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martes, 4 de agosto de 2020

Sofía crece 3, parte XII



46.

Sofía.

Sofía iba en el asiento del copiloto con las piernas muy juntas, dejando espacio suficiente para que Tony no le rozase el muslo cuando cambiase de marcha, algo que sucedió en un par de ocasiones. El muchacho lo hizo sin darse cuenta y le pidió perdón ambas veces. Al volante era muy precavido, todo lo contrario que el padre de Sofía, que siempre iba como loco, fumando e insultando a los demás conductores.
Tony siempre se detenía en los semáforos en ámbar, usaba los intermitentes y nunca sobrepasaba el límite de velocidad.
Durante el trayecto el muchacho habló por el manos libres con su amigo Cándido para pedirle ayuda con algo llamado Kali Linux.
Sofía no se enteró de nada. Usaban una jerga extraña llena de palabras inglesas que ella no conocía, pero al final Tony pareció decepcionado.
—¿En serio no se puede? —preguntó por enésima vez.
—No, SuperLegit —por alguna razón el amigo de Tony lo llamaba así—, sin el terminal emisor es imposible… a no ser que entres a los servidores de los proveedores de línea, y eso está a otro nivel. Haría falta un clúster dedicado y coordinarse con varios operadores para conjuntar un ataque. Demasiado trabajo.
—Pero tengo el móvil que recibió la llamada y el número de teléfono.
—No, Súper, no se puede. Con eso podrías localizar el terminal en un radio amplísimo, depende de los repetidores, con muy poca precisión. Podrías conocer la población desde donde se hizo la llamada, pero nada más. Y eso con suerte.
—Joder. ¿Qué opciones me quedan?
—Ya me conoces. Yo soy de la old school: usa la ingeniería social.
—Que va, tío, no hay tiempo.
—Nunca se sabe, macho. ¿Por qué no vienes y echamos un vistazo a ese terminal? Quizás encontremos algo.
—Sabía que dirías eso. Estoy llegando.
—Guay.
—Oye, Candyman, no vengo solo —Tony miró a Sofía—, viene una amiga también.
El otro se rió.
—¿Una chica, contigo? No me lo creo… ¿Es guapa?
—Sí, bastante. Se llama Sofía.
Sofía se ruborizó y no pudo evitar sonreír ante el cumplido espontáneo de Tony.
Cándido vivía en una zona residencial muy cara, en un tríplex con jardín, piscina y un garaje con espacio para tres vehículos. Sofía quedó impactada cuando vio al amigo de Tony. Lo más parecido que había visto alguna vez fue en una de esas viejas películas de acción, protagonizada por aquél actor de nombre impronunciable. Cándido no era muy alto, en realidad era algo más bajo que Tony, pero su cuerpo excedía cualquier medida que Sofía pudiera imaginar.
Cándido era físicoculturista.
Era una mole inmensa de músculos, con un pecho bestial y unos brazos titánicos. Les recibió en la puerta de casa con una sencilla camiseta de tirantes y unos pantalones cortos que dejaban a la vista unas piernas con más bultos que un carro lleno de piedras. Aparentaba unos treinta años, estaba muy moreno, tenía el cabello rapado y usaba gafas.
—Hola, soy Cándido. Eres Sofía, ¿verdad?
—Sí —Sofía dudó a la hora de estrecharle la mano que el gigante le tendía. Tenía miedo de que le hiciera daño, pero Cándido le apretó la mano con suavidad.
—Vamos arriba. Tony, acabo de instalar una nueva versión de nMAP y la estaba testeando. Luego te doy detalles. También he actualizado algunas herramientas del Kali, por si acaso. ¿Tenéis el terminal aquí?
—Sí. Hemos tenido suerte, no tiene bloqueo, aunque no está rooteado.
—No importa. Oye, ¿me hacéis un resumen? ¿De qué va todo esto?
Cuando llegaron a la tercera planta de la vivienda Sofía se quedó boquiabierta. Habían derribado todos los muros que no eran de carga y habían construido una única sala ocupando toda la planta entera, con un ventanal grandísimo que daba al exterior rodeando tres de las cuatro paredes. La sala era una mezcla de gimnasio y laboratorio de la NASA.
Por un lado estaban las máquinas para fortalecer los músculos junto con un pequeño tatami y varias bicicletas estáticas, máquinas elípticas, rodillos, cuerdas, colchonetas, anillas, pelotas, aros y cientos de pesas y barras de todos los tamaños y formas. Sofía vio que la cuarta pared, de hormigón, estaba llena de pequeños objetos de colores.
«Eso es para escalar».
Miró al techo y vio una escalera horizontal que lo recorría de punta a punta.
El resto del salón estaba lleno de extrañas máquinas con luces de colores. Pudo contar al menos media docena de pantallas de televisión de varios tamaños, una de ellas debía de ser de por lo menos 75 pulgadas.
«Es más grande que mi cama».
Había un mueble lleno de pequeños aparatos que ella identificó como videoconsolas, pero eran muy antiguas. Algunas de ellas estaban metidas en urnas de metacrilato, para protegerlas del polvo.
«Menudo friki».
La sala estaba dominada por un impresionante escritorio de color negro sobre el que había cuatro monitores de televisión formando un semicírculo. Había luces de colores por todos lados.
El sillón principal era un asiento de piloto de carreras modificado, allí se sentó Cándido, invitando a sus huéspedes a que tomaran asiento en unas cómodas sillas de oficina con apoya brazos. Cándido rodó sentado hasta un pequeño frigorífico.
—¿Un refresco? ¿Agua?… ¿Cerveza?
—Agua, por favor —dijo inmediatamente Sofía, que no había probado ni gota desde que salió de casa de Carlos.
Le hubiera gustado preguntar si tenía algo de comida porque estaba muerta de hambre, pero le daba vergüenza.
—Una coca zero para mí, Candy.
—Tomad, pillad —Cándido les arrojó las bebidas—. Ahora decid, ¿de quien es el móvil y por qué es tan importante?
Sofía miró a Tony, dejando que fuese él quien explicase un poco todo ese embrollo, haciendo también un resumen de la vida de Francesca.
Cuando Tony terminó de hablar Cándido se quitó las gafas y conectó un enorme PC lleno de luces que tenía debajo del escritorio.
—Estáis convencidos de que esa Francesca ha sido víctima de un secuestro y de que llamó a su tía pidiendo auxilio.
—Sí —dijeron los dos a la vez.
—¿Por qué llamó a su tía en lugar de a la policía?
—Ya te lo he dicho —dijo Tony—, la poli cree que Francesca robó a su tía… además, ya os he contado lo que descubrí sobre su vida. Ella tuvo problemas con la justicia. Se libró de la cárcel por los pelos hace tiempo. Tendría miedo de hablar con ellos.
—¿Y qué? —dijo Cándido—, ¡mejor para ella! La policía hubiera acudido de inmediato.
Esta vez habló Sofía.
—Pero quizás ella no pensó eso —los dos chicos se giraron para mirarla—. Parecía asustada y creo que lloraba. Puede que solo tuviera una oportunidad para ponerse en contacto con alguien y escogió a una persona de confianza, alguien querido.
—No sé —dijo Cándido, no muy convencido—, supongo que cada persona es diferente. Puede que tengas razón. Esa chica iba por mal camino, ¿no es así, Tony?
Tony habló al suelo.
—La vida no la ha tratado bien, no.
Cándido se crujió los nudillos.
—Vale, así que tenemos que localizar la llamada de auxilio, ¿no? —Cándido abrió de nuevo el frigorífico y sacó un bote de plástico transparente cuyo interior estaba lleno de una sustancia muy parecida a la diarrea. Abrió la tapa y bebió un trago larguísimo—. Pues ya os digo que no lo vamos a poder hacer. No con este equipo. Es imposible. Todo eso que se ve en la tele de NCIS y CSI son chorradas. Lo que haré será indagar un poco en ese terminal y ver si conseguimos alguna pista.
—No lo entiendo —dijo Sofía—. ¿Qué esperas averiguar?
—Nombres, lugares, fechas, contactos, relaciones… Además, no os habéis hecho las preguntas más importantes: ¿Por qué la secuestraron? ¿Por qué lo hicieron en casa de su tía? ¿Cómo sabían que iba a estar allí? ¿Quien querría secuestrar a una drogadicta reincidente, acaso era rica? Un secuestro no es un tirón de bolso o el robo de una cartera. No es algo espontáneo. Requiere preparación y premeditación, y si la secuestraron en casa de su tía quizás hay una conexión con esa Noelia más allá del parentesco. Creo que debemos comenzar a tirar del hilo por ahí.
Sofía y Tony se miraron.
«Este tío parece que sabe de lo que habla. Luego dicen que los musculitos no tienen cerebro».
—Lo veo un poco rebuscado —dijo Tony—, pero bueno, adelante.
—¿El terminal?
Tony le hizo una seña a Sofía y ésta le dio el móvil de Noelia.
—¿No lo vais a romper, verdad?
—No, tranquila —dijo Cándido mientras tomaba el móvil y le conectaba un cable USB. El otro extremo estaba enchufado al PC.
Tony se levantó de la silla y fue hasta un pequeño mueble que había al lado del frigorífico. Lo abrió y estuvo rebuscando dentro mientras Cándido exploraba los archivos del móvil. Tony sacó una bolsa de patatas fritas y volvió a su sitio al lado de Sofía. Luego compartió la bolsa con ella mientras miraba cómo trabajaba Cándido. Lo hizo con naturalidad, como si ella fuera un colega de toda la vida. Sofía, que estaba hambrienta, no dudó en meter la mano dentro y coger puñados de patatas sin reparo.
A veces sus dedos y sus manos se tocaban dentro de la bolsa, pero ninguno de ellos le dio importancia.
—¿Qué está haciendo? —susurró Sofía a Tony.
—Está mirando dentro de los archivos del móvil, centrándose en los «logs».
—¿Logs, eso no significa «troncos» en inglés?
Tony sonrió y miró a Sofía. El chico vio que ella tenía unos cuantos trocitos de patatas en el busto y casi estuvo a punto de pasarle el dorso de la mano por las tetas para quitárselos. Se sonrojó y apartó la mirada.
—¿Troncos? Sí, pero «log» también significa registro.
