3) parte V

20.

Bertín.


Bertín conducía de regreso a casa antes de tiempo. El tráfico a esa hora era insufrible y hacía muchísimo calor, pero el aire del BMW le refrescaba el pecho lampiño y musculado, metiéndose a través de los botones desabrochados de la camisa de seda.
Esa mañana no había ido al trabajo, en su lugar había estado reunido con un abogado. Era un tipo obeso, con unos cercos de sudor enormes en las axilas y unas gafas ridículamente pequeñas que desentonaban con el rostro de bulldog lleno de papadas. La reunión había ido muy bien y el abogado le aseguró que el divorcio iba a ser muy rápido y beneficioso para él.
—Bertín, Bertín, Bertín —el gordo tenía la costumbre de empezar las frases repitiendo las palabras—, le aseguro que pocas veces he tenido la suerte de encontrarme con un caso tan fácil como el suyo.
—Me alegra oír eso. —El marido de Noelia estaba sentado en un cómodo sillón de piel, con una pierna cruzada mientras jugaba con una sortija, girándola como si la quisiera desenroscar del dedo.
—Sí, sí, créeme. No podremos usar las conversaciones… —hizo el gesto de comillas con los dedos—, «picantes», ni los correos que consiguió el detective, aunque podríamos contactar con alguna de sus amantes virtuales y quizás convencerla para que haga alguna declaración. De todas formas las transcripciones servirán para presionar a tu mujer y que reconozca su… homosexualidad, una faceta de la que ella jamás te había hablado, ¿no es así?
Bertín asintió con la cabeza.
—Bien, bien —continuó el abogado—, ocultar su orientación sexual no es precisamente una muestra de confianza y de respeto hacía su marido. Tengo un amigo psicólogo que nos puede ayudar con eso, ya sabes: ella está confusa, no sabe lo que realmente quiere, prefiere estar con mujeres y abandona sus deberes maritales, etc, etc, etc… —El abogado movió las manos por encima de su cabeza.
—¿Y si ella sólo se casó conmigo para tener un niño en un hogar acomodado con la intención de abandonarme más tarde, llevándose a mi hijo para irse a vivir con alguna novia?
El abogado, sin dejar de sonreír, observó atentamente a Bertín varios segundos.
—Eso… eso es un poco traído por los pelos; un poco… novelesco, Bertín. Además, son conjeturas con muy poco fundamento. —El rostro del abogado se animó—. Debemos centrarnos en cosas más sólidas, como lo de su amante.
—Carlos.
—Sí, sí, exacto, exacto… —consultó sus papeles—, Carlos, el amante. El amante es importante. Muy importante de hecho. En este caso sí que podremos usar las pruebas que recogió el detective. Con esto y con algo de presión por el tema de los mensajes eróticos ya tendríamos prácticamente ganado el caso.
—Quiero echarla de mi casa, José. No sólo quiero ganar el caso —Bertín se apoyó en la mesa del abogado—. Quiero verla en la calle y sin un sólo céntimo. Me mintió. Me ha mentido toda la vida.
—Lo sé, lo sé, lo dejaste muy claro: una contingencia agresiva, sin concesiones. —José y sus tres papadas buscaron algo en la pantalla del ordenador—. Veamos… Sí, aquí: las pruebas clínicas de fertilidad. Con el tema de su esterilidad las probabilidades a tu favor aumentan notablemente… aunque tendremos que trabajar un poco ese tema.
—Ya te lo dije y se lo puedo repetir a quien sea necesario. Tener un hijo con mis genes era algo de vital importancia. Noelia lo supo desde el primer día que nos conocimos.
—Bueno, bueno, bueno, pero ella no tiene la culpa de que no pueda tener hijos, un juez podría…
—¿Y si ella me mintió a propósito? —le interrumpió con vehemencia—. ¿Y si ella sabía desde el primer momento que era estéril y me lo ocultó?
José, el abogado, le volvió a mirar extrañado, siempre sonriendo.
—¿Por qué iba a hacer eso?
Bertín, al que se le estaba pasando el efecto de la cocaína, decidió que ya estaba harto de estar ahí metido. El gordo le asqueaba. Bertín no sabía que le daba más asco, si los gordos o los maricas, y estaba cada vez más convencido de que José, el abogado de la triple papada, era ambas cosas. Sólo había que ver cómo lo miraba detrás de esas ridículas gafas, sonriendo todo el rato con esa dentadura llena de dientes falsos, asomando la lengua roja y soltando gotitas de saliva cada vez que hablaba.
«Parece que al gordito se le cae la baba con solo mirarte, ¿eh?».
Pero el abogado era competente y Nuria, la amante de Bertín, se lo recomendó con mucha insistencia, ya que fue este abogado el que se encargó de su divorcio. «¿Has visto alguna vez esas viñetas en las que una vaca se cae a un río lleno de pirañas?» —le dijo Nuria—, «pues el esqueleto de la vaca era mi marido cuando José acabó con él».
—De acuerdo —Bertín se levantó—, vamos con ello. Solo di qué tengo que hacer y dónde tengo que firmar.
Arreglaron el papeleo, se despidieron y antes de salir del edificio preguntó por el baño para volver a meterse un par de «tiros». Se miró al espejo y contempló el mismo rostro de siempre. Prácticamente no había cambiado desde los veinticinco años. Un tipo afortunado. Noelia, en cambio, sí que había cambiado, era más gordita y el trabajo a la intemperie le había cincelado algunas arrugas alrededor de los ojos y la boca.
«Por lo menos las tetas las sigue teniendo igual de tiesas y gordas».
El tamaño de sus pechos fue lo primero que le atrajo de ella. Se la folló cuando tenía veinte y pocos años y ella aseguró que era su primera vez. Se casaron poco después y Bertín accedió a su petición de no tener hijos hasta terminar sus estudios de psicología.
Esa fue la primera cuña en su matrimonio. Lo único que él quería era un hijo de su propia sangre y a las primeras de cambio ya le estaba poniendo pegas. Joder. Puta tortillera. ¿Cómo podía haber estado tan ciego?. 
La estridencia de un cláxon le arrancó del hilo de sus pensamientos cuando cambió de carril sin poner los intermitentes. Bertín le mostró al otro conductor el dedo medio.
«Que te den por el culo, chupapollas», vocalizó en silencio, procurando que el otro tipo le leyera perfectamente los labios.
A Bertín no le gustaba la faceta lésbica de su mujer. Pensaba que la homosexualidad, ya sea en hombres o mujeres, era algo innatural, algún tipo de desviación patológica incurable. Bertín se hacía pajas viendo tías follando entre ellas y lo consideraba normal, pero una cosa es fantasear y otra tener que vivir con una mujer que no respeta el orden natural de las cosas. Pero lo del tal Carlos no lo entendía. A lo mejor estaba enamorada. Bertín soltó una carcajada llena de cinismo.
«Otro tonto al que ha engañado. Déjalo, ya se llevará una sorpresa».
Cuando llegó a su destino introdujo el BMW en su plaza de garaje y aprovechó para meterse otras dos rayas antes de subir a casa.

21.

Noelia y Bertín.

