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viernes, 16 de abril de 2021

ESPERMA (17)

 17


VÍCTOR



Cuando salió de la casa de Carla Víctor tuvo un lunes muy ajetreado, yendo de un lado para otro, recogiendo materiales, preparando varios trabajos que tenía pendientes y atendiendo llamadas a proveedores. Aún así, no podía quitarse de la cabeza lo que había hecho esa mañana. Estuvo excitado y nervioso, fantaseando con esa chica y el cesto de ropa sucia. Al mediodía trató de aliviar un poco la tensión en el gimnasio, moviendo hierros y levantando pesas como un animal, pero fue todavía peor.

El esfuerzo físico, la liberación de energía, el dolor muscular, el sudor, el jadeo y las respiraciones agitadas… todo eso le recordaba al sexo; y el ambiente que le rodeaba era aun peor: chicas con ropa ajustada en posturas sugerentes, sudando, con el cabello húmedo, mostrando sus cuerpos perfectos…

Decidió tomarse el resto de la tarde libre y la dedicó a beber cerveza y a ver viejas películas de cine negro. A Víctor le encantaban esas historias de tíos solitarios, de tipos duros golpeados por la vida sin nada que perder y menos aún que ganar, antihéroes, luchadores, buscavidas; hombres con los sentimientos endurecidos a base de puñetazos emocionales, que han visto tantas injusticias y penurias que pareciera que nunca podrían volver a sentir algo por nadie más que no fuera por ellos mismos.

Pero Víctor no podía centrarse. Su mente volaba una y otra vez a ese baño y a esa chiquilla, Carla. Recordaba el cuerpo menudo y bien proporcionado, los delicados pies desnudos acariciando el suelo, la corta melena de brillante color caoba y los glúteos firmes, redondos, prietos. Perfectos.

Ya se había hecho de noche y su mente viajaba hasta esa chica de ojos castaños, pechos respingones y muslos de seda. Víctor no podía dejar de pensar en que él había saboreado los efluvios más íntimos de esa joven criatura tan hermosa y delicada. El contraste entre el fuerte olor a coño que desprendía el pantalón y la imagen virginal de la chica provocaban en Víctor una excitación y un morbo como nunca antes había sentido.

Lo peor era que al día siguiente volvería a encontrarse con ella, siempre y cuando los padres aceptasen el presupuesto para colocar la mampara, claro está. Pero sabía que el precio era justo y que ellos le contratarían. Víctor no pudo evitar empalmarse al imaginar un nuevo encuentro con Carla.

Apagó la televisión y cerró los ojos, recostado en el cómodo sillón de piel de su salón. Era una estancia amplia y bien iluminada, libre de muebles, pues casi toda ella estaba acondicionada como un pequeño gimnasio, lleno de maquinaria y bancos para pesas. También había un enorme televisor colgado de la pared, una pequeña mesita y una par de sillones, muy caros. También tenía una estantería repleta de novelas policíacas y discos de los ochenta.

Iba vestido únicamente con una camiseta de tirantes y un pantalón de deporte que mostraba una tienda de campaña en la entrepierna, evidenciando la fuerte erección que sufría.

Soñó con la posibilidad de encontrar braguitas y sostenes de Carla en aquella cesta, prendas usadas, manchadas de sudor y flujos, olorosas y sucias. También pensó sobre el asunto aquel de los algodones y la compresa, recordando las dos manchitas secas de sangre menstrual que había en una de las sábanas, un par de manchas rodeadas por otra mucho más extensa de sudor y fluidos vaginales.

«Si eran de ella —pensó Víctor—, ¿por qué haría algo así?, ¿por qué tiró todo eso por la ventana?».

A pesar de no estar seguro de si eran de ella o si las tiró la propia Carla, Víctor asumió esa posibilidad, fantaseando, aplicando una burda serie de deducciones, inspirado por su detectivesca afición a las historias policiales.

«Era de madrugada. Noche cerrada. La chica sola, en su cuarto, despierta. Esa noche hacía muchísimo calor, yo no podía dormir así que puede que ella tampoco… ¿Qué hizo? Esa apestosa mancha de humedad tan grande en la sábana… ¿Se masturbó? Es posible. Quizás se quitó la compresa para poder tocarse mejor. ¿Y luego?, ¿la pequeña Carla se hizo una pajita y se manchó un poco con su regla?».

Mientras pensaba en todo eso Víctor se masturbaba con lentitud, acariciando el grueso falo con suavidad.

«Se ensució un poco, ¿y qué hizo? Limpiarse y tirar los algodones por la ventana… ¿Por qué, por qué hizo una cosa tan… Tan guarra?».