De repente Cándido se incorporó en la silla deportiva y abrió mucho los ojos.
—¡Ostia puta! Tiene un mSpy instalado.
—No jodas —Tony le dio la bolsa a Sofía y se acercó a la pantalla del ordenador.
—¿Qué pasa? ¿Qué es eso? —Sofía miró a ambos alternativamente.
—Alguien estaba monitoreando de forma remota a tu amiga —Cándido señaló con un dedo una serie de gráficos, números y letras.
—Candyman quiere decir que alguien le ha puesto una aplicación al teléfono de Noelia para espiarla.
«Venga ya».
—¿Por qué iban a hacer eso?
Cándido se giró en la silla para mirarla.
—¿Sabes quienes son los principales usuarios de este tipo de soft? Primero, los padres que desean conocer el paradero y los movimientos que sus hijos menores hacen por internet. Segundo, las empresas que quieren saber que sus empleados hacen un uso debido del teléfono de la empresa…
—Y tercero —interrumpió Tony—, los maridos y esposas que sospechan que sus parejas le son infieles.
Sofía recordó las palabras que Bertín le gritó a Noelia.
—¿El marido de Noelia la espiaba? —preguntó, incrédula.
«Estas cosas no pasan en la vida real. No puede ser».
Cándido soltó una carcajada.
—Bueno, parece que tenía motivos para hacerlo. Me dijisteis que el móvil lo encontrasteis después de que ese Bertín le diese una paliza a tu amiga y a otro… «amigo».
Tony levantó un dedo.
—Espera… ¿podemos usar esos registros para localizar la llamada de Francesca?
—No, Súper, eso es imposible, ya te lo he dicho. Estos registros contienen prácticamente toda la actividad que haya tenido esa Noelia desde que se instaló el mSpy en el móvil. Esta APP tiene además un keylogger con el que se puede copiar las contraseñas de acceso de los correos electrónicos, los mensajes escritos en Whatsapp y otros servicios de mensajería. En el «log» está todo. Cualquier cosa que haya escrito. También han tenido acceso a fotos, vídeos, aplicaciones, historial, calendario… todo.
Un pequeño escalofrío recorrió la espalda de Sofía.
«Mensajes, fotos y vídeos…»
—¿Todo eso podemos verlo nosotros? —preguntó.
—Sí, claro. La terminal está encendida y sin bloqueo, podemos verlo directamente sin necesidad de ninguna aplicación espía. Pero si te refieres a si podemos acceder a los datos recopilados por el «Log», la respuesta es no. Está encriptado. De todas formas tu amiga era precavida. Ya he echado un vistazo y no tiene nada comprometedor. Si tenía algo… picante, ella lo borró.
—Pero el terminal espía sí que podía ver y copiar todo eso antes de que se borrasen —puntualizó Tony.
—Sí. Oíd, esto suelen colocarlo detectives contratados para recabar pruebas de adulterio, ¿sabéis? El soft es muy sencillo de usar, pero puede tener connotaciones legales que pueden ser muy chungas. Pocos se atreven a hacerlo. Tu amiga es mayor de edad y está en pleno uso de sus facultades, así que esta instalación es ilegal. Yo creo que esto lo puso el marido siguiendo las indicaciones de algún detective.
Tony, cansado, apoyó la cabeza en el respaldo y se pasó las manos por el cabello. Sofía se fijó en que lo tenía bastante largo. Era rizado y muy limpio, con aspecto sedoso y brillante.
«Se lo cuida. Se nota que le dedica tiempo a cuidarlo».
—Candyman, todo eso está muy bien, pero no nos ayuda. Yo necesito saber donde está Francesca.
Cándido conectó un portátil con Windows instalado y entró en Google.
—Lo único que se me ocurre ahora mismo es buscar información sobre Noelia y su marido, ese Bertín, así como de Francesca. Quizás encontremos algún dato que nos diga por qué alguien querría secuestrar a esa chica.
—¡Eso no me sirve, tío! —Tony golpeó el reposabrazos.
—Ey, calma —Cándido levantó las manos—. Si tienes prisa puedes probar con la guardia civil y con un juez. Ellos pueden dar permiso para rastrear el origen de esa llamada.
—Mira Cándido —Tony insistió—, esa chica está en peligro, es una corazonada, no tenemos tiempo.
El musculado se levantó y fue hasta el frigorífico.
—Tony, eres un buen tío… demasiado bueno. Aún eres muy joven y creo que te tomas las cosas demasiado a pecho —tomó un tupper del frigo y comenzó a comer del interior con un tenedor de plástico—. Si te soy sincero, no creo que alguien haya secuestrado a esa chica. Soy de la opinión de la poli. Yo creo que robó a su tía, huyó y se montó la película del secuestro para despistar. Probablemente la llamada que hizo fue un fake.
Marco Antonio se levantó y Sofía vio que el chico estaba realmente enojado.
—Si tan convencido estás de que todo es una farsa, ¿¡Por qué cojones nos has hecho perder el tiempo?!
—Hey, hey, hey, tranquilo, tío —Cándido tenía la boca llena de arroz y atún—. Tranquilo, ¿vale? Ya te expliqué antes de que vinierais que no podríamos localizar el origen de esa llamada. Fuiste tú el que accedió a venir aquí, aun sabiendo que no se podía hacer.
—¡Pero tú me dijiste de usar la ingenieria social y aquí tenemos el móvil con todos esos registros y el mSpy de los huevos ahí metido y…! ¡Y no me digas que no se puede hacer!
—Vamos a ver, niñato, ¿qué parte de «NO SE PUEDE» NO ENTIENDES!
—¡Lo único que entiendo es que estamos aquí perdiendo el tiempo solo para que tú puedas presumir delante de esta tía con tus… tus aparatitos y tus musculitos! ¿Por qué coño vas así vestido? ¡Ponte algo decente!
Sofía miraba esa discusión anonadada.
«Madre mía, Tony tiene celos. Esta celoso… ¿por mí?».
—¿Pero de qué vas, niño? —Cándido dejó el tupper sobre el escritorio—. Estoy en mi casa y puedo ir como me de la gana, ¿qué mosca te ha picado?
—Se supone que eres un hacker, ¿no? ¿No es eso lo que vas diciendo por ahí, por los foros y todo lo demás? —Tony habló en falsete—: «¡Hey, soy Candyman, el hacker!». Mucho hacker, mucho Kali Linux y mucho hardware, pero a la hora de la verdad no sirves para nada. Me debías este favor, Candy, ¡me lo debías!
Cándido golpeó el tupper y lo tiró al suelo.
—¡No te debo una mierda! ¡Aquello fue pura suerte, y lo sabes!
—¿¡Suerte!? Mira, Sofía, ¿ves a este tío tan grande y con toooodo este dineral gastado en cacharros? Pues es uno de los peores jugadores del mundo. Se las da de jugador profesional, ¡pero es un paquete! ¡Si no es por mi nunca hubieras pasado de la liga de platino!
—¡Oooooh! Habló SuperLegit, el amo del calabozo, el streamer que solo puede «lamear» mods de segunda generación.
Cándido se acercó a Tony y éste se levantó de la silla. Sofía fue testigo de como esos dos, tan diferentes físicamente, se enzarzaban en una discusión rarísima llena de frases y palabras extrañas que ella no entendía.
«Lo único que entiendo es que esto es una pelea de gallos. Ninguno quiere hacerse daño realmente. Creo que soy yo la responsable, de alguna manera mi presencia les altera».
Sofía frunció el ceño y miró la pantalla del portátil, que aún tenía cargado la aplicación del buscador de Google.
«En algo tenía razón este Candyman: no nos hemos hecho las preguntas más importantes. ¿Por qué querría alguien secuestrar a Francesca?».
«Niña, me parece que lo único que tienes entre las orejas es un puñado de serrín —dijo el viejo minero de Jack London—, Os habéis centrado en el origen de la llamada en lugar de fijaros en la llamada en sí».
«¿Cómo? ¿A qué te refieres, viejo chiflado?».
Pero el viejo ya se había ido. Sofía hizo memoria mientras esos dos seguían echándose en cara viejas rencillas del mundo friki.
«Lo tiene Nico, me ha matado en la quilla… Eso fue lo que dijo».
«Nico… Debe ser diminutivo de Nicolás. Deberíamos buscar a alguien del círculo de Noelia llamado así… ¿Y qué será eso de La Quilla? Debí oírlo mal, tiene que ser otra cosa… silla, niña, milla…».
Sofía se acercó al portátil con la intención de usar la misma técnica que utilizó Tony para encontrar la información de Francesca, haciendo una búsqueda cruzada con «Nicolás+Noelia+Francesca», pero en el último instante cambió de idea y escribió «La quilla».
«En realidad es la única pista que tenemos de una posible localización».
Google escupió varios resultados muy diversos. Entre ellos había un «Bar La Quilla» cerca de la ciudad, en el extrarradio. Sofía pinchó ahí. La página del bar le dijo que éste se encontraba en la zona industrial y que era muy antiguo. Antes se llamaba «Bar La Fabriquilla». 
Los dos amigos seguían gritando y Sofía leyó en voz alta para poder concentrarse mejor en la lectura:
—…pero los parroquianos, aficionados a acortar palabras, lo llamaban Bar la Quilla, al igual que hacían con la vieja fábrica de celulosa que le dio nombre a nuestro bar. La Fabriquilla de celulosa (o la Quilla de Papel, como la llamaron los obreros que allí trabajaban), estuvo en funcionamiento casi un siglo, hasta que la crisis de la década pasada obligó al cierre de sus instalaciones. Desde entonces La Quilla, tanto el bar como la fábrica, han sido un referente en la historia costumbrista obrera de nuestro pasado más reciente. Algunas asociaciones culturales siguen luchando para que La Quilla sea recuperada y reconvertida en un museo, en lugar de dejar que su estructura, llena de historia, se pudra lentamente a la intemperie, abandonada a su suerte…
Sofía cayó en la cuenta de que los otros dos habían dejado de pelear. Se giró en el sillón y vio que ambos la miraban en silencio y se sonrojó.
—La Quilla es una fábrica abandonada fuera de la ciudad. Está apartada y nadie la cuida. Puede que Francesca esté allí.
Los tres se miraron en silencio durante varios segundos. Cándido fue el primero en hablar.
—Una pregunta, ¿alguno de vosotros ha probado a llamar a Francesca directamente?