Los párpados se negaban a abrirse. Noelia gesticuló, moviendo los músculos de la cara, frunciendo el ceño y apretando los dientes hasta que consiguió abrir los ojos. Seguía estando en su dormitorio, encima de la cama. Le dolía el cuello y se lo frotó de forma distraída. Intentó levantarse pero le fallaron las piernas y volvió a caer sobre las sábanas. Poco a poco se le iban activando zonas del cerebro y tomó conciencia de que estaba sola en el cuarto.
«Quino no está».
Las almohadas y los cojines estaban allí, pero ni rastro del bebé. Se levantó, esta vez sin problemas, y miró alrededor. Tampoco estaban las cosas del niño.
—¿Francesca? —Intentó alzar la voz, pero le dolía la garganta.
Salió del dormitorio llamando a su sobrina desde el pasillo, pero nadie le respondió.
Entonces recordó las manos.
«Dios mío».
La mano grande que le tapó la boca y los dedos fuertes que le apretaron el cuello.
—¿¡QUINO, CHESCA!?
Fue a la cocina, dando voces y llamando a su sobrina; el horno y las verduras aún estaban calientes. Miró el reloj que había en la pared y calculó que había estado unos 20 minutos sin sentido. Volvió al pasillo gritando el nombre de Francesca y vio que la puerta del baño estaba abierta.
Entró a la carrera.
No había nadie. Miró en la bañera, pero estaba vacía, aunque alrededor del desagüe había un cerco de espuma. El suelo también estaba mojado, con pequeños charcos de agua. Una de las toallas grandes estaba tirada en el suelo. Noelia la agarró y comprobó que estaba húmeda, como si alguien la hubiese usado hacía poco tiempo.
El corazón le latía a mil por hora y le temblaban las piernas. Recorrió el resto de habitaciones y no encontró nada. Fue a la entrada principal, abrió la puerta y llamó por el rellano de la escalera a su sobrina. Nadie le contestó. Regresó al interior, buscó su móvil y estuvo casi cinco minutos intentado encontrar el número de la policía, usando el buscador con manos temblorosas, navegando por páginas inútiles. Al final cayó en la cuenta de que lo más rápido era marcar el 112.
Habló sentada en el sofá del salón, tan nerviosa que no supo muy bien explicar qué había pasado, aturullándose y tartamudeando constantemente, pero la chica que le atendió consiguió que se calmara un poco y al final Noelia le dijo que la habían atacado en su propia casa y que necesitaba a la policía. Cuando colgó se apartó las lágrimas de la cara con un gesto nervioso y llamó a Carlos, pero una voz mecánica le dijo que ese número estaba apagado o fuera de cobertura.
Noelia oyó el sonido de la cerradura de la puerta principal y se incorporó aterrada de un salto, apretando el teléfono contra su pecho. Cuando vio que era Bertín el que abría la puerta dejó escapar un gemido y se abalanzó hacía él, llorando y estrechándolo entre sus brazos. Bertín, sorprendido, levantó las manos y dejó que le abrazase. Luego la apartó con cierta brusquedad.
—Hey, hey, tranquila, ¿a qué viene esto?, ¿qué ha sucedido?
Noelia se restregó los ojos con el dorso de la mano y habló deprisa, sin pausa.
—Alguien ha entrado en casa, nos han atacado y se los han llevado. No se dónde están ni quien ha sido porque no he podido ver nada, pero he llamado a la policía, todo fue muy rápido y yo…
Bertín la interrumpió.
—Para. Tranquilízate y habla más despacio porque no me estoy enterando de nada. ¿De qué estás hablando? ¿A quién se han llevado?
—Quino y mi sobrina. De ellos. Ya no están… ellos… ellos… —se apartó el pelo, nerviosa. Cerró los ojos con fuerza e intentó calmarse—; ellos estaban huyendo de alguien y los traje a casa. Íbamos a comer y yo… —Noelia sollozó con fuerza, sorbiendo por la nariz—, yo estaba con Quino cuando alguien me atacó.
—¿Cómo?, ¿quién? —Bertín comenzó a transpirar. No entendía nada y sentía los latidos del corazón golpeando las venas de las sienes. La coca estaba llegando a su punto álgido y esa inútil no hacía nada más que cacarear cosas sin sentido.
—No sé quién me atacó. No lo vi. Me… me hizo algo y perdí el sentido. Cuando desperté ya no estaban —Noelia apretó los brazos de Bertín y le miró con ojos vidriosos—. ¡Sólo tiene dos años!
—¿Has llamado a la policía?
—Sí. Llegaran de un momento a otro.
Bertín la apartó a un lado y se dirigió al salón. Dejó sus cosas y se frotó las sienes. Le estaba empezando a doler la cabeza.
—Dices que trajiste a tu sobrina a casa.
—Sí, ella me llamó asustada y me pidió ayuda.
—Tu sobrina te pidió ayuda —repitió con voz átona—. Ayuda para qué.
—No… no me lo dijo —Noelia suspiró con fuerza y se sentó en el sofá del salón, con las piernas juntas, apretando las rodillas—. Aún no puedo creerlo. Es de locos. Me… me hicieron algo aquí —se frotó el cuello—, y perdí el conocimiento.
—¿Trajiste a una mujer a casa?
Noelia miró a su marido al detectar hostilidad en sus palabras.
—Yo no «traje» a una mujer a casa. Acompañé a la hija de mi hermana y a mi sobrino de dos años a nuestra vivienda porque necesitaban ayuda. ¿Qué te pasa, a qué viene ese tono?
—¿Has dicho la hija de tu hermana? —Bertín recordó algo y señaló a su mujer con un dedo—. ¿Esa no era la drogadicta?
—Tuvo problemas con las drogas hace tiempo, sí.
—Y la has metido en mi casa.
Noelia miró a su esposo y no le gustó lo que vio.
«Ha adoptado una posición agresiva de total animadversión y está buscando un enfrentamiento directo, ¿qué coño le pasa?».
—Bertín, no deseo discutir contigo. Estoy alterada y creo que deberíamos esperar a que llegue…
—¡¿ALTERADA!? —bramó con furia—, ¿¡TÚ!?
A Noelia, a quien jamás le había gritado Bertín, le pilló totalmente desprevenida esa explosión de rabia.
—¡¿Noelia alterada?! ¿Cómo es posible? ¿No puedes dominar tus nervios? —Bertín se acercó a ella y la señaló con un dedo tembloroso—. ¿Por qué no usas uno de esos trucos psicológicos de la universidad, eh? Eres una experta, ¿no?, una come cocos frustrada como tú debe de tener un montón de trucos guardados. Seguro que durante todos estos años has debido de usarlos conmigo sin que yo me enterase.
Noelia lo intentó por todos los medios, pero al final no pudo evitar que de sus ojos cargados cayesen las lágrimas.
—No sé a qué viene esto, Bertín. Pero no voy a seguir hablando contigo.
—¡Perfecto! —Bertín alzó los brazos—. Yo tampoco quiero oírte hablar, pero seguro que a ti sí que te interesa lo que voy a decirte.
—Bertín, no voy a escucharte.
Noelia se levantó del sofá, pero su marido la tomó por los hombros y la obligó a sentarse de nuevo. Noelia se deshizo de él y le apuntó con un dedo.
—No te atrevas a volver a tocarme Bertín.
—Tranquila Noelia. No volvería a tocarte ni con un palo de tres metros. No quiero que me contagies cualquier enfermedad que hayas contraído follando con Carlos o con una de esas putas de Tinder.
Noelia sintió que se le iba la sangre de la cara.
Bertín disfrutó del momento. Dejó que su mujer asimilara lo que acababa de oír mientras él se dirigía al mueble bar para servirse un Macallan con un solo cubito de hielo.
Sin mirar a su marido Noelia le hizo la pregunta en voz baja.
—¿Desde cuando lo sabes?
Bertín miró a su mujer a través del vaso. En realidad no quería beber, no quería que el alcohol interfiriese con la coca pero necesitaba tener algo entre las manos. Algo helado, a ser posible.
—¿Saber el qué, lo de Carlos o lo de las putas? —Bertín agitó la bebida delante de él—. Da igual. Lo de tu… desviación lo sospechaba desde hace mucho. Las miradas, las sonrisas, las bromitas, los toqueteos con tus amigas… Reconozco que no llegué a estar seguro del todo por esa puñetera manía que tenéis las mujeres de daros besos, abrazos y caminar agarradas de la mano como si tal cosa, con el rollo ese de la amistad femenina —sin poder evitarlo Bertín le dio un sorbo a la bebida antes de continuar—, eso sin contar con la costumbre de ir siempre juntas al baño. ¿Qué coño hacéis ahí? ¿Comparáis el tamaño del conejo, os ayudáis a cambiar el tampón o qué?
Noelia negaba con la cabeza sin atreverse aún a mirarle a la cara.
—Bertín, no quiero seguir hablando contigo. Ahora no. Por favor.
Su marido le ignoró.
—Te vi con él, con el inquilino de la casa de tus padres. Os vi en el centro comercial. No es que me importase mucho porque ya sabes que desde hace un año lo nuestro se va a la mierda, pero me sentí herido en mi orgullo masculino. Así que contraté a un detective para que recopilase pruebas. Lo gracioso fue que este investigador descubrió otras facetas tuyas más interesantes, como esa afición tuya a la bollería.
—Por favor, Bertín. Ahora no. Esto ahora no. Ese niño…
—¡Me importa una mierda! —Bertín hizo el amago de tirarle el vaso a su mujer, pero se contuvo. Ella no se dio cuenta del gesto—. ¡Podrías habérmelo dicho! «Tengo un amante, Bertín, tengo un amante y me gustan las mujeres. No quiero seguir follando contigo». ¡Así de fácil! Pero no, oh, no. Tú tenías que ocultarlo, tenías que mentir y engañar a tu marido. ¿Eso te hace superior, eh, Noelia? ¿Engañar a la figura masculina te empodera? «oh, mirad, le pongo los cuernos a mi marido. Él es un cornudo… ¡y yo soy una puta!».
Noelia miró a Bertín a los ojos. Iba a responder a sus ataques pero entonces se fijó en las pupilas dilatadas, los ojos inyectados en sangre, el temblor de la barbilla y el rechinar de dientes; el sudor corría por sus sienes y tenía el cuello al rojo vivo.
«Está colocado. Por amor de Dios, está hasta arriba».
Noelia se levantó y sin dejar de mirarle negó con la cabeza.
—Bertín, basta. Voy a mi cuarto a esperar a que venga la policía. Se acabó.
Bertín se dirigió hacía ella apretando el vaso con fuerza suficiente como para hacerlo estallar entre sus dedos. Noelia se había girado y le estaba dando la espalda. Bertín la alcanzó en el pasillo y alzó el brazo con intención de agarrarla del cabello para arrastrarla de vuelta al salón tirándole de los pelos, pero en el último segundo entró en razón.
«¡¿Qué cojones haces, imbécil!? ¿Quieres echarlo todo a perder, gilipollas? ¡Cálmate, idiota!, además, ¿a qué a venido decirle todo eso? José te advirtió que no dijeras nada todavía, que había que evitar que ella moviera ficha con antelación. ¡Eres subnormal!».
El timbre del interfono sonó en ese momento y Noelia se giró, sorprendiendo a Bertín detrás de ella.
—Es la policía, Bertín. ¿Me dejas que vaya a abrir, por favor?
Bertín la miró durante largo rato, respirando con fuerza por la nariz. Al cabo de varios segundos se apartó y dejó que pasase a su lado. Bertín cerró los ojos y terminó lo que quedaba del vaso de un trago.
Noelia habló a través del interfono, pulsó un botón y dejó la puerta abierta antes de volver al salón a esperar a la policía. Bertín entró a la estancia, dejó el vaso encima del mueble bar, cogió sus cosas y se encaminó hacía la salida.
—No me esperes para la cena —dijo.
—Bertín, ellos también querrán hablar contigo.
Bertín la ignoró y salió dejando la puerta abierta.

22.

Rusky.