Víctor se excitó muchísimo más. Sintió un vahído muy fuerte al pensar en que esa muchachita tan linda y educada pudiera hacer algo tan sucio como tirar sus compresas manchadas a la calle. ¿Por qué haría algo así?

«Estaba sola, desnuda, masturbándose excitada, cachonda y manchada, estaba sucia… Sucia. Sí. Se sentía sucia e hizo algo más sucio todavía porque… Porque le excitaba. Le excitaba hacer una guarrada y sentirse más sucia todavía».

Mientras Víctor se pelaba el grueso pollón pensó que esa chica y él no eran tan distintos. A ambos les gustaba hacer cochinadas y excitarse con cosas sucias. Aunque Víctor aprendió hace muchos años que la menstruación no tiene nada de «sucio». Sus amigos se sorprendían cuando él les decía que le gustaba hacer el amor con Lucía (su exmujer) cuando ella tenía la regla. Incluso sexo oral.

—Sólo es sangre —les decía con una sonrisa—. ¿Acaso vosotros no os chupáis la sangre de un dedo cuando os hacéis un corte? La única diferencia es que huele a coño. Además, seguramente tendrá menos bacterias que vuestros dedos, que habrán estado todo el día rascando culos y hurgando narices.

Víctor soñó con el día siguiente, con entrar en ese baño de nuevo para rebuscar entre las prendas sucias de Carla. Entonces recordó el momento en el que él se corrió como un cerdo sobre aquél pantalón, dejando pegotes de esperma por toda la ropa. El ritmo de su mano aumentó al pensar que la chica tocaría su semen cuando hiciera la colada.

El hombre fantaseó con que al día siguiente él le confesaría lo que había hecho. Se lo diría y se lo enseñaría, le mostraría a esa chiquilla lo mucho que le gustaba oler y besar las manchas secas que había dejado su chochito en las bragas. Soñó con una jovencita escandalizada, pero tan excitada y cachonda que ella misma se quitaría la ropa interior delante de él para dársela y que le demostrase que era verdad lo que decía.

A Víctor le gustaba mucho su polla. No era muy larga, pero tenía un diámetro prodigioso, como un salami gordo y macizo, con unas venas enormes y una cabeza morada grandísima, dura como una roca. Lucía intentó en un par de ocasiones metérsela por el culo, pero nunca conseguía relajarse lo suficiente y no logró ser sodomizada. En estos momentos la manaza de Víctor apenas podía abarcar semejante cañón y los tirones que se daba en el rabo amenazaban con arrancarle el pellejo del prepucio.

Víctor imaginaba a la pequeña Carla semidesnuda, con su apestoso chochito al aire, mirándole mientras él se comía sus braguitas sucias. Recordó que esa mañana vio en el pantalón algunos pelos rizados oscuros, y supuso que la chiquilla debía de tener el chochete peludito, y así la imaginó, con la camiseta holgada cubriendo esas pequeñas y tiesas tetitas, con los muslos lisos y torneados brillando sedosos bajo la luz del baño y con la oscura pelusa de su coño asomando entre ellos.

En su fantasía Víctor le pedía permiso a la nena para poder usar sus braguitas y masturbarse con ellas, puesto que el olor de sus flujos vaginales le había excitado mucho y necesitaba desahogarse. La pequeña Carla, modosa y educada, aceptaba, pero con la condición de que tuviera cuidado con ellas y no las rompiese.

La dulce Carla se asombraría mucho al ver el enorme salami asomando por la bragueta de los vaqueros y de su boquita saldría un excitado jadeo al ver como sus bragas se pegaban en el gordo glande.

En el mundo real Víctor se masturbaba al mismo ritmo que su «yo» imaginario, escupiéndose de vez en cuando en la mano para lubricarse el cipote. Por desgracia, en su fantasía la polla y las bragas se secaban rápidamente debido a la fricción, y el Víctor imaginario se lo mostraba a la pequeña mirona:

—Lo siento —le decía enseñándole las bragas—, pero se han secado.

—No se preocupe —decía Carla señalando su almejita—, aquí tiene usted más. Puede mojarlas aquí si quiere.

Víctor le obedecía y le pasaba la braguita por el coño, recogiendo el abundante flujo que rezumaba de los tiernos labios para luego envolverla alrededor de su tiesa polla, masturbándose delante de Carla.

—Si lo desea puede mojar su cosa directamente aquí —le decía la muchacha, encogiéndose de hombros tímidamente, señalando una vez más su hinchado chochito.

En su imaginación Víctor aceptaba la propuesta y flexionaba las rodillas para poder meter el enorme bálano entre los labios vaginales, despegándolos con la punta del nabo, escuchando el pegajoso chapoteo que le salía a la niña de allí debajo, restregándole el pollón por la raja para que la mucosa vaginal le empapase el rabioso tronco.