47.

Rusky.

Dolor. Hacía mucho tiempo que no sentía tanto dolor. ¿Cuando fue la última vez? Probablemente cuando estalló aquel mortero y le marcó la cara con la metralla ardiente. Aquello fue atroz y no se podía comparar con esto, pero aún así… Rusky se pasó la mano por la cabeza, sin atreverse a tocarla demasiado, rozando la piel con las yemas de los dedos. Algo no estaba bien. Algo no estaba en su sitio.
«Demasiado hundido».
Cuando tiró a la puta dentro del pozo perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer también detrás de ella, pero tuvo suerte y cayó en el borde. Intentó levantarse de nuevo, pero le fallaron las piernas. Era como si estuviera borracho. Se tocó de nuevo la sien y un estallido de dolor le recorrió la cabeza.
«Me ha roto algo».
Rusky no lo sabía, pero estaba vivo de milagro. La cabeza de hierro de la maza le había fracturado el hueso temporal, en la zona de la porción timpánica, afectando a la audición y el equilibrio. Pero las astillas del hueso estuvieron a punto de abrirle la arteria meningea, lo que le hubiera causado una muerte casi segura. Si tuviera un espejo y algo para limpiarse la herida, podría ver el blanco del hueso asomando por la raja abierta.
Miró alrededor y vio al pequeño gusano agitándose en el suelo, aún rodeado de cinta americana.
«Es extraño. No lo escucho. No oigo sus gemidos».
Rusky se arrastró para asomarse por el borde del agujero y prestó atención. No podía ver nada allá abajo y tampoco podía oír ningún ruido. Trató de levantarse de nuevo y esta vez lo consiguió, pero se tambaleaba de una forma espantosa. Rusky adivinó que el golpe le había afectado de alguna manera al oído y a su sentido del equilibrio. Decidió alejarse del agujero por si acaso.
«Esa puta me ha jodido bien. No puedo bajar en este estado».
Tampoco hubiera podido sin las herramientas adecuadas, recordó que la escala de hierro solo llegaba hasta la mitad del pozo.
«Necesito ayuda. Tengo que llamar a esos dos».
Eso le recordó que la puta consiguió hablar con alguien por el móvil, aunque no pudo escuchar casi nada de lo que dijo.
«Tita Noe. Eso fue lo único que entendí. Debió de llamar a su tía… ¿Por qué? Pudo haber llamado a emergencias…».
También oyó algo sobre «chico» o «rico», pero pensar demasiado le producía dolor de cabeza. Buscó el móvil de esa guarra, pero no lo encontró, así que supuso que la drogata se lo llevó al agujero con ella. Después de buscar agarró al niño y se lo llevó al Mercedes.
«Debería tirarlo también a ese pozo, para que se pudra con su madre, pero mientras no tenga la puñetera droga en mis manos no puedo arriesgarme a quedarme sin opciones».
La llamada a Noelia le tenía muy preocupado. 
«Cualquier otra persona hubiera llamado a emergencias. Debí quitarle la navaja en el mismo momento en que la vi cuando subió al coche y poner las cartas sobre la mesa. Dejarle ese resquicio de esperanza le dio alas y…».
Rusky se detuvo.
«…y puede que gracias a eso ella elaborase un plan para traerme hasta aquí».
—Joder.
«La droga no está aquí».
«Eso no lo sabes, Andrei, no pierdas el control. Puede que no esté, pero primero hay que bajar a ese pozo y asegurarse. Llama a esos dos y que vengan».
La voz era muy razonable, pero el checheno estaba cada vez más convencido de que la droga no estaba allí y que esa Noelia tenía algo que ver.
«¿Qué coño le habrá dicho la drogata a su tía?».
No mucho, probablemente. Apenas tuvo unos segundos para hablar, pero la paranoia era una cuña que se hundía cada vez más en su cerebro, abriendo espacio para que entrase la duda.
Un ramalazo espantoso de dolor le llegó de repente atravesando su cráneo de punta a punta, justo cuando dejaba a Quino en el asiento trasero. Tuvo que arrodillarse en el suelo, apoyándose en la puerta abierta del coche. Sentía como la sangre seguía bajando por el cuello, metiéndose dentro de la ropa.
«Me voy a desangrar como un cerdo».
La nuca también le dolía y sentía una especie de bombeo incesante en la base del cráneo. Se puso al volante y sintió que algo se le clavaba en las nalgas, se incorporó con un gruñido y metió la mano en uno de los bolsillos traseros.
«La navaja».
Fue una suerte que esa puta no mirase primero en ese bolsillo.
«Has estado a punto de cagarla, Rusky».
Metió la navaja en la bolsa de plástico de Francesca, junto con el resto de joyas, y usó unos cuantos pañuelos de papel para limpiarse un poco y tapar la herida de la sien. Hubo un momento en el que creyó que iba a desmayarse de nuevo pero logró reponerse. Luego usó el bluetooth del vehículo para llamar a Simas, subiendo el volumen a tope. Estaba recuperando la audición, aunque aún le costaba centrar la vista en un punto fijo. Mientras esperaba la llamada usó el espejo para curarse la herida con mucho cuidado. No pudo hacer mucho, excepto frenar un poco la hemorragia.
Mientras esperaba a que el lituano descolgase el teléfono Rusky buscó debajo de su asiento y extrajo un revolver de cañón corto, comprobó la munición y lo dejó encima del salpicadero. Rusky siempre trabajaba solo y nunca confiaba en nadie. Apenas conocía a ese Simas, excepto de haberlo visto un par de veces reunido con el búlgaro.
«Tranquilo, Andrei, no pierdas el control. No te vuelvas paranoico».
Pero la paranoia le salvó la vida en más de una ocasión y si podía evitarlo, no dejaría que alguien le diera una puñalada por la espalda por no ser lo suficientemente paranoico. Rusky intentó recordar lo que Francesca gritó por teléfono antes de que la tirase al agujero.
«Chico… rico… pico… ¿qué coño le habrá dicho esa zorra a su tía?».

Continuará...

©2020 Kain Orange

sábado, 1 de agosto de 2020

Sofía crece 3, parte XI



44.

Chesca.