«Quince o veinte minutos» —pensó mientras dejaba inconsciente a Noelia—, «ese es todo el tiempo del que dispongo antes de que despierte. Suficiente».
Miró a Quino, que aún seguía durmiendo, y dudó durante varios segundos, pero al final decidió encargarse primero de la madre. Se encaminó hacía la puerta del baño y tanteó el pomo, comprobando que no estaba echado el pestillo. Entro muy despacio.
La drogadicta estaba en la bañera, con los ojos cerrados y el agua prácticamente cubriendo todo su cuerpo. Los dos pezones, gordos y rojos, asomaban por la superficie rodeados de espuma. Sin esperar a comprobar si dormía o no, Rusky pasó dentro y agarró a Francesca de las orejas, retorciéndolas, despertándola de golpe y obligándola a salir de la bañera. Sin darle tiempo a reaccionar Rusky le golpeó debajo de las tetas, justo en la costilla fisurada. Había visto el hematoma y sabía que ese era un punto débil.
La pequeña fisura que tenía en la costilla se abrió y se astilló; los bordes mellados del hueso se clavaron en el pulmón. El dolor llegó como un relámpago y Chesca se dobló por la cintura, tosiendo y escupiendo. Mientras estaba doblada Rusky le agarró del cuello y le puso una toalla en la cara, ahogándola.
Francesca se asfixiaba. El pulmón se le estaba llenando de líquidos y sangre, no mucho, pero sí lo suficiente como para hacer reaccionar involuntariamente a su diafragma, provocándole arcadas y toses. El agua se mezcló con las lágrimas que le caían desde unos ojos aterrorizados e inyectados en sangre.
Rusky le estrujó la toalla en la cara, comprimiendo la nariz y la boca con saña. El piercing le rasgó el labio.
—¿Tienes la droga aquí?
Cheska no oyó a Rusky. Su cerebro era un globo rojo con todas las alarmas encendidas, recibiendo señales de dolor desde todos los puntos de su castigado cuerpo.
Rusky le quitó la toalla de la cara y le apretó el cuello, estrujándole la tráquea.
—¿Tienes la droga aquí? —repitió.
Esta vez Chesca le escuchó, pero no pudo entender lo que le estaba preguntando. Quería decírselo, pero le era imposible pronunciar una sola palabra, así que negó moviendo la cabeza con pequeños gestos.
Rusky volvió a ponerle la toalla en la cara y la golpeó de nuevo en la costilla rota. El alarido de Francesca se perdió en la gruesa tela.
—¿Tienes la droga aquí? —preguntó por tercera vez mientras le apartaba la toalla de la cara. La voz de Rusky no dejaba ver ninguna emoción.
Francesca, gimoteando y arrasada por lágrimas de puro pánico, señaló con un dedo tembloroso sus ropas, que estaban en el suelo, metidas en una bolsa de plástico. Rusky la arrastró hasta allí y removió las prendas con el pie, descubriendo un teléfono móvil y un par de papelinas de plata.
Rusky le golpeó en la cara con la mano abierta, procurando darle en una de las orejas, que ya estaban doloridas de los tirones. El golpe fue tan violento que Francesca resbaló y cayó al suelo, golpeándose el codo herido.
—El paquete. ¿Dónde está?
A Chesca le hubiera gustado hablar, pero el pánico le tenía bloqueado el cerebro. El dolor del pecho era espantoso y no podía pensar en nada. Quería gritar pero no lograba llenar los pulmones de aire. El cuello le dolía muchísimo y cada vez que gemía o sollozaba sentía que algo se le rasgaba por dentro.
—¿Lo tienes aquí?
Rusky se acercó a ella y observó el cuerpo de ese trozo de carne lloroso tirado en el suelo. Cuando la sacó de la bañera le había visto el piercing en el coño y pensó en arrancárselo de un tirón, pero no quería dejar rastros de sangre.
«Control».
La drogadicta, aterrorizada, se arrastró por el suelo hasta un rincón, mirando al monstruo de Frankenstein que tenía delante con ojos enloquecidos, tosiendo con dificultad y gimiendo como un perrillo. Rusky se agachó y su cara llena de cicatrices flotó hasta quedar a pocos centímetros del magullado rostro de Francesca.
—Tu hijo está en el cuarto de al lado. —La drogata giró la cabeza hacía la puerta del baño y de su garganta salió un patético «nooooo», sollozando entre mocos y babas de color rosa. Rusky sonrió. La sangre debía de estar entrando en el pulmón.
—Responde moviendo la cabeza. El paquete con la droga que robaste, ¿está aquí?
Chesca, que aún estaba bajo los efectos de la heroína, tardó un par de segundos en entender lo que le estaba preguntando, pero al cabo movió la cabeza, negando. El aliento de Rusky le golpeó en la cara cuando el monstruo de Frankenstein habló de nuevo.
—Está escondido —dijo Rusky. No era una pregunta, pero Chesca asintió con la cara llena de lágrimas y mocos.
El monstruo miró el reloj de oro y se incorporó. Fue hasta el montón de ropas de Cheska y tomó las papelinas y el teléfono móvil de la chica.
—Tienes dos minutos para vestirte. No tardes o mataré a tu hijo.
Rusky le dio la espalda a ese despojo humano y regresó al dormitorio de Noelia. Comprobó que ésta seguía inconsciente y luego se sacó del bolsillo un rollo de cinta americana.
«Niños. Débiles, ruidosos y poco prácticos. No obedecen nunca y sólo saben llorar y gritar».
En otras circunstancias Rusky hubiera matado al niño de una forma rápida y eficaz, pero no confiaba en la drogadicta. Mientras el bebé estuviera vivo podría usarlo como aliciente para que la chica colaborase. Rusky, que carecía de empatía, no comprendía por qué la gente era capaz de arriesgar su propia vida por sus hijos o familiares. Para él, el concepto de amor incondicional era algo ilógico e innatural. Aún así, él lo usaba como herramienta.
«Control».
Rusky se agachó sobre Quino.


23.

Chesca.

«Dos minutos dos minutos dos minutos…».
Su cerebro recibía señales de dolor desde cada rincón de su maltratado cuerpo, pero en lo único que podía pensar era en esas dos palabras.
«Dos minutos mi Quino mi pobrecito Quino mi Bebito».
Gimiendo y sollozando sin cesar se arrastró hasta el montón de ropa. Las palizas habían vuelto. Con Gorka adquirió los hábitos de sumisión para evitarlas, obedeciendo sin rechistar para que los dientes y los huesos siguieran en su sitio, pero esto era mil veces peor. Frankenstein era un monstruo. No era humano. En los ojos del monstruo no había atisbo de humanidad y ella sabía que no mentía cuando hablaba de matar a su hijo.
Prescindiendo de la ropa interior se puso los pantalones apretando unos dientes teñidos de rojo, resistiendo el terrible dolor que le abrasaba las entrañas al inclinarse. Los mocasines elásticos no tenían cordones, pero aún así no pudo colocárselos hasta el tercer intento. Las manos le temblaban de una manera horrible, como las de una vieja octogenaria atacada por el Parkinson. Se pasó la camiseta por encima de la cabeza y metió el resto de cosas en la bolsa de plástico.
«Dos minutos dos minutos mi pobre Joaquin…».
Un breve destello de lucidez le atravesó la mente.
«Tita Noe. El monstruo ha debido matarla —de su inflamada garganta se escapó un gemido ronco—. La ha matado y en cuanto tenga el paquete me matará a mi y a Quino».
Francesca miró en torno suyo desesperada, con la sensación de que el tiempo de gracia había pasado ya. Echó un vistazo rápido a la puerta para asegurarse de que Frankenstein no la veía y tomó una decisión.

Continuará...

©2020 Kain Orange

miércoles, 15 de julio de 2020

Sofía crece (3) parte IV


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Sofía crece 3, parte V

Sofía crece 3

Parte IV



15.

Rusky.

Control.
No hay que perder el control.
A pesar de su voluminoso cuerpo lleno de músculos y tendones, Rusky sabía moverse en silencio. Siempre con ropas ajustadas, pelo rapado al cero y nada de joyas, excepto el Maurice Lacroix de oro que le robó a aquel anciano después de violarlo. Se colocó en un punto estratégico en el pasillo de entrada, oteando el interior de la vivienda para visualizar el entorno, localizando objetos y muebles. Las voces provenían de alguna estancia pequeña. Por la reverberación supo que el sonido venía reflejado gracias a algún tipo de baldosa.
«La cocina o el baño. Probablemente lo último».
La apertura de la puerta principal le permitía pasar sin necesidad de abrirla más, lo cual estuvo bien, pues se evitaba el posible chirrido de las bisagras. Rusky pasó dentro, aflojando la presión de la mano para sostener con más soltura el cutter metálico, sin apretarlo demasiado para evitar la transpiración en sus dedos.
«Control, Rusky. Control».
Una cosa no podía controlar, y era la poderosa erección que le abultaba la bragueta. 
«Salón desordenado. Muchos objetos pesados. Una mascota. Olor a vómitos, sudor, alcohol…».
Rusky se detuvo. En un rincón había un objeto que él había usado muchas veces, sobre todo en su país de origen.
«¿Qué tenemos aquí?».
Era una Beretta 92fs de doble acción metida en una bolsa de plástico transparente. Alrededor de ella había algunos trocitos de pintura blanca y de yeso descascarillados. Levantó la vista y vio la marca en la pared, dónde probablemente impactó el arma.
«Vómitos, alcohol, un arma precintada arrojada contra una pared…».
A Rusky le hubiera gustado investigar un poco más, pero oyó el sonido de agua correr. Una ducha. Se desplazó en silencio hacia el sonido, colocándose lo más cerca posible de la pared sin llegar a tocarla. Las voces eran más definidas y pudo escuchar lo que decían.
«Un hombre adulto y una chica joven. Primero debería ser el hombre; algo rápido: un corte en la yugular y un empujón para que caiga dentro de la bañera y recoja la sangre. Lo ideal sería el corazón, pero estas cuchillas no atravesarían el esternón. Luego la chica, que estará asustada y aturdida. Un par de golpes con el puño en los riñones o las tetas servirán para que pierda fuelle. Unas cuantas preguntas y después con romperle el cuello será suficiente».
Rusky se colocó al lado de la puerta del baño.