—Dentro lo tengo más mojado —gemía la excitada muchacha, invitándolo de esa manera a que le hundiese el rabo dentro de ella.

Víctor la perforó despacio, dejando que la estrechez de su cerrado coñito se adaptase al formidable diámetro de su pene. Cuando sus cojones se aplastaron contra los labios vaginales siguió empujando, levantando a la chiquilla en vilo, agarrándola por las nalgas, obligándola a que se abriera de piernas.

La apretada rajita oprimía el grueso pollón con fuerza, pero afortunadamente la sucia vagina de esa cerdita no dejaba de expulsar mocos transparentes y cremas blanquecinas, lubricando el poste de Víctor, facilitando así la profunda penetración y dejando escapar sonoros ruidos sexuales por los bordes de los labios internos.

El Víctor real ya había saboreado de primera mano las segregaciones íntimas de Carla, así que no le costó mucho trabajo imaginar a qué olería el coño de esa muchacha mientras la penetraba con violencia. Dentro de su cabeza el fornido contratista le hundía la polla una y otra vez, clavando sus dedos en las perfectas nalgas de la chiquilla, sintiendo el sudor que Carla expulsaba por las ingles mojando su vientre.

Las tetas de la niña, perfectas, erectas y duras como el mármol golpeaban el rostro de Víctor a través de la camiseta. La pequeña Carla gemía y lloraba de placer sintiendo toda esa polla dentro de sus entrañas, encharcando con sus apestosos meados al lujurioso macho, puesto que se estaba meando de gusto al ser follada de esa forma tan bruta.

En su fantasía la pequeña chilló de placer cuando Víctor le inundó el vientre con una poderosa descarga de leche justo cuando al Víctor real le llegaba el clímax.

Se corrió como una bestia y el chorro de esperma fue tan intenso que voló desde su pija hasta su cara, quedando colgado en los pelos que poblaban sus mejillas. La polla escupía semen y él seguía dándole con fuerza, regando su vientre, sus muslos y todo lo que había alrededor, gimiendo y gruñendo, extasiado y loco de placer.

«Esto no es normal, Víctor —pensó al cabo de unos minutos, agarrado aún a su polla, amorcillada y pringosa de semen—. Olvida a esa chica, olvida las bragas sucias y olvida ese cesto, que te vas a buscar la ruina un día de estos».

Se limpió el semen que tenía en la mano con la lengua y luego se levantó del sillón, se quitó la ropa y se limpió el resto del pegajoso esperma con ella. Luego fue caminando desnudo por la casa para echar la ropa a la lavadora y pillar otra cerveza por el camino.

«Olvida a esa chica y búscate una novia por internet, como hace todo el mundo».

Víctor se quedó mirando por el ventanal del salón, mirando hacia el bloque de viviendas de enfrente, totalmente desnudo, acariciándose el abultado vientre, tenso y sudoroso.

La noche estival cubría la urbanización, iluminada por suaves focos repartidos estratégicamente entre los edificios y los numerosos jardines. Las ventanas y balcones iluminados eran prueba de la actividad que había dentro de esos hogares. Era la hora de la cena y el leve olor del humo de las cocinas le despertó el apetito. Víctor llevaba poco tiempo viviendo allí, en ese barrio, apenas un año. Desde que se separó de Lucía había estado dando tumbos de un lado para otro, incluso había sopesado la posibilidad de afincarse en el extranjero, pues le gustaba viajar, algo que hacía a menudo desde la separación. Pero encontró ésta agradable comunidad rodeada de jardines y parques y se quedó aquí. Le gustaba mucho.

Desde su salón podía ver la ventana de Carla, en el bloque de enfrente, un piso por debajo del suyo.

«Somos vecinos. ¿Nos habremos cruzado alguna vez por la calle?».

De repente se preguntó quien era esa chica, a qué se dedicaba, qué le gustaba, a dónde iba cuando salía con sus amigos…

«Por el amor de Dios, Víctor, que es una cría».

Tobías, el viejo bulldog francés de su ex, le lamió los tobillos, sobresaltándolo. Víctor se agachó para acariciarlo.

—¿Quieres salir, bribón?

El perro no dijo nada, pero movió un poco el rabo, lo que venía a significar que sí, gordo, que será mejor que me saques si no quieres que me cague en tu salón.

Víctor se dio una ducha rápida, se puso algo de ropa cómoda y fresca y salió con Tobías, soñando despierto con Carla.


continuará....

Esperma 18

(c)Kain Orange 2021

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