Llegaron al polígono industrial de El Baluarte cuando el sol comenzaba a alargar las sombras hacia el este. La actividad en las naves ya estaba disminuyendo y muchas de las empresas habían cerrado al mediodía por el horario de verano. Francesca guió a Rusky entre los grandes edificios hacia la parte más antigua del polígono, hasta una vieja fábrica de papel abandonada.
Las puertas y las ventanas estaban tapiadas con ladrillos y el muro exterior era alto. A veces iban las parejas y las putas a follar allí dentro, aprovechando los agujeros que los vándalos y los sin techo abrían ocasionalmente en las paredes. La fábrica la componían varios edificios y estaban llenos de máquinas y material de oficina abandonadas. Los buscadores de chatarra intentaban entrar a veces a llevarse cosas, pero la empresa de seguridad del polígono les mantenía a raya. En cambio, con las putas y sus clientes eran más permisivos, siempre a cambio de algún que otro favor.
Rusky metió el Mercedes en el amplio aparcamiento exterior de la fábrica y dio varias vueltas alrededor. Encontró un pequeño callejón entre dos estructuras y allí estacionó el vehículo. Era un lugar alejado y discreto y el coche no podía verse desde fuera. Una vez a la sombra de los edificios Rusky permitió que Francesca le diese agua al niño, pero no le dejó que lo cambiase a pesar del hedor que despedía la pobre criatura.
—Si te portas bien no tardaremos y podrás irte con tu hijo muy pronto —le prometió, aunque Chesca sabía que mentía.
Las toses eran más frecuentes, le costaba muchísimo respirar, aunque al menos la saliva que escupía no era tan oscura. Lo que más le dolía era la nariz.
«Creo que me la ha roto, como hizo Gorka aquella vez».
Su cuerpo era un calvario de dolor y su cerebro le pedía a gritos una dosis. Sabía que el monstruo tenía las dos papelinas de heroína que le quitó y sentía la presencia de esos dos diminutos sobres cerca de ella. Eran como una poderosa fuente de energía emitiendo unas ondas que sólo ella captaba.
«Están aquí, muy cerca, en algún lado. Chica Láser puede sentirlas».
La necesidad de «perspectiva» era abrumadora y no podía pensar con claridad.
«Tienes que olvidar eso, no pienses en el jaco y céntrate en el plan. El plan es lo primero».
—Fuera.
Chesca se sobresaltó al oír la orden de Frankenstein y miró al monstruo temblando, luego echó un vistazo a su hijo y no pudo evitar extender una mano para tocarlo brevemente. Al monstruo no pareció importarle, esperó a que ella terminase de acariciar a Quino y la apremió a que saliera del coche. Luego Rusky se bajó del Mercedes y sacó al niño, que comenzó a sollozar y a moverse.
—Tú primero, vamos. Cuanto antes me des el paquete antes podrás irte.
Francesca miró a su hijo y de repente sintió una oleada de furia, breve pero intensa.
«Una oportunidad. Solo una. Solo eso le pido a Dios, que me de una sola oportunidad para rajarte los ojos y sacarte las tripas, animal».
Chesca echó a andar seguida de cerca por el monstruo. Habían pasado tres meses desde la última vez que estuvo en la fábrica. Ya había estado antes, cuando iba noviando con Gorka y entraban a hurtadillas para echar un par de polvos rápidos y colocarse con cualquier mierda, pero la última vez que estuvo fue por algo mucho más desagradable.
Un amigo de Gorka tenía una perra muy vieja a la que no le quedaba mucho de vida. Estaba enferma y sufría bastante, pero al amigo le daba lástima acabar con ella, así que le pidió a Gorka que la llevase a un veterinario para que le pusiera la inyección. Gorka aceptó (el amigo era también un buen cliente y le interesaba tenerlo contento), así que una tarde que iban de compras fueron a casa de este amigo con la excusa de que el centro veterinario les pillaba de camino y recogieron a la perra, una cocker spaniel con el pelo enredado, viejo y apelmazado.
Gorka no fue al veterinario, en lugar de ello se desvió y llevó a la perra a la fábrica de papel. Francesca protestó, adivinando lo que ese cabrón quería hacer, pero fue una protesta muy breve y con muy escaso éxito. Ese día su marido estaba de mal humor. Cuando bajaron del coche Chesca lo siguió, viendo como el pobre animal, casi ciego, se dejaba guiar sin mostrar resistencia. Gorka recorrió las viejas instalaciones hasta llegar a una sala llena de tuberías y maquinaría pesada. En el centro había una pesada tapadera redonda. Gorka le pasó la correa a Francesca, que llevaba al pequeño Quino en brazos y luego levantó la tapa, cogió la correa y tiró a la perra dentro del agujero.
No era muy profundo y el pobre animal no murió en el acto. Mientras Gorka volvía a poner la tapadera pudieron escuchar los lamentos del pobre animal. Durante varios días Francesca tuvo pesadillas en las que oía el llanto de la perra mezclarse con el de su hijo. Pocas semanas después Francesca sorprendió a ese bastardo intentando apagar una colilla en el brazo de Quino. Ese fue el momento en el que decidió robar la droga y cargarle el muerto a él.
«Una oportunidad, Dios mío, solo una oportunidad para poder tirar a este monstruo por ese agujero, es todo lo que te pido».
Atravesaron varias salas llenas de papeles, cartones y máquinas viejas, oxidadas y rotas. El suelo estaba lleno de polvo, cagarrutas de bichos, vidrios rotos y hojas de papel. En algunas zonas la vegetación había logrado crecer entre los resquicios del hormigón del piso y las grietas de las paredes.
El eco de las pisadas se unía al apagado sollozo de Quino, que gemía débilmente. La luz del sol entraba por las claraboyas del techo, tiñendo de un enfermizo color amarillo las salas de la nave.
Chesca tuvo un momento de pánico cuando creyó que se había olvidado del camino hacía la sala del pozo. No quería que el monstruo sospechase de ella si la viese dubitativa: nadie olvida el escondite de cincuenta mil euros de heroína. Por fortuna, al salir de una pequeña habitación destinada a oficinas, Chesca vio en el techo varios conductos y tubos y adivinó que debían acabar en la sala donde inmolaron a la perra.
Chesca siguió las tuberías hasta una puerta de metal cerrada. Era la sala del pozo, pero la puerta tenía un candado.
—Es aquí —dijo con voz ronca.
Rusky le echó un vistazo a la puerta y a la chica alternativamente.
—Ese candado, ¿lo pusiste tú?
Chesca tuvo que pensar rápido para tomar una decisión. El candado debieron ponerlo hace poco, puede que los guardas oyesen a la perra agonizando (¿cuantos días pudo aguantar allí metida?), y al ver el pozo pensarían que ese era un lugar peligroso y le pondrían el candado.
¿Qué debía responder? Una persona que esconde un tesoro es lógico que quiera protegerlo, pero el monstruo era demasiado desconfiado. Chesca conocía bien esa mirada y ese tono de voz, lo había visto y oído muchas veces entre los amigos y clientes de Gorka.
«Siempre desconfiando y temiendo la mentira y el engaño… Si le digo que no es mio, pensará que es demasiada casualidad que pocos días después de esconder aquí el paquete alguien llegara y cerrase la puerta con eso… Demasiada casualidad. Mierda de candado».
Chesca optó por arriesgarse y mentir.
—Sí, lo puse yo. No quería que lo encontrase nadie.
El monstruo la miró detenidamente. Chesca se puso nerviosa porque no podía adivinar qué pasaba por esa cabeza demente.
—¿Dónde está la llave?
—La tiré.
El monstruo dio un paso hacia ella con el niño fuertemente sujeto bajo su brazo.
—¿Por qué?
—Porque no lo quiero, no quiero esa mierda. Solo quería cargarle el muerto a Gorka. Cogí un poco para mí y escondí el resto. Está ahí dentro —señaló a la puerta—. Yo no sabría qué hacer con tanto. Además, es un marrón ir con todo eso encima. No lo quiero, es todo para vosotros… iba a devolverlo… pero tuve miedo.
Mientras hablaba una pequeña esperanza creció dentro de ella.
«A lo mejor nos deja libres. Puede que se conforme con quedarse con la droga. No querrá cargar con dos muertos más».
Pero sólo duró un segundo.
«No, Chica Láser, él no querrá dejar testigos. Y aunque Quino es pequeño y no puede hablar lo matará por diversión. Tienes que tirarlo al pozo».
El monstruo siguió mirándola durante varios segundos más. Al final pareció satisfecho con la respuesta de Chesca y se giró a un lado y a otro, buscando alrededor algo con lo que romper el candado. Vio un viejo armario de metal y se acercó a él, abriendo una de las puertas oxidadas. 
Dentro había una enorme telaraña cubriendo el interior.
El monstruo retrocedió y Chesca oyó un gruñido de asco y sorpresa.
«Se ha asustado».
—Tú —dijo Rusky señalando a Francesca—. Coge eso.
La chica se acercó y vio que las estanterías de metal estaban cargadas con diversos objetos, entre ellos algunas herramientas oxidadas. El monstruo estaba apuntando a una pequeña maza de hierro llena de polvo y rodeada de bichos muertos.
Chesca tuvo que meter la mano en la telaraña para cogerla.
«Ahora, Chica Láser, rómpele la cara con la maza. Machácalo».
Pero no podía. Sabía que el monstruo era demasiado fuerte para ella. Le tendió la maza y el monstruo solo necesitó tres golpes para romper el candado con una sola mano. Al tercer golpe el mango de madera, viejo y astillado, se partió y la cabeza de hierro cayó al suelo, junto con el candado.
—Tú primero —le dijo a Chesca.
La chica obedeció y pasó dentro de la sala; estaba oscura, aunque la luz que entraba por la puerta era suficiente para poder ver el interior. Eran cuatro paredes sin ventanas y con el piso lleno de polvo, papeles viejos y cagadas de ratones. Los muros estaban cubiertos de tuberías de diversos tamaños y en un rincón había una especie de bomba gigantesca. En el centro de la sala estaba la tapadera de hierro, redonda y con un pequeño agujero en el centro.
—¿Dónde? —la voz del monstruo volvió a asustarla. Allí dentro había un poco de reverberación.
—Allá —señaló la tapadera—. Lo tiré allí.
El monstruo se acercó a ella y le puso a Quino en sus brazos. Francesca no lo esperaba y su corazón dejó de latir durante dos segundos. Luego abrazó a su hijo y las rodillas le fallaron. Se dejó caer al sucio suelo, llorando y estrujando al bebé contra su cuerpo, sin importarle el dolor de la costilla rota y el pulmón herido, tosiendo y sollozando desconsoladamente con los ojos cerrados, abrazada a Quino.
El monstruo se inclinó sobre ella y extendió una mano para quitarle la navaja que tenía escondida detrás del pantalón.
—Esto no lo vas a necesitar.
Francesca se quedó mirando a Rusky con los ojos muy abiertos. La sangre abandonó su cara y un sudor frío recorrió su espalda.
«El cabrón lo sabía. Sabía que la tenía y me ha dejado llevarla todo este tiempo».
—¿Recuerdas lo que te dije sobre lo que pasaría si intentabas jugármela?
Francesca no dijo nada, pero una lágrima rodó por su mejilla.
El monstruo la miró en silencio varios segundos y Chesca no podía ver qué había detrás de esos ojos muertos de pescado. Al cabo de un rato el monstruo se giró y le dio la espalda a la chica para encaminarse hacia el centro de la sala, hasta el pozo.
Rusky levantó la tapadera con una facilidad pasmosa, con una sola mano, introduciendo dos enormes dedos en el agujero y tirando de la tapa. El hueco era lo suficientemente grande como para que cupiese un hombre fornido como él. Se puso de rodillas para mirar el interior, pero estaba muy oscuro. No se veía el fondo. En un lado del pozo había una serie de peldaños de hierro, oxidados y podridos, pero sólo llegaban hasta la mitad.
—¿La escala no llega hasta el fond…?
La cabeza de hierro de la maza le golpeó en la nuca y el voluminoso cuerpo del checheno se tambaleó y cayó a un lado con un gruñido. Chesca recogió de nuevo la maza del suelo y se acercó a él para asestarle otro golpe a bocajarro, sin apuntar a ningún sitio en particular. El pequeño bloque de hierro oxidado cayó sobre la cara de Frankenstein, justo en la sien derecha, que se abrió dejando una profunda herida. Rusky gimió y su cabeza golpeó el suelo. La maza de hierro fue a parar dentro del agujero.
El monstruo seguía moviéndose en el piso, gruñendo débilmente y agitando las manos en un estado de semi-inconsciencia.
Francesca intentó moverlo para empujarlo dentro del pozo, pero era imposible, él pesaba demasiado y ella simplemente no tenía fuerzas. Durante unos preciosísimos segundos Chesca se detuvo a pensar qué hacer a continuación, buscando desesperada con la vista algún objeto que pudiera usar como arma. Rusky comenzó a mover las piernas, intentando incorporarse.
«Las papelinas. Él me quitó las papelinas y mi móvil».
Chesca, arrodillada junto al monstruo, le registró los bolsillos con unas manos aquejadas por un temblor espantoso. En los bolsillos delanteros no tenía nada, excepto las llaves del Mercedes, pero Chesca no sabía conducir. Luego consiguió levantar lo suficiente un lado del cuerpo como para poder meter la mano debajo y tantear los bolsillos traseros. En uno de ellos encontró el móvil. Se alejó de Rusky a rastras y mientras marcaba el teléfono de la policía sintió un dolor en el pecho atroz, intensísimo.
«La costilla. Se ha movido».
Sufrió un ataque de tos y vio horrorizada cómo la pantalla del teléfono se llenaba de sangre, muy oscura.
Entonces recordó la conversación que ese monstruo tuvo en el coche con aquel hombre.
«De la policía. Era de la policía. No puedo fiarme de ellos».
Asustada, confusa y llena de dolor, Francesca dudó demasiado tiempo. Rusky comenzó a moverse, incorporándose lentamente. Francesca, aterrorizada, sin saber qué hacer, pulsó el icono de rellamada y el teléfono marcó el último número con el que estuvo hablando: el de Noelia. No esperó a oír el tono de llamada, simplemente comenzó a gritar por el móvil sin saber si había alguien al otro lado, presa de un pánico atroz y llorando entre toses sanguinolentas. Desesperada, no pudo ordenar sus ideas y solamente pudo gritar una frase inconexa sin sentido.
—¡¡TITA NOE, ESTOY EN LA FABRIQUILLA Y EL PAQUETE ESTÁ CON NICO!! ¡¡TITA NOE, NICO LO TIENE, LO TIENE NICO, ME HA MATADO EN LA QUILLA, TITA NOE, TITA NOE…!!
Una mano enorme la agarró de la camiseta.
«Quizás ella pueda usar la droga para cambiarla por mi hijo».
Fue su último pensamiento antes de que Rusky perdiera el control y la tirase dentro del pozo.