16.

Carlos.

Volvió a cerrar los ojos una vez más, esperando que la visión de la chica solo fuera eso, una mala pasada de su mente alterada por los restos del escitalopram y el alcohol. Abrió los ojos y el fantasma seguía allí. Era la chica solitaria del parque, la amiga de Noelia, la que los pilló en la caseta.
—¿Sofía?
«Noelia me advirtió que esto podría pasar. No sé si estas visiones son un efecto secundario de los opiáceos o estoy sufriendo delirium tremmens, pero necesito ayuda urgente».
—¿Eres…? —Carlos no encontró otras palabras—: ¿Eres real?
La chica que había delante de ella no dijo nada, tan solo siguió mirándolo con ojos vidriosos, con la cara encendida con un fuerte rubor. La barbilla le temblaba ostensiblemente, como si estuviera a punto de echarse a llorar. A Carlos le dolía la cabeza, la garganta y el diafragma. Se echó un vistazo y descubrió azorado que estaba desnudo y con una erección.
Miró alrededor y agarró una toalla, cubriéndose las partes pudendas. Luego se levantó con dificultad, apoyándose en el váter. Después se sentó encima, con la tapa bajada. Cerró los ojos y se masajeó las sienes.
«Son alucinaciones. Noelia me advirtió de esto. ¿Por qué mierda nunca hacemos caso a las mujeres?».
Carlos escuchó un roce de ropas y se volvió hacia el espejismo. La chica fantasma se había levantado, cruzando los brazos por debajo del pecho, en una actitud defensiva.
«¿Cómo pude confundirla con María?, no se parecen. Ésta es mayor».
El espejismo de la chica habló con voz temblorosa.
—Lo siento —dijo con un tono apenas audible.
Carlos observó atentamente a la muchacha. Era bonita; bastante guapa en realidad. Aparentaba una edad muy precoz, pero en la mirada se le adivinaba que era mucho mayor. No iba maquillada y llevaba ropa sencilla.
—¿Sofía?, ¿ese es tu nombre?
Carlos hubiera jurado que era imposible, pero el rubor de la joven aumentó todavía más. Ella asintió varias veces. Carlos sentía la boca seca y los ojos, legañosos, le dolían. Se levantó muy despacio y la muchacha le siguió con la mirada, observando cómo Carlos abría el grifo de la ducha y metía la cabeza debajo del chorro para intentar despejarse un poco. Sin sacar la cabeza del agua siguió interrogando a la chica.
—Eres la amiga de Noelia —no era una pregunta—. La del libro. 
Carlos recordó el incidente del parque, cuando la pilló espiando y él le vio el pubis, pero no dijo nada sobre eso.
—¿Estás aquí por ella, por Noelia?
—Sí. Lo siento —Sofía tomó aire—. Siento haberme colado en la casa. Nadie respondía al telefonillo —mintió— y encontré la puerta abierta.
—Tranquila, está bien —El agua fría le hacía daño en el cuero cabelludo y sintió que la erección remitía. Sofía continuó hablando.
—Yo creía… —Sofía dudó un momento. Sabía que Noelia estaba casada con un hombre llamado Bertín—. Yo creía que ella vivía con su marido.  
Carlos cerró el grifo y la miró. Sofía pensó que estaba muy atractivo con el agua cayendo sobre su cuerpo, con el pelo húmedo y brillante.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Carlos.
—Bueno… —Sofía volvió a dudar, buscando las palabras adecuadas—. Esta es su casa, ¿no? La casa de Noelia.
—Sí. Es la casa que heredó cuando murieron sus padres. La tiene en alquiler desde hace un tiempo. Yo soy su inquilino. Ella vive en el otro extremo de la ciudad, con su marido.
—Oh —Sofía asimiló la información—. No actualizó la información de Facebook al cambiar de residencia —Lo dijo para sí misma, pero Carlos la oyó.
—¿Facebook? —preguntó extrañado.
En ese momento oyeron un ruido en el salón, un roce y un golpe sordo. Sofía giró la cabeza hacía allá y Carlos salió del baño con paso inseguro, con una mano en la sien.
Observó el desorden y sintió un poco de vergüenza.
«Vaya pocilga. ¿Qué pensará esta chica de mi?».
Miró alrededor, pero no vio nada extraño y pensó que el ruido lo habría hecho Copérnico.
«¿Dónde te has metido, pequeño bribón?».
En ese momento su mirada se posó sobre un objeto que había en una esquina. El corazón se le paró durante un par de segundos.
«No».
Se acercó a la pistola envuelta en el plástico mientras oía a su espalda los pasos tímidos de la chica saliendo del baño.
«No. No, no, no».
Se agachó y cogió la pistola con unos brazos que parecían tener dos kilómetros de largo.
«¡No! ¿En serio? ¿Otra vez? ¡¿Otra vez?! Estúpido, estúpido, ¡estúpido!».
Era la bebida. La bebida, las pastillas, la depresión, la angustia, las pesadillas y la culpa. Siempre la culpa.
Con la bebida perdía el control y la culpa le hacía hacer cosas que, bueno, que no eran muy inteligentes. Al menos esta vez no intentó cortarse las venas. Con el escitalopram no podías intoxicarte aunque lo combinases con alcohol y sabía que la pistola no funcionaba, pero cuando entraba en crisis solía olvidar las cosas. Era la segunda vez que intentaba usarla contra si mismo.
La pistola era un obsequio de Caraculo. En realidad el obsequio no era la pistola en sí, si no la historia que había detrás del arma. El manuscrito donde se relataba todo lo relacionado con esa pistola aún estaba sin acabar, guardado en el fondo del cajón, a la espera de que Carlos superara la muerte de su pequeña hija y encontrase el impulso necesario para volver a escribir.
Una mano le tocó tímidamente la espalda.
—¿Estás bien? —preguntó Sofía.
Carlos se frotó los ojos con el dorso de la mano y se giró ocultando el arma detrás de él.
—Sí. Más o menos —Carlos miró alrededor—. Oye, ¿por casualidad no habrás visto un gato tuerto y sin rabo por ahí, verdad?

17.

Rusky.

Había estado a punto de perder el control. Había faltado muy poco. Había estado tan cerca que casi pudo oler las feromonas que desprendían esos dos, especialmente las de la chica.
—La casa de los padres, en alquiler —Rusky escupió por la ventanilla del Mercedes—. Joder, vaya mierda.
Mientras conducía a toda velocidad hacía la vivienda de Bertín se prometió a si mismo no volver a confiar en los desactualizados archivos de la policía local.

18.

Chesca.