45.

Noelia.

En la sala de seguridad le trataron las heridas, aplicándole hielo en la mejilla y desinfectando el corte de la oreja. Le dolía muchísimo la cara y la notaba hinchada y entumecida, como si hubiera masticado una caja entera de aspirinas. Podía oír los gritos e insultos de Bertín en una sala contigua y aún no podía creer que ese hombre fuese su marido.
«Más de diez años con él y nunca sospeché que tuviera toda esa rabia dentro».
«¿Seguro que nunca lo sospechaste?».
Noelia no quería oír a esa voz. Esa voz quería decirle que en el fondo ella detectó esa parte violenta de Bertín y que le atraía. Que esa violencia era el contrapunto a su deseo de sensualidad femenina, aunque él nunca mostró esa brutalidad con ella, probablemente por estar cohibido ante la superioridad intelectual de Noelia.
«Basta. No quiero seguir por ahí, ¿también voy a ser yo la responsable de la inhibición de Bertín? Estoy harta de cargar con las mierdas de los demás».
Uno de los policías les estuvo preguntando a ella y a Carlos sobre lo sucedido, ambos pudieron convencerlo de que él solo actuó en defensa propia, aunque los testimonios de los agentes de seguridad que presenciaron el ataque tuvieron más peso en su defensa.
Bertín, en cambio, lo tenía más jodido. Había atacado a un par de agentes y los policías vieron en seguida que era el más peligroso y alterado de los tres, además, se le notaba a la legua que estaba colocadísimo. Cuando llegó la ambulancia los de urgencias terminaron de tratarles las heridas y a ella la pusieron en una camilla para llevarla al hospital, para examinarla y hacerle unas placas. Ella insistió en que no era necesario, pero Carlos, que la estuvo acompañando en todo momento, prácticamente la obligó a que subiese al vehículo.
A Bertín se lo llevaron más tarde en una «lechera» de la policía nacional.
Carlos tenía un feo corte en la mejilla y uno de los ojos se le estaba poniendo morado. Durante el trayecto en la ambulancia estuvo sujetando un paquete de hielo contra su cara y cuando habló su voz sonó apagada, filtrada a través de la bolsa.
—No puedo decir que haya sido un placer conocer a tu marido.
Noelia quiso sonreír, pero le dolía demasiado.
—Lo siento, Carlos. No sé qué le ha pasado. Él no es así. Es la primera vez que le veo comportarse de esa manera.
Carlos le tomó de la mano, acariciando con las yemas las callosidades que Noelia tenía en los dedos.
«El trabajo de jardinería en el parque está destrozando mis manos. Dentro de un par de años parecerán las de un albañil».
Pero a Carlos no parecía importarle.
La chica que les acompañaba en la parte trasera de la ambulancia tenía puesto unos auriculares conectados a su teléfono y no parecía prestarles atención.
«Tengo que decírselo ahora. No puedo esperar más. Carlos debió de escuchar a Bertín y no puedo dejar que empiece a hacer suposiciones. Tiene que saber la verdad cuanto antes».
—Carlos, ¿oíste a Bertín? Las cosas que me dijo, ya sabes… 
—Claro, como para no oírlo. No te preocupes, ese bestia solo quería hacerte daño. No le presté atención, aunque no pude soportar oír como te insultaba y tuve que responder —le besó la mano—. Soy todo un caballero —dijo con sorna.
—Era verdad. Las cosas que dijo, son ciertas.
Carlos parpadeó un par de veces, sin dejar de sonreír.
—¿Qué? 
Noelia se incorporó y torció el gesto al sentir un ramalazo de dolor en la espalda.
«Creo que también me he dañado algún disco al caerme».
—Carlos, lo que él dijo sobre otras mujeres, ya sabes… lo de lesbiana.
Carlos miró a la chica de la ambulancia y luego a Noelia.
—No te entiendo.
Noelia le apretó la mano.
—Me acuesto con mujeres. Me gustan. Me gustan las chicas, me gustan al igual que los hombres.
Carlos la miró atentamente.
—Eso… Eso no es malo. Quiero decir… que eso no es un problema. Bueno, al menos no debería serlo.
—Sí, tienes razón, pero el problema… —Noelia rectificó—. Mi problema, es que soy demasiado activa. Yo… Yo no te he sido fiel —Carlos comenzó a protestar y Noelia le puso una mano en los labios—. Déjame que lo explique, por favor. No hemos hablado de lo nuestro, y sé que ambos nos atraemos y nos gustamos más allá de lo físico. Yo te quiero, Carlos, y tú a mi, lo sé. Por eso… por eso siento que de alguna manera te he engañado.
—No digas eso, Noelia. No tenemos ningún vínculo, si tú has estado con… otras personas, yo no lo veo mal.
«¡¿Qué!? ¿Cómo que no tenemos ningún vínculo?!».
Noelia le soltó la mano.
—¿No tenemos ningún vínculo?
—Bueno, no estamos comprometidos ni nada por el estilo. Somos adultos y nos llevamos bien, nos acostamos y disfrutamos de nuestra compañía, pero… supongo que la libertad sexual aún es una opción entre nosotros.
—¿Así es como ves lo nuestro, Carlos? ¿Como una relación de follamigos?.
—No… sí… bueno, ¡no lo sé! Has sido tú la que dices que te has estado acostando con… otras personas.
—¿Otras personas? —Noelia se incorporó en la camilla y se sentó para enfrentarse a Carlos. La chica de la ambulancia se quitó los auriculares y le pidió que se acostase de nuevo, pero Noelia alzó una mano delante de su cara y se dirigió a ella con cara de pocos amigos—: Tú no te metas, guapa. Ponte esa mierda en las orejas y sigue con lo tuyo.
La chica miró a Carlos buscando apoyo, pero como no lo encontró se encogió de hombros e hizo exactamente lo que le pedía esa tía loca. Noelia se volvió hacia Carlos.
—¿Dices que me he acostado con otras personas? Sí, una de ellas era mi marido, el mismo que me acaba de partir la cara. ¿Sabes por qué me la ha roto? Porque me ha visto por segunda vez contigo. Sí, no me mires así. Esta mañana me ha dicho que sabe lo nuestro desde hace tiempo porque nos vio juntos una vez. Creo que esta mañana no me pegó porque no estaba lo suficientemente colocado.
—Noelia…
—Me puso un detective —Noelia alzó los brazos—. ¡Un detective!, ¿puedes creerlo? 
—Por favor, no me malinterpre…
—¿Quieres un vínculo? —lo interrumpió, enojada—. ¿Qué te parece que le hayamos estado poniendo los cuernos a mi marido durante meses? ¡¿Qué te parece dejar que mi matrimonio, que hace más de un año que se está yendo a la mierda, termine de romperse por acostarme contigo en lugar de intentar arreglarlo?! ¡¿Te parece suficiente vínculo?!
«Mierda de lágrimas, no quiero llorar, joder».
Pero no podía evitarlo. Carlos intentó tomarle la mano de nuevo, pero ella se la golpeó.
—No me toques. 
—¡No estas siendo justa! Yo nunca te… 
—¿Justa? —Noelia agitó la cabeza, negando—. ¡Hombres! Estoy harta de vuestro sentido de la justicia, harta de vuestro complejo de Edipo y harta de vuestra puta fijación por los pechos! ¡Estoy hasta el coño de hombres!
—¡Nunca te he sido infiel!
—¡Me importa una mierda, Carlos! Estoy hasta el coño de ti. ¡Estoy harta de ser tu puñetero trapo para que puedas secarte las lágrimas cada vez que tengas una crisis y no tengas a nadie al lado para consolarte! ¡Estoy harta de que no seas capaz de gestionar el dolor que sientes por la desaparición de tu hija y que lo proyectes contra ti mismo, bebiendo y haciendo que la gente que te ama sufra por ti! Joder, Carlos, ¡deja de ser un borracho de mierda y sé un hombre y afronta la muerte de tu hija de una puta vez!
Ambos se miraron a los ojos durante casi un minuto en silencio, jadeando y rumiando lo que acababan de decirse. Al final ella volvió a tumbarse en la camilla, colocando un brazo sobre su rostro, llorando.
—Lo siento —dijo entre sollozos—, lo siento.
Carlos negó con la cabeza.
—No. Tienes razón. Debería pasar página, olvidar todo el asunto de María y dejar de castigarme. En el fondo creo que me hago daño solo para que los demás también sufran conmigo.
Noelia se apartó el brazo de la cara y le miró con los ojos enrojecidos.
—La amabas demasiado Carlos, la amabas tanto que aún sigues guardando dentro de ti todo ese amor, esperando el día en el que puedas dárselo de nuevo… pero ese día nunca llegará, Carlos. Ella ya no está.
Él se frotó los ojos.
—¿No es esa la obligación de los padres? ¿Amar sin condición a sus hijos hasta el final?
La ambulancia se detuvo y Noelia quiso decirle que el amor por obligación no es amor, pero las puertas se abrieron y los chicos de urgencias los llevaron al interior del hospital, separándolos.
Mientras le hacían las placas del cráneo se preguntó dónde estarían Francesca y Quino.
«Tan solo espero que realmente haya robado esas joyas. No soportaría la idea de que les hayan secuestrado de verdad o de que alguien les haya hecho daño».

continuará...

©2020 Kain Orange

miércoles, 29 de julio de 2020

Sofía crece 3, parte X


40.

Sofía.

El centro comercial estaba bastante concurrido a pesar de ser día laboral. Era verano y había mucho turista y veraneante que aprovechaba la media jornada para ir a la playa por la tarde, pasando antes por el supermercado a comprar viandas playeras. Sofía no recordó cuando fue la última vez que fue a la playa. Al pensar en probarse su antiguo bañador se sonrojó.
«Con esta tripita y este culo parecería una morcilla».
Miró a Carlos, que caminaba a su lado, y pensó que no le importaría ir a la playa con él.
«Haría top-less para verle la cara que pondría cuando me viese las tetitas».
¿Se pondría cachondo? Seguro que sí. A los hombres les gustan las tetas. Las suyas eran pequeñas, pero muy firmes y duras.
«Con el aire del mar se me pondrían los pezones tiesos. Luego me tumbaría boca abajo, me metería el bañador en la raja del culo y le pediría que me diese crema en…».
—¿Sofía? —era la voz de una mujer.
La chica se detuvo en seco. Carlos dio un par de pasos más antes de detenerse y girarse para ver a la dueña de la voz.
—¡¿Sofía?! ¿Qué haces aquí?
Sofía se giró.
—¿Mamá?
«No puede ser».
Su madre iba con un carro de la compra cargado hasta arriba y miraba alternativamente a su hija y al hombre desconocido que la acompañaba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Sofía.
—Eso te acabo de preguntar yo. ¿Dónde has estado metida todo el día? —miró a Carlos y frunció el ceño. Luego se dirigió de nuevo a su hija—. ¿Sabes que los de tutoría nos han llamado hoy?
«Mierda».
—¿Tutoría? No, no sé nada de eso… mamá, de verdad. He estado… he tenido que saltarme las clases hoy. La hija de Alberto —señaló a su acompañante—, es mi compañera en el trabajo de final de curso y… y estamos en su casa, terminando el trabajo porque estamos muy retrasadas, pero necesitábamos… necesitamos algunos materiales. El papá de Celeste nos ha traído en su coche.
Carlos giró la cabeza muy despacio hacía Sofía. Ella le miró de reojo, pero no dijo nada más. Carlos miró a la madre y le ofreció la mano.
—Hola, soy Alberto, el padre de Celeste.
La madre dejó en el aire la mano de Carlos durante varios segundos hasta que se la estrechó brevemente tomándola por los dedos, aunque ella no se presentó.
—¿Se puede saber por qué no has llamado en toda la mañana? ¿Y qué quiere decir eso de que no sabes nada de tutoría? ¡Llevas faltando casi todo el semestre!
Sofía se hizo la sorprendida.
—¡¿Que qué?! ¡Imposible! Pero si no he parado de estudiar en clase. Estamos terminando el curso y vamos a tope. Debe ser un error, mamá, de verdad. Mira, si tengo aquí los libros y todo.
Sofía metió la mano en la mochila y le enseñó fugazmente los dos libros de bolsillo que había cogido esa mañana.
La madre miró atentamente a su hija con el ceño fruncido, la sorpresa había pasado al enojo y éste, poco a poco, a la ira.
—Te han abierto un expediente, Sofía. Llevan días intentando ponerse en contacto contigo. No has ido ni un solo día en los últimos tres meses, nos has mentido a nosotros, has mentido al instituto, has falsificado nuestras firmas, ¡y les diste un número de teléfono de contacto que no era el nuestro para hacerte pasar por tus padres!
«No, no, no, no…».
La madre miró a Carlos, aunque las palabras eran dirigidas a su hija.
—Dentro de dos días tenemos una vista con el instructor del expediente, aunque ya te digo que no importará lo que diga —volvió a mirar a Sofía—: para ti se acabó. La semana que viene te vas a trabajar al semillero de tu tía.
Sofía se quedó de piedra, sin saber qué decir, con la cara ruborizada y los muslos temblando. Carlos carraspeó.
—Disculpad, pero tengo que ir a por Celeste. —Antes de irse le echó una mirada bastante elocuente a Sofía y ella lo odió con todas sus fuerzas.
«Huye, cobarde».
Los clientes pasaban al lado de ellas, ajenos a la pequeña tragedia.
—¿No tienes nada que decir? —la madre golpeó el carrito con las dos manos—. Tampoco hace falta que digas nada —miró a la espalda de Carlos, que se alejaba hacia la zona de restauración—. ¿Y ese quien es, eh?, ¿tu nuevo novio? ¿No es un poco mayor para ti? ¿Eso es lo que has estado haciendo todas estas semanas mientras tus padres se mataban a trabajar para pagarte los estudios? ¡¿Follando con uno que podría ser tu padre?! —Varias cabezas se giraron hacía la voz.
Sofía estaba ruborizada hasta las orejas, le temblaba la barbilla y tenía los ojos vidriosos.
«No es justo, no es justo».
—¿No puedes esperar a que te lo explique en casa, mamá? ¿Tienes que avergonzarme en público?
—¿Explicar? ¿Qué tienes que explicar? ¡No hay nada que explicar! Esta todo muy claro, hija mía. Si tanto te picaba el chocho te podías haber buscado a uno de tu instituto, ¡así al menos no hubieras faltado a las clases!
Sofía escuchó un par de risas cerca.
—¿Podrías bajar la voz, por favor, mamá? —Sofía se apartó un par de lágrimas con la palma de la mano–. ¿Podríamos ir a otro sitio?
—Claro que vamos a ir a otro sitio. A casa. A casa, Sofía, que ya está bien, ¡ya esta bien de que nos tomes por tontos! ¡Que estamos hartos de que hagas lo que te de la gana!
—Eso, ¡grita! Grita fuerte, que se entere todo el mundo. ¡Grita! ¡Eso es lo único que sabes hacer bien! ¡Tú y papá! ¡Yo sí que estoy harta de vosotros, de vuestras peleas y de vuestra mala leche!
—A mi no me grites, eh —dijo su madre mientras le apuntaba con un dedo.
—¿Por qué no? Ya deberías estar acostumbrada, mamá.
Un guarda de seguridad se acercó.
—Disculpen, ¿les importaría bajar el tono de voz? Están en un espacio público.
La madre de Sofía se encaró con él.
—Yo hablaré con mi hija como a mi me dé la gana, y haga el favor de no meterse donde no le llaman.
—No mamá, a mi no me vas a hablar como a ti te dé la gana, eso se acabó. Ya no soy ninguna niña.
La madre se volvió hacía ella.
—¡Tú te callas! —Algunos curiosos se pararon alrededor.
El segurata insitió.
—Señora, no grite a la muchacha, que la está dejando en evidencia.
—Pero bueno, ¿quien te has creído que eres tú, mamarracho?
Sofía contempló como su madre y el de seguridad iban escalando poco a poco el nivel de violencia verbal.
«Esto no me puede estar pasando».
Hastiada, con los ojos bañados en lágrimas, los dejó allí discutiendo entre ellos y corrió hacía los servicios públicos. Se encerró en uno de los cubículos y lloró de forma desconsolada hasta que le dolió la garganta.
«Soy un fracaso. No valgo para nada. ¿Qué hago aquí? No valgo para estudiar, ni para trabajar, ni para nada. Solo pierdo el tiempo, dando vueltas, engordando, soñando despierta y haciéndome pajas por las noches. No tengo amigas, ni novio, ni futuro… No soy nada».
«Nada».

 41.

Carlos.