Quino dormía plácidamente en el cuarto de invitados. A falta de cuna habían improvisado un pequeño muro alrededor de la cama con cojines y almohadas, aunque Chesca le aseguró a Noelia que ya tenía edad para dormir en una cama. Era una lástima que el niño estuviera un poco asustado y cohibido por tantos cambios; durante la comida y el baño prácticamente no había abierto la boca, y era una pena, ya que estaba en esa edad tan graciosa y entrañable en la que los niños están aprendiendo a vocalizar y no paran de chapurrear todo tipo de sílabas y palabras sin sentido.
«Tengo que largarme de aquí».
Desde la cocina le llegaban los ruidos típicos de alguien cocinando. El niño había comido primero y Noelia estaba preparando algo de pescado y verdura. A Chesca no le gustaba ni lo uno ni lo otro, pero lo aceptó agradecida. Aún faltaban varias horas para que llegase Bertín del trabajo y Francesca decidió tomarse un baño: llevaba tres días sin duchar y la Chica láser olía un poquito mal.
«Debería salir pitando, pero ya mismo» —pensó mientras se rascaba el sarpullido de la cabeza.
Durante varios años había vivido rodeada del ambiente tóxico y pendenciero del tráfico a baja escala. Era un mundo hipócrita en el que todos intentan sobrevivir jugando a dos bandas, desconfiando tanto de los de abajo como de los de arriba; siempre mirando por encima del hombro y buscando dobles sentidos a todos los gestos y palabras de aquellos con los que compartes amistad u oficio. Siempre temiendo una traición, un chivatazo, una zancadilla o un empujón; había que andarse siempre con mil ojos y caminar con pies de plomo. Además, esos rusos tenían muy malas pulgas.
«Chica láser hizo muchas tonterías, pero no es tonta; sabe que tiene que esfumarse, y rápido».
Mientras se desnudaba para tomar el baño una sonrisa tembló en sus labios al pensar en esa palabra, esfumarse. Cuando la oía se imaginaba a una persona fumándose un «chino» con tanta fuerza que estallaba y se convertía en una nube de humo blanco.
«¡Mira mamá, me he esfumado!, ¡plof!».
Chesca hubiera preferido tomarse la dosis con su pequeña pipa, pero no quería alertar a su tía con el humo, así que se había metido por la nariz un poco de caballo cortado con algo de paracetamol que encontró en el botiquín del baño. No quería colocarse demasiado.
Ya estaba sintiendo los primeros efectos. Comprobó la temperatura de la bañera e introdujo su delgadísismo cuerpo lleno de tatuajes dentro del agua. Sus diminutos pechos, poco más que dos montículos coronados por unos pezones gruesos y rojos, se endurecieron al sentir el contacto caliente del agua en la piel. Francesca tenía un hematoma en la parte superior del abdomen y sospechaba que al menos una costilla la tenía fracturada ó, más probablemente, con alguna fisura. Chesca tenía experiencia en eso de tener huesos rotos.
Cuando introdujo los brazos en el agua se encogió involuntariamente al sentir un repentino escozor en el codo. Tenía una fea raspadura producida por la caída en el asfalto. Noelia se la había limpiado con cuidado y durante el proceso Francesca no dejó de admirar las manos hábiles de su tía, algo estropeadas por el trabajo al aire libre y las herramientas de jardinería, pero tenía unos dedos largos y delgados que se movían con mucha diligencia.
Una vez dentro de la bañera dejó que la heroína viajase libremente por su cuerpo, eliminando dolores y problemas durante el camino, tomando perspectiva.
«Tienes que largarte, los Troskys no dejaran que te esfumes así como así, Chica láser».
Pero el agua era un bálsamo que acariciaba su escuálido cuerpo con la calidez y la delicadeza de una amante sumisa.
El piercing vertical que tenía en el prepucio del clítoris le rozaba constantemente, sintiendo un gustito muy apetecible y entrañable. Se hizo el piercing después de parir a Quino, cuando dejó de disfrutar del sexo rápido y violento de Gorka.
«Gorka sí que sabía esfumarse cuando follaba. Pim, pam, pum, ¡plof! Se acabó».
No recordaba cuando fue la última vez que hizo el amor, ni tampoco la última vez que disfrutó del buen sexo. Los polvos exprés que le echaba Gorka no eran ni lo uno ni lo otro. Al menos tenía su pequeña joya en el chirri, que le hacía volar sin necesidad de ninguna picha. Con los ojos entornados miró alrededor suyo con el agua tibia cubriéndole hasta la barbilla. El mobiliario era nuevo y el diseño era austero, sin muchos adornos ni florituras, muy práctico y eficaz. Recordó que Bertín trabajaba en algo de inmobiliarias o de construcción; arquitecto, aparejador o algo parecido. La vivienda era relativamente nueva y se mudaron hará cosa de un par de años, dejando la casa de Noelia en alquiler.
«A mamá no le gustó la jugada que le hicieron con la casa de los abuelos» —recordó.
Bertín era un poco sibarita y un poco pijo, algo que se podía adivinar en sus pertenencias de aseo: una colección de barbería al lado de unos tarros tipo boticario con bálsamos y aceites; un batín de seda natural; toallas bordadas con los nombres de ambos; grifería minimalista de aspecto caro…
En una esquina había una repisa con las cosas de Noelia. Chesca las miró con curiosidad mientras sus dedos jugueteaban con el piercing que adornaba su raja, dándole pequeños tirones para luego soltarlo de golpe.
Perfumes, cremas, maquillaje. Colgado de una percha había un albornoz rosa y debajo de él, sobre una banqueta, ropa interior femenina. Francesca nunca se había acostado con una mujer, aunque a veces sintió la curiosidad de probarlo. Le parecía que las mujeres, por norma general, eran más limpias y sensuales que los hombres. A ella le atraía la virilidad y la rudeza masculina, pero después del tiempo pasado con ese animal de Gorka, opinaba que ya había tenido suficiente masculinidad para toda la vida.
Su tía era guapa y Francesca intuía que debajo de esas ropas holgadas debía de haber un cuerpo muy bonito y bien proporcionado. Su mente se elevó por encima de ella y comenzó a tomar perspectiva mientras pensaba en los largos dedos de su tía, hundiendo los suyos propios en un lugar cálido y viscoso.
«Debería largarme de aquí».

19.

Noelia.

Su sobrina aún no le había dicho de qué estaba huyendo. Desde que entraron al apartamento prácticamente no habían tenido tiempo para hablar. En cuanto pusieron un pie en el umbral de la puerta llegó uno de sus vecinos ofreciendo su ayuda como testigo. Parece ser que había visto el accidente desde el balcón de su casa. Noelia le agradeció el gesto, pero lo despachó con amabilidad.
Después ella examinó a sus dos huéspedes y limpió una fea herida a Chesca. Luego se dio una ducha rápida y estuvieron ocupadas cambiando y dando de comer al pequeño. Con tanto ajetreo no tuvo tiempo de llamar a Carlos y cuando quiso hacerlo descubrió que estaba sin batería. Mientras se cargaba el móvil ayudó a Francesca a acomodar a Quino para que pudiera dormir la siesta. Noelia tuvo que reconocer que estaba encantada con la presencia del niño. Anteriormente solo lo había visto una vez, hacía casi un año y medio, y entonces era una bolita de carne envuelta en trapos.
Noelia no podía creer que esa criatura hermosa y llena de vitalidad fuera el hijo de su sobrina, una drogadicta llena de tatuajes y piercings que había estado varias veces a punto de ir a la cárcel por asuntos de drogas y hurtos; una tía sin estudios y que no había trabajado en su vida, que se largó del hogar materno después de robar a su propia madre y que se fue a vivir con el primer sinvergüenza que la dejó preñada.
«¿Qué es ese tono que estoy detectando, Noelia? ¿Puede ser envidia?».
Noelia dejó de cortar las zanahorias en juliana y reflexionó un par de segundos.
«Sí, ¿para qué negarlo? Estoy celosa de mi sobrina».
Sabía que no era justo y que era un sentimiento infantil; su sobrina había tenido la suerte de ser madre y ella no. Resaltar los defectos de Francesca era un ejercicio estéril producto de los celos. La chica era una bala perdida y había cometido muchos errores, muchísimos, pero eso no la hacía mala madre. Sólo había que ver la manera en la que cuidaba del pequeño. Incluso dejó de consumir cuando descubrió que estaba embarazada.
«No es normal que tengas esa hostilidad hacía los demás, Noelia. Venga, ¿Qué te pasa?».
Echó las zanahorias junto con el resto de verduras a una cazuela y observó cómo las burbujas del agua hirviendo afloraban a la superficie.
«Estoy inquieta».
Era evidente que Chesca estaba metida en un problema muy gordo al presentarse así de improviso y no querer recibir tratamiento médico. Su sobrina no le había dicho nada aún, pero Noelia estaba convencida de que Francesca había decidido abandonar a Gorka y éste la estaba buscando. En alguna conversación telefónica su hermana le dejó entrever que ese desgraciado tenía la mano demasiado larga.
Noelia dejó de rallar el huevo duro encima de la ensalada y pensó en la cantidad de veces que había firmado y compartido en redes sociales peticiones para acabar con la violencia de género, sin tener en cuenta que en su propia familia había alguien que, probablemente, la habría estado sufriendo.
—«Eso tampoco es justo, y lo sabes. Prácticamente no tienes contacto con tu hermana ni con tu sobrina, sobre todo después del conflicto por el alquiler de la casa de tus padres. Ellas hacen su vida y tú la tuya».
—«¿Y ya está, así de fácil? ¿Para eso está la familia?, ¿para separarnos y dejar que cada uno cuide de sus propios asuntos?».
        Dejó la ensalada en la mesa y comprobó la cocción de la verdura con un tenedor.
—«Hay familias y familias».
        Noelia frunció el ceño.
—«¿Qué significa eso?».
—«Simplemente que hay familias más unidas que otras. Los grupos familiares no dejan de ser un conjunto de individuos, lo que conlleva una heterogeneidad que favorece la diversificación de pautas y conductas que no tienen porqué ser compartidas por el resto de grupos similares».
Noelia apartó el cazo y puso la verdura hervida en un colador.
—«Entonces, ¿dejamos que algún traficante pendenciero se aproveche de una menor y la deje embarazada para luego hacerle sabe Dios qué cosas así, sin más, sólo porque nuestra familia “no está unida”?».
—«Noelia, ¿sabes lo que estas haciendo ahora mismo?».
—«Sí, intento preparar la comida mientras mantengo un dialogo interior inútil y poco productivo».
—«No, estás haciendo malabarismos para encontrar la forma de responsabilizarte de las desgracias de tu sobrina para luego decirte a ti misma lo mala persona que eres y auto compadecerte: “Hey, mirad, durante todos estos años he ignorado las desgracias y los maltratos de la hija de mi hermana, qué mala soy, no merezco tener familia. Menos mal que no puedo tener hijos”».
Noelia apagó el horno y dejó que el calor residual terminara de cocinar el pescado. Mientras la verdura seguía escurriendo el agua en el colador fue a su dormitorio para comprobar cómo estaba el pequeño Joaquín.
El niño dormía boca arriba, con el chupete fuertemente apretado entre sus labios de fresa y con un dedo metido dentro de la oreja; con el otro puño aferraba una pequeña jirafa de peluche por el pescuezo. Los rizos dorados le caían por la frente hasta más allá de las cejas, tapándole los párpados.
«Madre mía, a esta criatura le hace falta un corte de pelo ya mismo».
Se acercó a él, le apartó los rizos de la cara y se inclinó para besarle en la frente, dejando que el perfume del champú infantil le transportara a una época olvidada.
«Es el mismo que usaba mamá con nosotras».
Miró el cuerpecito indefenso de Quino y su corazón dio un vuelco al recordar lo poco que había faltado para que ese coche se lo llevara por delante.
«Ahora estás a salvo. Nada malo te va a pasar mientras estés conmigo, pequeñín».
Rusky la sorprendió por detrás en silencio. Le puso una mano en la boca mientras que con la otra le presionó la arteria carótida interna con crueldad.