Aquello era demasiado violento. Le hubiera gustado quedarse para apoyar a la muchacha, pero apenas la conocía y estaba claro que su presencia allí solo empeoraría la situación.
«Noelia hubiera sabido manejarla. Hubiera calmado a la madre y consolado a la chica, incluso les hubiera aconsejado sobre cómo solucionar ese embrollo».
Echó un vistazo alrededor de la galería comercial, buscando el logotipo del cáctus sonriente del «Taco Mío». Cuando lo encontró miró las mesas que había fuera pero no vio a nadie que conociese. Pasó dentro del restaurante y escogió una mesa mediana. Estaba convencido de que Sofía se libraría de su madre y que se uniría a ellos tarde o temprano.
«Esa chica tiene una fijación por Noelia. Nadie va a casa de una amiga sin conocer su dirección, y si Noelia no se la dijo fue porque no se tenían tanta confianza. Aunque se equivocó de dirección, Sofía debió de averiguarla por otros medios».
        Esa tenacidad le recordó un poco a él mismo, cuando era periodista y ejercía de redactor y tenía que indagar e investigar para documentarse.
—Carlos.
La voz de Noelia le llegó desde atrás. Se giró y la vio a pocos pasos. Estaba muy atractiva. Sin decir nada más se abrazaron y él no pudo evitar la erección al sentir entre sus brazos las curvas familiares y turgentes. Se besaron sin lengua y se miraron a los ojos. Una vez más hablaron al mismo tiempo.
—Carlos, siento muchísimo no haber estado ahí, han pasado…
—He decidido acudir a ese especialista, no puedo…
Ambos se callaron sin dejar de mirarse a los ojos, sonriendo. Noelia le volvió a besar.
—Pidamos algo primero.
Carlos le tomó de la mano y ella apretó sus dedos con fuerza.
«Dile que la amas, Carlos. Díselo hoy, ahora. No esperes más, tío».
Se sentaron a la mesa y Carlos abrió la boca, pero Noelia se adelantó.
—¿Dónde está Sofía?
Carlos torció el gesto y negó con la cabeza.
—Hmmm… Verás, se ha encontrado con alguien conocido en la entrada. Su madre.
Noelia reflexionó durante dos segundos y alzó las cejas.
—¿Su madre?
—Sí. El encuentro no ha sido muy feliz que digamos ¿Sabías que la chica lleva meses sin acudir al instituto?
Noelia se tapó la boca con la mano.
—Oh, no. Su madre lo ha descubierto.
—¿Tú lo sabías? —Carlos se sorprendió.
—Sí… No… bueno, lo sospechaba. Ella iba siempre al parque en horas lectivas, pero no quise preguntarle para que no se sintiera…
Llegó una chica para tomarles nota y la interrumpió. Carlos pidió algo contundente con mucha carne y Noelia ensalada. Carlos retomó la conversación.
—Igual deberías haberle preguntado. La cosa parece sería. La han expedientado y la madre quiere que deje los estudios para ponerla a trabajar.
Noelia se frotó las sienes y cerró los ojos.
—Mierda. Pobrecilla. Eso la va a dejar muy mal.
Carlos la observó.
—Exactamente, ¿de qué va lo vuestro? ¿Sois amigas de verdad o simplemente era algún rollo tipo hermana mayor/hermana pequeña?
        Noelia miró por el ventanal, viendo pasar a la gente cargada de compras. Carlos no lo sabía, pero ella estaba pensando en la discusión con Bertín y en sus «novias» de Tinder, las chicas con las que quedaba de vez en cuando o con las que se masturbaba a través de mensajes y vídeos. Al cabo de unos segundos miró a Carlos.
—Verás, precisamente de eso también quería hablarte, de mi… situación con esa chica. Es algo complicado, Carlos, y no sé si este es el lugar más indicado para hablar de ello, pero hoy han pasado muchas cosas —Noelia rió con amargura—, cosas increíbles. Creo que necesitas saber algo sobre mí, algo que te he ocultado y que… —Noelia respiró con fuerza—, es algo que de alguna manera tiene que ver con esa chica.
—Me he perdido Noelia.
La mujer pasó un brazo por encima de la mesa y le tomó la mano.
—No quiero perderte, Carlos. Sé que al principio solo eras una especie de… experimento —Carlos se rió—, un sujeto con tendencias destructivas y un cacao mental muy atractivo…
—Gracias.
—…Que despertó mi espíritu maternal y mis ganas de… de arreglar esto —Noelia le dio un golpecito en la frente con un dedo—, pero ya sabes que me he encariñado contigo.
—Noelia…
Ella le apretó aún más la mano.
—Sí, Carlos, tú sabes que me gustas mucho más allá de lo físico… Y sé que el sentimiento es mutuo, aunque te de miedo reconocerlo…
—¡¿Noelia?! —La voz, masculina, no era de Carlos.

42.

Noelia.

Noelia se giró hacía el origen de la voz y sintió el impacto de un puño en la mejilla. Calló hacía atrás, tirando del brazo de Carlos y arrastrándolo al suelo con ella involuntariamente. Algo se movió dentro de su boca, probablemente un empaste. La sangre tenía un sabor metálico muy desagradable.
Escuchó gritos alrededor y percibió mucho movimiento. Abrió los ojos y pudo ver como se acercaba un zapato de piel marrón directamente hacía su cara. Por puro acto reflejo giró la cabeza y la patada le alcanzó en el oído izquierdo. Noelia chilló.
—¡PUTA!
Bertín se agachó y le agarró la camiseta, tirando de ella mientras lanzaba su mano abierta contra la cara de su mujer. Carlos se incorporó en el suelo y consiguió cogerle el brazo antes de que la golpease. Bertín giro su rostro enloquecido hacía Carlos, soltó la camiseta de su mujer y le dio un puñetazo en la cara con esa mano.
Nuria, desde fuera del local, gritaba a su amante con todas sus fuerzas, con el cuello lleno de tendones.
—¡¡PARA, BERTÍN, PARA!!
Carlos y Bertín se enzarzaron en el suelo, agarrándose y dándose ostias y patadas al tuntún, en un caos de brazos y piernas. Algunos clientes trataron de separarlos mientras que otros atendían a Noelia. La cara se le estaba hinchando y el oído le sangraba debido a un feo corte en la oreja. Estaba mareada, pálida y cubierta por un sudor frío. La ayudaron a incorporarse y pudo ver como Bertín tenía cogido a Carlos por el cuello, con una rodilla puesta sobre su pecho mientras los espontáneos trataban de quitarlo de encima.
Noelia empujó a los que la estaban sosteniendo y dio una zancada hacia Bertín, golpeándole la cabeza con el pie.
—¡Hijo de puta, suéltalo!
Un par de guardias de seguridad acudieron alertados por el tumulto y trataron de separarlos, pero Bertín y Carlos siguieron con la refriega hasta que llegaron más guardas, esta vez acompañados por los dos policías asignados al centro comercial.
—¡CERDA, BOLLERA DE MIERDA, LESBIANA! —Bertín estaba fuera de sí— ¡¿No tenías bastante con hacerle la tijera a esas putas?! ¡También me tienes que poner los cuernos con este come mierdas!
Bertín se deshizo de los guardas que lo tenían sujeto y agarró lo primero que vio encima de la mesa, el bolso de Noelia, y se lo tiró a la cabeza. Ella se giró, pero no le dio tiempo a esquivarlo. El bolso le dio en la espalda y se abrió, haciendo que todo el contenido del mismo rodase por el suelo.
Uno de los guardas sacó la porra y le propinó un golpe a Bertín en el brazo, pero éste se revolvió, le arrancó la porra de la mano y comenzó a darle golpes con ella. Carlos le hizo la zancadilla y Bertín calló de rodillas. Los policías consiguieron reducirlo. Otra pareja del Cuerpo acudió y siguiendo las indicaciones de los guardas de seguridad tomaron a Noelia y a Carlos y se los llevaron, junto a Bertín, hasta las dependencias de seguridad del centro comercial.
Nuria había desaparecido, alejándose de toda aquella locura y diciéndose a si misma que jamás volvería a acercarse a Bertín.


43.

Sofía.

Salió del cubículo deprimida y triste. Mientras se lavaba la cara contempló su imagen en el espejo.
«Fea, gorda, inútil. Sin trabajo, sin estudios, sin amigos, sin nada. Sólo tus libros y tu caligrafía».
Pensó en Carlos y en cómo se lo encontró esa mañana.
«Un tío como ese se despierta desnudo al lado de una chica y ni siquiera intenta acercarse a ella… Eres tan fea y tan inútil que no sirves ni para que te violen».
Sofía estuvo así varios minutos, auto compadeciéndose y dejando que la desdicha le carcomiese el alma.
«Carlos al menos tuvo el valor de intentar quitarse de en medio».
Sofía pensó que esa salida podría ser factible también para ella. No tenía nada que perder. Nadie la iba a echar de menos tampoco.
«Noelia sí».
«¿Seguro?».
«No, no estoy segura, pero podrías comprobarlo. Habla con ella. Habla con ella una última vez, después puedes hacer lo que quieras. No hay prisa».
Al salir de los baños públicos escuchó un tumulto proveniente de la zona de restauración. Sofía fue hasta allá y descubrió que precisamente en el «Taco Mío» había una trifulca. A pocos metros de la puerta se detuvo espantada al reconocer las voces y gritos de dos de las personas.
«¡¿Noelia, Carlos…?!».
Desde allí pudo ver el resto de la riña, totalmente conmocionada. Excepto las peleas verbales de sus padres, nunca había presenciado la violencia física entre adultos. Era algo dantesco y bochornoso, irreal. Se quedó sin habla y no supo reaccionar. Ninguno de ellos se percató de su presencia. Cuando todo acabó, Sofía, llorando, se acercó a la mesa donde habían estado sentados y habló con los empleados para decirles que era amiga de ellos. Luego recogió las pocas pertenencias de Noelia que habían quedado olvidadas por el suelo.
La voz de un chico joven la sorprendió.
—¡Hey! ¿Eso es tuyo?
Sofía se incorporó asustada, con los objetos apretados contra su pecho. Era un chaval de unos veinte años, muy alto, delgado y de espalda ancha. También tenía un serio problema de acné. Sofía se apartó las lágrimas de la cara antes de hablar.
—Son de una amiga. Ha tenido una pelea y se le han caído.
Tony la miró desde arriba, con el ceño fruncido.
—¿Tu amiga, la de la pelea?
Sofía se encogió de hombros.
—Sí, Noelia —Sofía ignoró al chico y siguió buscando por el suelo.
—¿Tu amiga se llama Noelia? Yo me había citado aquí con una mujer que también se llama igual. Me dijo que había quedado con unos amigos. ¿Eras tú?
La chica dejo de buscar y miró a Tony fijamente.
—¿Tú la conoces? 
—Más o menos. La conocí esta mañana. Me dijo que viniese aquí. Teníamos que hablar de algo importante. Yo también he visto la pelea, pero… no quise meterme.
El chico no era guapo, pero tampoco era muy feo. El problema era esa cara llena de granos.
—Yo también quería hablar con ella, pero se los han llevado detenidos.
—¿Detenidos? No, los habrán metido en la sala de seguridad, para hablar con ellos primero. Yo lo sé porque… —Tony apartó la mirada, azorado—, bueno, porque es lo que suelen hacer. —Tony no quiso decir que a él le pillaron alguna que otra vez robando—. Yo vi la pelea. Al que seguro que sí detienen es al que iba bien vestido. Ese empezó todo. Le dio fuerte a tu amiga, ¿sabes?
Un teléfono sonó cerca. Era una melodía estándar. Sofía y Tony miraron alrededor y la chica descubrió un móvil tras una maceta, en el suelo. Se agachó y lo reconoció como el móvil de Noelia. Miró el contacto de la llamada entrante. 
«¿Francesca? ¿Quien será?». 
Pulsó el icono de llamada y se llevó el teléfono al oído.
—¿Diga?
Al principio no escuchó nada más que ruido y estática, así que salió fuera del local, a la galería. La recepción mejoró y Sofía escuchó la voz de una chica. Sonó muy cercana, estridente, muy fuerte pero con interferencias, con un tono de pánico tan crudo y desesperado que Sofía se asustó.
—¡¡…TITA NOE, NICO LO TIENE, LO TIENE NICO, ME HA MATADO EN LA QUILLA, TITA NOE, TIT…!
La llamada se cortó.
Sofía miró con ojos espantados a Tony. El chico la miró extrañado, con curiosidad.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó—. Parecía que alguien estaba gritando.
—No… No lo sé. Era una chica joven. Gritaba y creo que lloraba. Una broma pesada, seguro.
Tony abrió los ojos como platos.
—¿Una chica joven? ¿Qué ha dicho?
Sofía se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—No sé, cosas sin sentido.
El chico se acercó a Sofía y le quitó el móvil de las manos.
—¡Hey! ¡¿Qué haces?!
El teléfono usaba un bloqueo sencillo, sin huella, solo había que deslizar el dedo por la pantalla. Tony buscó en el historial de llamadas.
—¡Francesca! ¡Era ella! —miró a Sofía—. ¿Qué te ha dicho?
—No lo sé, gritaba cosas raras. Devuélveme eso, por favor.
—No, mira, esto es muy importante. Esta chica es la sobrina de Noelia. Yo la atropellé y luego la acusaron de robar a su tía. Tiene un bebé y están desaparecidos…
Tony se calló al ver la expresión de enfado de Sofía.
—¿Me devuelves el móvil, por favor? —repitió.
—Sí, claro, lo siento —Tony le dio el móvil—. Perdona. Por favor, ¿podrías recordar lo que ha dicho esa chica?
Sofía negó con la cabeza.
—No lo sé. Parecía asustada. Me ha dado miedo. Decía…
«Nico».
—Dijo que lo tenía Nico. «Lo tiene Nico, lo tiene Nico», quizás decía «chico». Luego dijo que la habían matado.
Tony abrió la boca, incrédulo.
—¿Que la habían matado?
—Sí, eso creo que dijo. Dijo «me ha matado en la quilla», o puede que dijera «en la silla». No lo sé. Fue muy raro. A lo mejor dijo «me han atado a la silla» o algo así.
Tony se pasó las manos por la cabeza, intentando pensar. Sofía miró el móvil.
«Francesca. ¿Quien será?».
—¿Quien es esa chica? —preguntó a Tony—. Pareces conocerla.
—Ella es… —Tony recapacitó—. Es una historia larga y complicada.
—Puedes contármela, tengo tiempo.
—¡Pero ella a lo mejor no! —Tony agitó las manos, nervioso—. Tu amiga me dijo… —miró al techo con los puños cerrados, dudando de si debía decirlo—, me dijo que a Francesca podían haberla secuestrado. ¡Sé como suena, lo sé!, es una locura, pero eso fue lo que me dijo y yo la creo, sobre todo después de esa llamada —Tony, que jamás había tocado a una chica, le puso las manos en los hombros a Sofía—. Por favor, confía en mi. Tenemos que hablar con tu amiga, con Noelia. 
Sofía se encogió de hombros mientras negaba con la cabeza.
—¿Un secuestro? Eso es muy grave, si es verdad habría que hablar con la policía, no con Noelia.
Tony soltó a Sofía y se pasó la mano por el cabello, nervioso, caminando por la galería a grandes trancos, pensando.
—La policía no hará nada. No nos creerá. Tu amiga Noelia habló con ellos cuando desapareció Francesca y le dijeron que era una ladrona. Yo no sé toda la historia, por eso vine aquí, para que ella me la contase. Sé que la policía piensa que Francesca robó a tu tía y huyó, pero tu amiga piensa que en realidad la secuestraron, ¡no me mires así!, eso fue lo que ella me dijo.
—Tú la crees.
—Sí.
—Todo esto es muy raro, tío, deberíamos… —Sofía se calló cuando miró a los ojos de Tony.
«Está a punto de llorar. Madre mía, está a punto de echarse a llorar».
Tony tenía los ojos vidriosos, inyectados en sangre y con los lacrimales cargados. Se mordía el labio constantemente y se agarraba las manos con nerviosismo. Sofía se acercó a él y le puso una mano en el brazo.
—Oye, tranquilo. Está bien, yo te creo.
—Sí, tú me crees, pero la policía no lo hará. ¿Qué le voy a decir? «Hola señor policía, resulta que me he encontrado este móvil, que por cierto, es de una mujer que acaban de detener por una pelea en un restaurante, y resulta que ha llamado una chica acusada de robo diciendo unas palabras sin sentido. Yo creo que era una llamada de auxilio porque pienso que está secuestrada. No, señor agente, no la conozco de nada. Bueno, sí, de haberla atropellado esta mañana, a ella y a su bebé».
Cuando terminó de hablar dos lágrimas intentaban bajar por sus mejillas, pero los granos dificultaban el viaje.
Sofía lo miró en silencio durante largo rato.
—¿La atropellaste? —dijo al fin.
Tony puso los ojos en blanco y por primera vez sonrió. Sofía pensó que tenía una sonrisa muy atractiva.
—Sí, la atropellé. Fue un accidente. Ya te dije que era una historia larga.
Sofía reflexionó mientras le daba vueltas al móvil.
«Todo esto es muy raro. No me entero de nada. Esto es de locos. El tío de la pelea debía de ser el marido de Noelia. Había una chica fuera que gritó su nombre. Además, todas esas cosas horribles que le dijo…».
«Puta, lesbiana, bollera…».
El corazón de Sofía se aceleró.
«Entonces era cierta mi corazonada, no eran imaginaciones mías, yo le atraía».
Tony le estaba preguntando algo.
—Perdona, ¿podrías repetirlo?
—He dicho que me llamo Tony.
Sofía pareció azorada.
—Yo soy Sofía.
—Sofía, creo que voy a buscarla por mi cuenta. A Francesca.
—¿Tú solo?
—Sí… bueno, conozco a alguien que me puede echar una mano, pero necesitaría ese móvil.
Sofía frunció el ceño.
—No. El móvil es de Noelia.
—Lo necesito, Sofía. No soy un ladrón. Lo devolveré, pero es la única pista que tengo.
—No —Sofía apretó el teléfono contra su pecho—. Si quieres yo te acompaño, pero el móvil no te lo doy.
Tony y Sofía se enfrentaron, él, mucho más alto, la miraba desde arriba y ella intentaba no desviar la mirada hacia un grano especialmente gordo que tenía el chico en la frente.
—Vale —accedió finalmente Tony—. Voy a llamar a Cándido, él me echará un cable. Quizás tengamos que ir a su casa.
Sofía dudó. «¿Qué pasa con Carlos y Noelia? ¿Los voy a dejar así, sin más?». Luego pensó que no podía hacer nada al respecto. Tampoco sabía qué iban a hacer los de seguridad con ellos y cuanto tiempo tardarían en salir, si es que lo hacían.
«Además, te mueres de curiosidad por conocer la historia de esa Francesca y lo de ese secuestro, el robo, el atropello y todo lo demás».
—De acuerdo —dijo al fin—, te acompaño.
Tony suspiró aliviado.
—Gracias, Sofi.
La chica lo miró con el gesto torcido. Era la primera vez que la llamaban así. 
—Oye, ¿quien es ese Cándido? —preguntó Sofía.
—Bueno, Cándido es un amigo… especial. No te asustes cuando lo veas.
Se encaminaron a la salida y al llegar al destartalado Citroen de Tony oyeron la sirena de una ambulancia.
—Creo que esa es para tu amiga —dijo Tony.
Sofía sintió una punzada en el pecho: «No debería irme. Tendría que buscarla y darle el móvil, seguro que lo necesita».
Pero algo le hizo seguir adelante: abandonarla y llevarse el móvil era una especie de mezquina venganza. Sofía tenía celos, celos de Carlos y de las otras chicas.
«Ese hombre, su marido, la llamó lesbiana y bollera. “¡¿No tenías bastante con hacerle la tijera a esas putas?!”, eso le dijo».
Sofía pensó que, aunque no se consideraba lesbiana, no le hubiera importado dejar que Noelia frotase su vulva contra la suya.
—Vámonos, Tony. Ya tiene a alguien que se ocupará de ella —dijo pensando en Carlos.
El chico arrancó el coche y Sofía se dejó llevar en silencio hacia el sol de la tarde.

Continuará...

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