El mundo de Noelia desapareció detrás de una cortina negra.

Continuará...

©2020 Kain Orange

lunes, 13 de julio de 2020

Sofía Crece (3) parte III

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Sofía crece 3, parte IV

Sofía crece 3

Parte III

8.

Carlos.

Apretó el gatillo, pero el arma no disparó.
Carlos gimió mientras dos gruesas lágrimas bajaban por su mejilla. Volvió a apretar el gatillo y no sucedió nada. Agitado por unos fuertes temblores mordió la aleación metálica con fuerza, apretando una y otra vez el disparador, pero éste no hacía nada. No se oía ningún mecanismo. 
Con un alarido arrojó la pistola aún envuelta en plástico contra la pared, dejando una profunda depresión en la capa de pintura. Copérnico huyó asustado, saliendo del salón y pegando su flaco cuerpo a la puerta principal del apartamento.
Carlos lo vio y se dirigió hacia él; abrió la puerta y dejó que el minino se largase.
«Búscate la vida en otro sitio, aquí solo hay muerte».
Carlos dejó la puerta abierta y se dirigió al escritorio; abrió el cajón de la bebida y lo encontró vacío.
Fue a la cocina, agarró una botella de vino barato y luego entró dando tumbos al baño. Abrió el botiquín y durante los siguientes diez minutos se dedicó a masticar píldoras de escitalopram mientras las bajaba por el gaznate con largos tragos de vino.

9.

Chesca.

Decir que Francesca estaba asustada era quedarse corto. Estaba aterrada. El «chino» que se había fumado unas horas antes le había dado perspectiva a todo lo que le estaba sucediendo, y perspectiva era lo que ella necesitaba ahora mismo. Necesitaba distanciarse de ese mundo oscuro y feo que le había tocado vivir y subir hasta allá arriba, lejos, para contemplar desde una distancia de seguridad el porvenir de las cosas.
Pero el efecto de la papelina se disolvía y su mente volvía a regresar a la oscuridad y la fealdad. Algo se movió en su pecho y miró hacía abajo. Quino dormía plácidamente entre sus brazos. Sentía el cuerpecito cálido y mullido del pequeño agitarse levemente, con el chupete moviéndose rítmicamente entre sus mofletudas mejillas. Chesca le besó en la frente, dejando que los rizos dorados del pequeño le hicieran cosquillas en la nariz.
«Duerme bebito. Los titos nos ayudarán y tita Noe sabrá qué hacer. Tú duerme tranquilo y cuando despiertes tendrás tu rica papilla calentita. Tita Noe sabrá cómo cuidarte. Ella es muy lista, ¿sabías que fue a la universidad?» —Chesca acarició uno de los rizos, apartándolo de la cara del pequeño—. «No, no puedes saberlo; aún no habías nacido».
Francesca se frotó los labios con nerviosismo. Tenía varios piercings y uno de ellos le había hecho una pequeña herida en el labio inferior. Le escocía y le dolía un poco. También le picaba la cabeza. Se había rapado el pelo para poder cambiar de aspecto y usar un par de pelucas baratas que compró en una tienda china, pero el material sintético le produjo un molesto sarpullido. Ahora llevaba puesta una gorra de algodón. El logotipo ponía «Lazer Chic». A Chesca le hizo mucha gracia porque creía que tenía faltas de ortografía; además, era parecido a su nombre.
        «Debería poner “Chica Láser”. Mira bebito, tu mamá es Chesca, la chica láser».
Se había ocultado tras la mampara de una parada de autobús, a un par de edificios de distancia del apartamento de su tía. Desde el resquicio de los paneles publicitarios podía controlar la llegada de Noelia, observando además cualquier movimiento sospechoso entre el tráfico y el devenir de los peatones.
La acuciante necesidad de perspectiva volvió a invadir su delgado cuerpo, provocándole escalofríos. Sabía que podía eliminar esa necesidad en cualquier momento. Tan solo necesitaría unos minutos en preparar la pipeta y darle un par de chupadas al jaco de los «Troskys». Eso le hizo sonreír.
        «La chica láser os engañó, ¿eh, cabrones? No erais tan listos como creíais».
El paquete de heroína que había sustraído a Gorka pertenecía a los Troskys. Gorka era el hijo de puta que la dejó preñada de su precioso bebito. Durante un tiempo pensó que estaba enamorada de él, pero después de dos largos años conviviendo con ese cabrón se le hincharon las narices y decidió devolverle de golpe todos los gritos y las palizas que él le dio.
En realidad, la gota que colmó el vaso fue ver cómo ese degenerado estuvo a punto de apagar la colilla de un porro en el brazo de bebito.
«Chica láser será una drogata, pero sabe cuidar de su hijo».
Gorka era un distribuidor que pasaba heroína perteneciente a un grupo del este conocido como los Troskys. Hacía una semana que Francesca le había robado a Gorka el paquete que éste recibía cada mes, unos cincuenta mil euros netos en heroína. Según el corte que le dieran a las papelinas ese valor podría hasta cuadriplicarse.
«Seguro que Gorka no debe estar muy contento ahora mismo».
        Sí, la chica láser era muy lista, pero los tíos malos también lo eran. Había conseguido engañarlos y hacerles creer que había sido Gorka el que les había robado, pero a estas alturas ya deberían haber descubierto la verdad y la estarían buscando. Los primeros días pensó en devolver el paquete, pero cuando pensó que tenía una fuente casi ilimitada de «perspectiva» metida en ese envoltorio de celofán, cambió de idea.
Primero pondría a bebito a salvo con su tita Noe y luego desaparecería; colocaría la mercancía y cuando reuniese suficiente dinero se iría a Francia o a algún otro país exótico; después llamaría a Noelia y le pagaría un viaje para que le trajera a Quino.
Francesca intuía de alguna forma que su plan hacía aguas por todas partes, pero la heroína que había estado fumando esos días atrás le hacía ver las cosas desde un punto de vista muy halagüeño.
Hasta ahora.
Llevaba varias horas sin fumar y la paranoia y el miedo le corroían el cerebro. Miraba el teléfono constantemente y se rascaba la cabeza y la boca.
«Mierda de piercing».
Por enésima vez sacó el móvil con cuidado de no despertar a Quino; empezó a buscar el contacto de Noelia para volver a llamarla cuando vio por el rabillo del ojo cierto movimiento en el portal de su edificio.
«¡Mira Quino, es tita Noe!».
Noelia acababa de llegar y estaba estacionando el coche. Chesca agarró la bolsa con las cosas de Quino y salió de la parada de bus, caminando con paso ligero hacía el pequeño vehículo de Noelia, estacionado en la zona verde reservada a los residentes. Quino se despertó gimiendo y golpeó la mejilla de Francesca con su diminuto puño. Francesca, en mitad de la calzada, levantó el brazo libre para llamar la atención de Noelia; ésta la vio y salió a su encuentro tras cerrar el coche, mirando a los lados antes de cruzar la calle.
«Qué guapa es la tita, ¿verdad Quino?. Verás qué bien te va a cuidar».
Noelia alzó el brazo para saludar a Chesca, que se le acercaba cruzando la calle, pero el gesto se congeló a medio camino y abriendo los ojos como platos lanzó una voz de advertencia.
El grito fue engullido por el terrible chirrido de unos neumáticos sobre el asfalto.

10.

Sofía.

El chirrido de los neumáticos del autobús le hizo levantar la cabeza de golpe. Había estado dormitando durante el breve trayecto que iba desde el parque hasta la zona residencial donde vivía Noelia, intentando leer alguno de los cuentos de Jack London, pero eran demasiado deprimentes. Se incorporó con curiosidad para mirar por la ventanilla y descubrir qué había pasado, pero sólo era un coche que se había saltado un ceda el paso.
Se sentó y comprobó que la siguiente parada era la suya; guardó el libro y comenzó a morderse las uñas con nerviosismo. No quería pensar en nada, sólo quería dejarse llevar, moverse por instinto; simplemente llamaría a la puerta y le pediría a Noelia permiso para subir y poder hablar con ella. A partir de ahí, no tenía ningún plan claro, aunque las palpitaciones y la humedad que sentía entre las piernas decían lo contrario.
—«¿Qué estás haciendo, Sofía?» —La voz de su conciencia se parecía a la de un viejo buscador de oro perdido en el Yukón, entre las montañas heladas de Alaska.
—«Cállate, anciano».
—«¿Te vas a presentar así, sin avisar?, —el viejo escupió un gargajo de tabaco y saliva contra una escupidera de latón: ¡plinc!—. ¿Y si te dice que te vayas? ¿Qué harás, pequeña?».
—«Si dice que me vaya pues me voy, no tengo problema con eso».
—«¿Así, sin más? —El anciano volvió a escupir—. Muchacha, con todas las molestias que te has tomado para llegar hasta aquí, no deberías rendirte tan fácilmente».
        Sofía no supo qué responder al viejo busca tesoros y pulsó el timbre del bus solicitando la próxima parada.
—«Perseverancia —dijo el viejo—. Ese es el truco para sobrevivir en estas heladas tierras olvidadas por la mano de Dios. —El anciano se rascó los cojones con unas uñas tan negras como sus encías—. Persevera, muchacha, persevera y así alcanzarás aquello que siempre deseaste».
—«Sí, vale, lo que tú digas».
El autobús se detuvo y Sofía bajó. Buscó los números de los edificios y echó a caminar bajo el sol, mirando alternativamente a uno y otro lado de la calzada, buscando entre los distintos portales. Sentía las orejas ardiendo, el rostro encendido, el corazón desbocado y las palmas de las manos le sudaban con profusión. Notaba el clítoris erecto y el roce de la tela de las bragas, húmedas de sudor y de otra cosa.
«Le pediré el libro» —pensó—, «le diré que no acabé de leerlo, que me gustaba mucho y que siento haberlo estropeado. También siento haberos espiado, Noelia. Estoy avergonzada, pero no pude evitarlo. Por favor, no me odies. No dejes de ser mi amiga, te necesito».
Sofía se detuvo ante el portal y buscó en el telefonillo el número del piso. 
Llamó al pulsador.

11.

Rusky.

Rusky se despertó bruscamente; se había dormido en el coche y acababa de tener una pesadilla: soñó que una araña le había entrado en el oído y ésta había hecho un nido dentro de su cabeza. Cuando quiso gritar ningún sonido salió de su garganta porque tenía la boca llena de cosas gordas y peludas repletas de patas. Se frotó las sienes y los párpados por detrás de las gafas y detectó movimiento en la calle.
Rusky se incorporó en el habitáculo del mercedes y vio a una chica salir de la parada del autobús. Se quitó las gafas para observar con más detenimiento y la siguió con el ceño fruncido. No estaba seguro de que fuera ella. Había algo distinto. ¿El pelo? No estaba seguro. Hacerse viejo era una putada, aunque él se conservaba muy bien la vista le fallaba cada vez más. Rusky era poseedor de una genética envidiable, tenía un cuerpo de toro y unos brazos y unas manos que daban miedo verlas de lo grandes que eran. Su cara llena de cicatrices también daba miedo verla.
Rusky se frotó la oreja izquierda. Le faltaba el lóbulo y tenía una larga cicatriz debajo del oído, recuerdo de una bala perdida allá, en una guerra en su país de origen.
        Las guerras estaban muy bien; para un psicópata y sociópata como él las guerras eran algo fantástico: podías hacer todo lo que quisieras y nadie te pedía explicaciones después. Rusky experimentó mucha cosas allí, en la guerra, pero pronto descubrió que los conflictos bélicos eran un arma de doble filo: podías matar impunemente (matar y hacer otras cosas más interesantes), pero a uno también lo podían matar con facilidad, así que dejó aquél oficio y buscó algo más estable y fácil de controlar.
Ese era el problema de las guerras, la falta de control. Eran demasiado caóticas y había demasiadas variables en juego.
Control. Esa era la palabra favorita de Rusky. Aquél que tiene el control es el dueño de la situación, el que puede decidir los destinos de los demás y, por ende, el destino de uno mismo. ¿Cómo podía la gente sobrevivir en un mundo caótico y descontrolado? Era algo que Rusky, a pesar de su alto cociente de inteligencia no podía comprender aún.
Por ejemplo: los Troskys habían permitido que esa drogadicta tomara el control de la situación y ahora estaban perdidos, desesperados. Habían permitido que el caos entrara en su pequeño universo y sufrían por ello. Había tenido que ser el bueno y viejo de Rusky quien les devolviera un poco de control al arrancarle el pene y los testículos a ese mierdecilla de Gorka.
Eso le recordó que debería de deshacerse del escroto. Lo tenía guardado en una bolsa de papel de McDonald’s, en el asiento de atrás.
A veces Rusky también perdía el control y olvidaba las cosas.
En ese momento vio que alguien salía del portal y que la chica aprovechaba para colarse dentro de la puerta abierta.
        Rusky sacó un afilado cutter de la guantera y se bajó del coche.

12.

Noelia.

El Citroen no llegó a golpear a su sobrina con toda la fuerza gracias a la acción de los frenos, aún así, Francesca rebotó contra el capó del coche y cayó al asfalto. Milagrosamente, la chica consiguió retener el frágil cuerpo de Quino entre sus brazos y éste salió indemne.
Noelia llegó hasta ellos a la carrera e impidió a los curiosos que la tocasen o la moviesen. El conductor, presa de un ataque de nervios, no se atrevió a salir del coche. Era un chico joven, con la cara llena de acné y gafas de diseño. En el parabrisas trasero tenía pegada la letra «L» de novato.
La gorra de Lazer Chic estaba a un par de metros de distancia y Noelia vio espantada la cabeza rapada y llena de pequeñas costras de Chesca.
«Dios mío, está delgadísima. Parece que ha salido de un campo de concentración».
Tras comprobar que Quino estaba bien y que Francesca respiraba y que su corazón latía, le dio la vuelta, colocándola de costado. Había gente tomando fotos y hablando por teléfono. Algunos coches comenzaron a tocar el cláxon pidiendo paso y el sonido de las bocinas se mezcló con el llanto del pequeño Quino.
—¿Tita? —La voz sonaba algo ronca, pero lúcida.
—Chesca, te acaban de atropellar. —Intentó que su voz no transmitiera el nerviosismo que sentía—. No parece grave y Quino está perfectamente, pero no debes moverte hasta que llegue un equipo médico.
–No… no, Tita —Chesca se incorporó—. Médicos no.
—Quieta, espera —Noelia intentó retenerla—. No debes moverte.
Francesca sentía un dolor horrible debajo del pecho, allí donde se le había fracturado una costilla. También le dolían las piernas, sobre todo la parte de los gemelos, donde le había golpeado el parachoques. Aún así se las apañó para ponerse en pie ayudada por una señora espontánea y apoyando una mano sobre el hombro de Noelia, que estaba de rodillas.
—Estoy bien, sólo estoy un poco mareada —Lo cual era cierto—.
        La mujer que le había ayudado a levantarse le dio la razón.
—Sólo ha sido un susto, ¿verdad mi niña?
A Noelia le hubiera gustado mandar a la mierda a la señora. En ese momento se abrió la puerta del coche y salió el chico joven.
—¿Están bien? Salieron de la nada —el pobre infeliz temblaba de pies a cabeza—. No me dio tiempo. ¿Están heridas?
—Solo ha sido un susto —repitió la señora.
Noelia les ignoró y siguió intentando convencer a Chesca.
—Podéis tener una conmoción, tú y el niño. Francesca, por favor, espera a que lleguen los de emergencias.
Chesca agarró una de las manos de Noelia, se acercó a su cara y le miró a los ojos, implorando.
—Tita, por favor. Nada de médicos. Sabrán que me he drogado y me quitaran a Quino.
—Nadie te va a quitar a Quino, Francesca, tú ves demasia…
—¡Me encontraran! —Le interrumpió con vehemencia, apretando la mano de Noelia, mirándola con ojos vidriosos.
«Ha vuelto a drogarse. Tiene todos los síntomas y acaba de reconocerlo. Por Dios, ¿cómo puede estar tan delgada?».
Quino lloraba de forma desconsolada. Noelia se fijó en el bebé y una ola de calor maternal le invadió, sintiendo unas ganas horripilantes de arrancar a la criatura de los brazos de Chesca y estrujarlo contra su pecho. Quino era precioso; a pesar de las lágrimas y los mocos el niño era una cosita absolutamente adorable.
«¿Ha dicho que la encontrarían? ¿A qué se refiere? ¿De quienes está hablando? ¿Se referirá a los servicios sociales? ¿Es ese el problema? Puede que sea cierto que le vayan a quitar al niño».
—¿Estas segura que estás bien?
—Sí, sí. De verdad. Llévame a casa y te lo explicaré todo. Por favor.
Noelia contempló el aspecto demacrado de su sobrina y le vino a la memoria el personaje de Justine, de Les Miserables, pero fue la tierna imagen de Quino, coronado con su espesa mata de pelo rizada de color dorado, con las mofletudas mejillas surcadas por lágrimas y sus labios rojos, la que acabó por convencer a Noelia.
—De acuerdo. Nada de de Médicos…
—Gracias, gracias, tita.
—…por ahora.
El chico del Citroen no terminó de creerse que la chica y el niño habían salidos ilesos y les dio una tarjeta con su teléfono por si necesitaban cualquier cosa. Noelia no estaba muy segura, pero juraría que se había meado en los pantalones.
En el breve trayecto hasta el piso Noelia intentó averiguar si Chesca tenía alguna herida, pero aparte de una cojera y de un arañazo muy feo en el codo, no vio nada más.
En el ascensor se hizo un silencio violento, roto solamente por los llantos del bebé. Tenía muchas preguntas que hacerle, pero prefirió esperar a estar en casa.
«Lo primero que hay que hacer es echar un vistazo al pequeño, ver si tiene alguna herida. Parece sano y bien alimentado, pero la madre, ay, ¿qué le ha pasado, cómo se ha podido abandonar así?».
—Tendréis hambre, ¿verdad?
—Tengo la papilla de Quino preparada —el pequeño, agotado y movido por la curiosidad al verse reflejado en los espejos del ascensor, se había calmado—, tan solo necesito un microondas para calentarla.
Noelia tenía muchísimas preguntas que hacerle: «¿Dónde está el padre, en qué trabajas, sigues peleada con tu madre, de quien huyes…?», pero absurdamente, la que más le urgía preguntarle era por el piercing del labio. Estaba claro que le había provocado una pequeña infección. «¿Por qué narices no te lo quitas y te curas la herida?», le hubiera gustado preguntar.
Entraron al apartamento y lo encontraron vacío. Bertin, el marido de Noelia, no llegaba del trabajo hasta el anochecer.
—Bueno —dijo—, veamos qué tal está el pequeño Joaquín.
—Creo que tiene caca.
—Eso tiene arreglo —Noelia acompañó a Chesca al cuarto de baño. Durante el trayecto sonó un timbre—. En seguida vuelvo.
Noelia se dirigió a la puerta principal.

13.

Sofía.

Sofía pulsó el botón del interfono, pero justo en ese momento alguien salía del portal y ella aprovechó para colarse dentro. Los ascensores le daban algo de miedo y claustrofobia, así que subió por las escaleras. No estaba acostumbrada al ejercicio físico, así que comenzó a sudar y resoplar en poco tiempo.
«Muchacha —dijo el viejo buscador de oro en su cabeza—, creo que te haría falta una buena temporada al aire libre. Para ponerse fuerte no hay nada como soportar unas cuantas ventiscas mientras te rompes el espinazo durante horas en el frío barro del Klondike».
Sofía agitó la cabeza. «Debería haber cogido uno de Stephen King».
Cuando llegó al apartamento de Noelia se extrañó al encontrar la puerta abierta. Consultó el número del piso con los datos que tenía en el móvil para cerciorarse de que era el correcto y tocó la puerta con los nudillos.
—¿Hola?
Nadie le respondió.
Empujó un poco la puerta y metió la cabeza, sin atreverse aún a entrar.
—¿Hola, hay alguien?, ¿Noelia?
El corazón le latía desbocado en el pecho, sentía las palmas de las manos totalmente sudadas y el vello de la nuca erizado. Abrió del todo la puerta y pasó dentro.
—¿Hola? —Y alzando la voz—: ¡¿Hay alguien aquí?!
Allí dentro no olía bien. Lo cierto es que el diminuto piso apestaba. Olía a sudor rancio y algo parecido a vómito; estaba oscuro y bastante desordenado. En el salón había una Playstation, una caja para gatos y material de gimnasio. También había muchos libros y revistas. Sofía sentía un extraño morbo ver todos esos objetos, sentía la cabeza flotar y tenía el corazón acelerado y la cara encendida por el rubor. Aquello era como espiar a escondidas, como entrar en la intimidad de otra persona.
—¿Hola, Noelia? —El sonido de su voz le asustó un poco.
Se dirigió a lo que parecía el cuarto de baño y al asomarse dentro vio en el suelo el cuerpo desnudo de un hombre adulto. Durante varios segundos no pudo reaccionar, simplemente se quedó allí quieta, intentando asimilar lo que estaba viendo. Luego se giró y echó a correr hacía la salida, pero resbaló con un charco de vómito que había en la alfombra y cayó sobre el sofá.
Se levantó a trompicones, jadeando con fuerza, dominada por el pánico. Al llegar a la puerta recordó el rostro del hombre.
«Es él».
Era el hombre del parque, el amante de Noelia, el tío que le pilló espiando mientras meaba. El que le dijo que tenía un coño precioso. Noelia le llamaba Carlos.
Con el corazón en un puño rehizo el camino y volvió al baño. El hombre estaba boca arriba y tenía la boca manchada de algo blancuzco. Era un tipo grande, muy varonil, con vello en las piernas y ambos brazos, aunque uno de ellos tenía una fea cicatriz. A su lado había un charco pastoso, parecía vómito. También había una botella de vino vacía. A Sofía no le gustaba nada la imagen general que ese hombre le ofrecía ahí tirado. Algo no iba bien.
«Este hombre no está durmiendo, creo que está inconsciente».
Dio un par de pasos más hacía el interior del baño. Sus ojos no pudieron evitar mirar el pene. Estaba arrugado y pequeño, como un gusano gordo descansando en un nido de pelos rizados. Tenía el glande fuera, rosado y regordete, con el agujero mirándole en un guiño somnoliento.
El coño de Sofía se mojó al fantasear con la posibilidad de acariciar la bolsa que colgaba debajo del pene. Tenía los huevos muy gordos y velludos.
Con el corazón latiéndole a mil por hora Sofía se puso de rodillas al lado del hombre; luego bajó la cabeza y apoyó el oído en el pecho para comprobar que los latidos eran fuertes, aunque de ritmo lento; los pectorales también subían y bajaban con lentitud. Sofía, envuelta en una nube en la que se mezclaba el morbo y el miedo, acercó su cara al rostro de Carlos.
El hombre tenía la boca semiabierta y el aliento que salia de ella era cálido y con un olor agrio. Las mejillas estaban cubiertas por una barba de tres días y en la comisura de la boca había un hilo blanquecino de saliva reseco.
«Está borracho o drogado».
Sofía tenía las bragas encharcadas y los muslos le temblaban. Puso una mano en el vientre desnudo de Carlos y la deslizó hasta que sus pequeños dedos se enredaron en el vello púbico.
«¿Qué estas haciendo?, ¡Estas loca, deja eso!».
La yema de sus dedos alcanzaron el pellejo arrugado del pene. Era blando y elástico; el tacto le recordó a sus propios labios internos. Siguió bajando muy despacio hasta alcanzar la bolsa de los huevos; en el trayecto el pulgar rozó la sensible carne del glande y el hombre sufrió un ligero espasmo.
«¡¿Sabes lo que puede pasar si se despertase ahora?!».
Los testículos eran dos bolas hinchadas, con la piel sedosa y cubierta de pelos rizados. Sofía comenzó a moverlos muy, muy despacio, haciéndole un masaje con unos dedos temblorosos. Alucinada, contempló como el pene comenzaba a engordar delante de sus ojos. Era como estar viendo uno de esos vídeos de naturaleza grabados con cámaras de alta velocidad en la que las plantas crecen a ritmo acelerado.
El pellejo se tensó y el glande creció en grosor; la piel se estiró y la forma de flecha del capullo se hizo más evidente, con la corona asomando orgullosa por encima. Los ríos de venas surcaron la superficie cada vez más extensa del pene y el orificio se ensanchó.
«Estoy haciendo que se empalme. Lo estoy haciendo yo».
Sofía puso otra mano en el pecho del hombre, buscando las tetillas que despuntaban en el fuerte pectoral.
«¡Estas loca, deja de magrear a este tío y sal corriendo antes de que despierte!».
Pero no podía. Sofía no podía dejar de tocar y sentir. Toda la situación parecía algo irreal, como si estuviera viendo una película, algo ajeno a ella. La cabeza le daba vueltas y notaba cómo le ardían las orejas; sentía los pezones doloridos y el clítoris, erecto y rabioso, le ardía entre los muslos envuelto en una fuente constante de líquidos.
La mano de Sofía dejó de tocarle los huevos a Carlos para tomar entre sus dedos la gruesa erección.
«Estoy agarrándole la polla a un hombre».
Entonces recordó que esa misma polla estuvo metida en el cuerpo de Noelia y una oleada de lujuria y morbo la invadió.
«Noelia se la metió en la boca» —recordó.
Sofía hizo lo mismo.
Tan sólo se atrevió a meterse la cabeza, hinchada y gorda como una ciruela. Estaba caliente y olía rara. La dejó metida dentro de su boca, sin saber muy bien qué hacer a continuación, mirando desde esa posición el rostro del hombre, buscando algún cambio en su expresión. Sofía se la sacó de la boca y movió la lengua por encima del capullo, lamiendo el orificio de la uretra; Carlos se agitó en sueños y parpadeó.
Asustada, Sofía se apartó del hombre, arrastrándose por el suelo hasta apoyar la espalda contra las baldosas de la pared.
Carlos se incorporó de repente, se puso a cuatro patas y se arrastró hasta el váter, con la polla tiesa bailando por debajo de sus muslos. Cuando llegó a la taza comenzó a toser y escupir. Sofía no pudo evitar fijarse en el trasero redondo y velludo del hombre, con los testículos colgando por debajo. Ella se quedó allí sentada en el suelo, paralizada, viendo como ese hombre totalmente desnudo y a cuatro patas terminaba de escupir y vomitar bilis. Carlos giró la cabeza muy despacio y la miró con ojos enloquecidos, inyectados en sangre.
—¿María?
La voz sonaba como la cadena de una bicicleta llena de tierra.
Sofía negó con la cabeza. Carlos cerró los ojos, apretando con fuerza los párpados. Volvió a abrirlos, pero la aparición seguía estando allí, sentada en el suelo a un metro escaso de él. El brillo del reconocimiento asomó a sus ojos.
—¿Sofía?
La chica, al oír su nombre dejo escapar un gemido.

14.

Rusky.

Cuando llegó al portal se dedicó a pulsar botones en el interfono hasta que alguien le abrió la puerta sin preguntar. Prescindió del ascensor y subió las escaleras sin prisas, tomándose su tiempo en asimilar las medidas del entorno que le rodeaba, observando la configuración del edificio, buscando de forma instintiva ángulos muertos y puntos ciegos.
Sí, en las guerras se aprendían muchas cosas.
En cada rellano se detenía varios segundos, escuchando atentamente los sonidos cotidianos que le llegaban desde el patio comunal: voces de niños, madres atareadas, ruido de platos y cacerolas, risas, música y noticiarios.
Caos y control. Control y caos.
Rusky siguió subiendo plantas hasta alcanzar aquella dónde se encontraba el apartamento de Noelia, una de las pocas familiares cercanas que tenía esa pequeña ladrona. En el rellano escuchó voces. Un hombre y una chica joven. Provenían precisamente del apartamento de la tal Noelia.
Rusky ya había jugado demasiado tiempo al gato y al ratón con esa drogadicta y necesitaba respuestas ya, así que decidió presionar un poco la situación. Apretó el cutter y con el pulgar extrajo un par de centímetros de afilada cuchilla (clic, clic).
Luego se dirigió muy, muy despacio a la puerta de la vivienda.


Continuará...

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Sofía crece 3, parte IV

K.O.